Captando fulgores

Miquel Escudero

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El escritor Valentí Puig.


Bajo el título La bellesa del temps (Proa), Valentí Puig acaba de efectuar una nueva entrega de sus dietarios. Abarca el período que va de 1990 a 1993, años en los que estuvo en Londres como corresponsal del diario ABC. 


Lejos de pretender una reseña, recojamos algunas de sus observaciones. Así, la de ver a alguien mentir con gran franqueza. O notar a un tipo displicente y ausente que a la vez tenía estallidos de fanatismo (que me ha traído el recuerdo de una viñeta de El Roto que reza así: “Los peores fanáticos son los fanáticos que parecen razonables”). 


Valentí Puig valora como un deber en política el escepticismo, mientras que el cinismo -en ese ámbito- le parece un mal. 


También en el entorno literario es posible no tener respuestas claras, como cuando se pregunta, de pasada, por qué escribe; una pregunta que, no obstante, le resulta mucho más interesante que la de por qué escribe en catalán o en castellano.


Al comienzo de 1991, recoge una batería de noticias que revelan un cinismo disparatado y globalizado. Veamos: Un campesino de las tierras de York quiso convencer al juez de que, si había conducido sin el cinturón de seguridad era porque pensaba suicidarse.


Un ciudadano de El Cairo vendió a su hijo para poder comprar un video; se justificó ante la policía diciendo que había obrado así porque era demasiado honrado para robar. 


Un coronel tailandés de la policía de frontera explicó que las relaciones fronterizas con Camboya habían mejorado mucho: “Hemos cambiado cuatro terroristas camboyanos por seis rehenes tailandeses y una batería de coche”. Aquel mismo año cuenta cómo yendo en un autobús, de vuelta a casa, se fijó en quienes le rodeaban y anota:


“Siento una gran piedad –sin nada de condescendencia- por la gente y por el mundo, casi amor, formar parte y a la vez mantener el honor de quien lo observa y no toma parte”. Sucede que estos retazos ‘pre místicos’ (en el noble sentido de la palabra) no parece que aporten una configuración sólida del propio existir. Solidaridad con conciencia de individualidad; ‘casi amor’, dice. ¿Qué significa aquí mantener el honor?


Por último, se cuestiona si madurar es sentir alguna vez la belleza del tiempo. ¿Cómo extraer belleza al tiempo que ni vuelve ni tropieza? Acaso captando el fulgor de un esfuerzo noble, de un deseo armonioso aunque no logre el premio de perdurar. Madurez.

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