​Schmitz, el suabo italiano

Miquel Escudero

Italo Svevo


Siempre a nuestro aire, es decir, a la buena de Dios, con orden aleatorio nos vamos a fijar en un autor poco conocido. Nacido el año 1861 en Trieste, una ciudad del norte de Italia, su nombre era Ettore Schmitz. Falleció en 1928 a causa de un accidente de coche. Mi idea, como sabéis, no es hacer aquí retratos de autores o críticas literarias de sus obras. Lo que me importa es llamar la atención de ciertos párrafos y enfocarlos para que nos devuelvan alguna luz en nuestra vida personal y social. ¿Hay algo mejor que nos pueda interesar? Como escritor adoptó el nombre de Italo Svevo. Durante muchos años apenas fue conocido y, debido a ello, dejó de escribir. Tuvo éxito con La conciencia de Zeno, una novela que publicó en 1923 (con sesenta y dos años de edad y al poco del ascenso de Mussolini al poder) y que su amigo James Joyce tenía en gran estima.


Para hoy he seleccionado su libro póstumo Corto viaje sentimental y otros relatos. Entre esas páginas encontramos que dice: “ahora que soy viejo no se respeta más que a los jóvenes, así que yo he pasado por la vida sin ser respetado nunca. De lo cual debe haberme nacido cierta antipatía por los jóvenes que son respetados ahora y por los viejos a quienes entonces se respetaba. Estoy solo en este mundo, en vista de que hasta la edad ha sido siempre una inferioridad para mí”. ¿Te lo puedes imaginar, Menchu, qué te parece?


Svevo decía sentirse solo delante de un papel que seguramente nadie vería. 


La soledad de una persona, la soledad de un escritor fallido o, más bien, ‘no divulgado’. Llegó a decir que se refería a cosas ya pasadas “solamente para entender mejor lo que me está pasando ahora”; una conciencia histórica, por tanto. ¿Y ahora quién soy yo?, se preguntaba. No el que vivió aquello, sino el que lo contó. “Sé que la parte que dejé contada no es la más importante. Se hizo la más importante al fijarla”. El afán por recordar y el afán por olvidar.


Él encontraba que el recogimiento es lo más importante de la vida, y que el día que todos lleguen a verlo tan claro como él, se pondría a escribir todo el mundo y se literaturizaría la vida. Esta profecía señala: “el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo sustraído de esta forma a la horrenda vida verdadera”. Ahora bien, sucede que si cada uno se lee mejor a sí mismo, leeremos mejor a los demás.  


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