​Destruir lo que se ama

José Leal

Terremoto3 1 1


Faltaban pocos días para emprender el viaje cuando se produjo el terrible terremoto que sembró de horror un pueblo ya profundamente herido y dividido aún por una larga guerra fratricida.


Cuando llegué días después, temblando aún la tierra por las réplicas de la terrible sacudida todo era dolor y miedo en El Salvador. Habían pasado pocos años del fin de la guerra y las alianzas por la Paz aún era tiernas. El terremoto sepultó varios pueblos, causó muchas víctimas y ensombreció aún más el incierto futuro que intentaban juntos construir. Aún se producían temblores casi imperceptibles para mí que sembraban el terror en las caras de aquellos con quienes estaba. Todo era frágil. Muchos edificios mostraban la huella de las sacudidas por el choque de las placas tectónicas. Los aviones no hacían noche en el aeropuerto de El Salvador sino en el de Honduras por miedo a nuevas sacudidas. Visité pueblos semiderruidos, campamentos que acogían a quienes lo habían perdido todo, escuelas de muros agrietados y sentí el abatimiento de las gentes. La violencia era visible en las calles, en las casas alambradas, en los supermercados silenciosos. Visité la tumba de monseñor Romero, fría, en una catedral desangelada, en medio de una ciudad de casas muy bajas, destartaladas y tiendas sin vida. No era extraño sentir miedo. Paseando por las calles, acompañado siempre sentí como nunca había sentido que la vida podía valer menos que los objetos de uso que llevaba encima, gafas, zapatos, reloj y poco más. "Protegían" restaurantes y tiendas personas con armas en cuyo cuerpo se podían observar los efectos de la contienda y que generaban la sensación de que en cualquier momento cualquier cosa podía suceder. Recorrí una parte del país para conocer las huellas de lo que había pasado. Había devastación pero también inmensas y hermosas playas. Carreteras desiertas. Perros famélicos como vi en las carreteras del Atlas hacía años y en aquellos lugares donde mora la carencia. En los arcenes se apilaban cocos que mujeres con largos cuchillos y golpes secos y certeros descoronaban para poder beber el agua que vendían por nada; por prácticamente nada se trabajaba en las Zonas Económicas Especiales, conocidas coloquialmente en América Latina y el Caribe como maquilas una forma de atraer inversión extranjera, a partir de ofrecer generosos incentivos fiscales, regulaciones laxas y mano de obra muy barata, no sindicada y con escasa protección.


Coexistía la sensación de paz que da haber terminado oficialmente la guerra con las muy duraderas huellas que se expresaban en modo de temor y desconfianza a la fuerza de la tierra hostil y también a los otros con quienes compartían ahora trabajo y esfuerzos. La lucha contra el otro y el miedo que genera es una herida que cuesta mucho restañar.


Fui a El Salvador con un proyecto europeo de soporte a la reconstrucción de las estructuras y los vínculos. Cada mañana, al comenzar la tarea, los reunidos entonaban plegarias y el himno patrio con el puño en el pecho. Se miraban. Habían estado en bandos enfrentados durante la larga y terrible contienda. Habían querido al mismo país pero de diferente modo; habían tenido para él un proyecto que excluía radicalmente a aquellos que no lo compartían. Yo intentaba comprender sus sentimientos contradictorios y el notable esfuerzo para trabajar juntos. Percibía su dolor y su incomodidad aún con el otro.


Cuando estaba con ellos procuré estar atento a sus miradas, sus gestos y sus tratos. Todo parecía en calma, demasiada. Era evidente el gran esfuerzo que hacían porque no hubiera nada que perturbara el clima del encuentro. Nunca hablaron de la guerra recién terminada ni yo pregunté a pesar de haber construido con muchos de ellos una relación de simpatía, afecto y confianza de las que tuve muestras amplias. Tampoco se preguntaban ya quien había comenzado y como de intensamente inadecuada había sido la respuesta de la otra parte. Supongo que estaban agotados y se habían perdonado. Sintiendo sus esfuerzos pensé que todo aquel, sujeto o grupo, que tiene un proyecto sobre su país será porque lo ama aunque sus formas de amarlo sean distintas y enfrentadas. Pueden incluso odiarse entre ellos. Cuando esto sucede el resultado es, con frecuencia, la destrucción o el daño de aquello que se ama. Destruir lo que se ama no es una experiencia extraña en el humano y muchas veces es producto de complicidades narcisistas inconscientes. Ninguna de las partes, en tal caso, está legitimada para reclamarse como mejor amante y por lo tanto están obligatoriamente obligados a entenderse si no quieren dañar aquello que ambos aman y compartirlo. De la pureza de esos amores, como de tantos otros, se pueden tener dudas. Todo aquel que está en ello pasa a ser cómplice de la propia destrucción, aquella que es efecto de un modo de relación donde los sujetos están involucrados en una empresa de demolición feroz a la que ni la víctima ni el verdugo - roles a menudo intercambiables- pueden sustraerse con facilidad. Romper esa dinámica destructiva era el trabajo en el que estaban comprometidos aquellos con los que colaboré en El Salvador. Con mucho esfuerzo todos, respirando a la vez tristeza, cansancio y esperanzas.


Unos días antes de mi vuelta, uno de los participantes, Mauricio López, un hombre reservado, de sobrio porte y de expresión precisa, me entregó un poema escrito de su mano en tinta azul sobre un papel amarillo que conservo como un preciado don. Lo tituló "Ansiedad":


"Ruge vientomar

sobre la roca

con su abrazo constante

de milenios

consumiendo como espuma

feudos imperturbables

donde agonía e ilusión

reconstruimos cada día

en espera

de la próxima marea."


Escrito, quizás, en un momento de soledad y lucidez cuando aún reinaba el odio, sin respiro, sin puntos ni comas, con el desgarro de un hombre entristecido, que se ilusiona y teme a la vez una nueva embestida de la pulsión hiriente. Sentí que en su poema hablaba todo un pueblo.


¡Cuántos recuerdos de El Salvador y también de Siria, Herzegovina y de tantos otros sitios donde palpé de cerca el terrible dolor del desencuentro y los tremendos impactos de la desolación que produce.


Hace unos días asistí a la representación del Edipo de Sófocles que dirige Oriol Broggi, impresionante como siempre. Ya al final de la obra Edipo, que fue la salvación y la desgracia de su pueblo, culminada la tragedia a la que sin saberlo fue llevado por un terrible oráculo, vaga por el mundo acompañado por su hija Antígona. Presiente que está cerca de Atenas, oye una fuerte algarada y pregunta: "¿contra quién lucha Atenas? " Le responden "Atenas lucha contra sí misma como muchas veces hacen las ciudades."


¡Cuanto saber antiguo acumulado! ¡Cuán difícil le es al ser sustraerse a una compulsión de repetición que le destruye y le obliga después a recuperarse con tanto esfuerzo! ¿Será nuestro destino inevitable?


Cuando el domingo 8 de Abril en el magazine de La Vanguardia encuentro un esperanzado titular: "El Salvador, camino de una nueva era" donde habla del florecer del país después de los enfrentamientos que lo hirieron se me abre el corazón y me lleno de gozo.


Pienso en nosotros. Seamos flexibles, respiremos hondo, hablemos, démosle una oportunidad a la esperanza

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