​Recordar la sensación de la lluvia

Pablo Rodríguez Canfranc
Economista

Más de un millón de euros en 490 tabletas y 700 ordenadores para la nueva legislatura


Ya hablamos de que estamos viviendo una revolución digital equiparable a las revoluciones industriales del pasado. También tenemos muy presente que nuestra vida cotidiana se digitaliza, o lo que es lo mismo, que cada vez le dedicamos más tiempo a los mundos virtuales paralelos que nos ofrecen las pantallas. Desde la comunicación casi permanente con otros a través de las redes sociales o las aplicaciones de mensajería, hasta las formas de ocio portables, ya sean nativas digitales, como los videojuegos, o inmigrantes, como el cine, la música y la televisión, que ahora consumimos en red desde cualquier dispositivo; toda esta actividad nos aleja del mundo analógico y nos hace habitar cada vez más en el ciberespacio.


Cuando hablamos de la necesidad de que el ciudadano o el trabajador adquiera o amplíe sus competencias digitales, implícitamente estamos condenando la dimensión analógica de las personas. Entre líneas criticamos que tal o cual persona o colectivo no es lo suficientemente digital para habitar este nuevo mundo que nace. Y, sin embargo, nuestra vida analógica, la real, la que no está construida a base de unos y ceros, sigue siendo la que nos hace humanos.


Resulta paradójico que una parte importante de los hijos de los empleados de las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley estudie en colegios sin ordenadores ni dispositivos electrónicos, y en cambio, lo haga con papel, tiza, lápices y materiales básicos como únicas herramientas. Por contra, los sistemas educativos públicos de todo el mundo llevan décadas introduciendo aparatos en las aulas. 


¿Qué lleva a que las personas que diseñan algoritmos y aplicaciones para Google, eBay o Apple no quieran que la educación de sus vástagos incluya la informática hasta los trece años? Principalmente, la creencia de que el uso de ordenadores inhibe el pensamiento creativo, el movimiento, la interacción humana y la capacidad de atención.


La defensa de lo analógico fue un tema que surgió en el debate que tuvo lugar entre la socióloga Belén Barreiro y José Mª Lassalle, actual secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital, el pasado noviembre en el Espacio Fundación Telefónica dentro del ciclo de conferencias Tech&Society.


Barreiro explicó en dicha ocasión que los estudios demuestran que las personas más digitales son, curiosamente, las que más se refugian en actividades analógicas, como puede ser el componer puzles, escribir, tocar instrumentos o hacer calceta. A su juicio, los avances de la digitalización y la robotización no alteran el hecho de que la relación que tenemos con la tecnología es una relación que establecemos desde nuestra posición como seres humanos, de forma que siempre manifestaremos características humanas, como la inteligencia, la creatividad, la empatía o la confianza en el otro. Es por ello que los sistemas educativos se deben centrar en educar, algo distinto de enseñar a programar ordenadores, que consiste en aprender a entender, analizar, contrastar y debatir la información y, en suma, en aprender a razonar.


José Mª Lassalle, por su parte, considera que las identidades virtuales y las ideas tecnológicas nos están atrapando en las pantallas y haciendo que nos relacionemos con el entorno estrictamente a través de una humanidad que es puramente virtual. Desde su punto de vista, lo analógico no es nada malo, sino todo lo contrario: es lo que nos conecta con la antropología, con la cultura y con la poesía. 


Defiende incluso que el conjunto de los derechos digitales de los ciudadanos debería incluir el derecho a seguir siendo analógicos, es decir, la opción de poder seguir vertebrando nuestra ciudadanía como seres desconectados del mundo digital.


En una línea de pensamiento similar, el filósofo norcoreano Byung-Chul Han, que recientemente ha impartido una conferencia en el CCCB de Barcelona, arremete con virulencia contra la comunicación digital, pues considera que reemplaza las relaciones humanas por conexiones y que reduce nuestro abanico de sentidos a uno solo, la vista. Para él, el mundo digital es la abolición de la realidad, dado que lo digital -a diferencia de lo “real”- “no pesa, no huele, no opone resistencia, pasas un dedo y ya está”. Hemos sido privados de los colores, los olores, las texturas y las sensaciones.


Esperemos que el darle progresivamente la espalda a la realidad física no haga cumplirse la terrible profecía de Jim Morrison, poeta y cantante de la banda TheDoors, cuando escribió: “Puede que llegue el día en que acudiremos a teatros meteorológicos para recordar la sensación de la lluvia”.

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