Mucha memorización y poco saber

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Aula


Le apuesto a que no recuerda tres afluentes del Guadiana, ni el orden de los emperadores romanos, ni el nombre de los representantes de la generación del 27 ydos de sus obras. Aunque le parezca increíble, todo esto que ha olvidado un día lo recitaba de pe a pa.


No puede negarse que usted posee cierta cultura general, pero piense en las enseñanzas que ha asimilado verdaderamente tras su paso por la EGB, el BUP y el COU. De lo antes memorizado al dedillo, tan solo le quedan algunas briznas de saber que le sirven en su vida cotidiana, el resto ya hace siglos que no está en usted. Lo que le queda ahí dentro, lo que verdaderamente ha interiorizado, a parte de lo básico y algunas generalidades, son las palabras de algún maestro en particular, una explicación que le iluminó o una recomendación que alimentó su gusto por el saber. El resto lo aprendió en el patio de su colegio, en sus experiencias de vida y en las actividades que eligió o tuvo que emprender.


Si ha guardado estos y no otros saberes es porque a usted le resultaron significativos, porque se engancharon, sin saber cómo, a una parte de su ser, experiencias que le aportaron algo importante, algo de lo que tomó nota. Por lo demás, usted hizo una absurda proeza memorística, deglutió contenidos que no pudo digerir y tras vomitarlos en un examen los tuvo que olvidar para darse un nuevo atracón bulímico. No quisiera desanimarle, pero debo decirle que sus buenas notas, al menos en las asignaturas de letras, no dependían tanto de su capacidad de razonar como de capacidad de memorizar.


Bueno -me dirá-, después de todo no nos ha ido tan mal. Y tiene usted razón, aunque creo que tampoco nos hubiera ido mal si nos hubieran invitado a pensar un poco en vez de a memorizar sin más. Sí, debo reconocerle que no nos ha ido tan mal, pero convendrá conmigo en que en el siglo pasado contábamos con la ventaja de que, a poco que el viento no fuera muy desfavorable, encontrábamos un trabajo relativamente cerca en el que no se requería más competencias de las que nuestros títulos académicos anunciaban. Además, en nuestra búsqueda de un primer puesto de trabajo competíamos en igualdad de condiciones contra otros alumnos criados en el mismo sistema memorizante.


ERA DIGITAL


Lo pasmoso es que sus hijos o sus nietos, nacidos ya en el siglo XXI, los llamados “residentes” del mundo digital, siguen enclaustrados en el mismo sistema educativo proveniente (aunque se le hayan aplicado distintos maquillajes y parches) del siglo XIX. Lo preocupante es que los chavales de hoy no tienen nuestra suerte y cuando salen de los institutos y las universidades con la cabeza llena de datos se encuentran en un mundo global y precario en el que tienen que vérselas conotros chicos y chicas educados en otros sistemas, probablemente también defectuosos pero que no inciden tanto en criar papagayos sino en promover la curiosidad, la investigación y el pensamiento crítico, donde el conjunto de las asignaturas orbita sobre proyectos y donde las evaluaciones tienen en cuenta lo que los modernos llaman softskills, habilidades blandas, que son, por ejemplo, la capacidad de trabajar en equipo, de transmitir un mensaje, de argumentar, de investigar, de analizar la información, de crear, etc. Además, a diferencia de aquí, en esos otros lugares no dudan de que tener altas competencias en inglés y en informática ya no es un extra sino un requisito.  Así, los jóvenes salidos de nuestras aulas, que obligados por la falta de trabajo han de huir fuera, se ven en franca desventaja frente a sus competidores extranjeros educados en mayor concordancia con estos tiempos líquidos.


En España hemos sufrido varias “reformas” educativas animadas ideológicamente y sin ningún verdadero cambió en lo esencial. Me parece que el nuestro es un sistema viejuno e injusto en el que (recuerdo que hablo de las asignaturas de letras) brilla quien posee un buen disco duro, no el que piensa más y mejor, mucho menos el que se atreve a ser crítico o a salirse un poco del guion que puede ser tachado de extravagante, por no decir peligroso.


Los iluminados autores de las leyes educativas parecen no entender que el verdadero aprendizaje requiere de tres virtudes fundamentales: pasión, paciencia y persistencia. Sin pasión, sin ilusión, sin curiosidad no puede exigirse la paciencia ni la persistencia necesaria para aprender. Esta pasión inicial la debe sentir y transmitir el profesor. Pero en un sistema educativo diseñado por políticos y teóricos, donde nunca se ha contado verdaderamente con la opinión del profesor de a pie, resulta muy difícil ser maestro en el sentido profundo del término. Un programa académico tan repleto de contenidos, exámenes y deberescomo falto de ideas, deja muy poco margen a la libertad y la creatividad del profesor. En estas circunstancias, resulta heroico el apasionado compromiso detantos maestros con su vocación. Ojalá no la pierdan. 

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