El Mediterráneo ya es una fosa común

Manuel Fernando González

La Europa rica no parece enterarse de la desgracia de los muertos que cada día entierra cruelmente el Mediterráneo al que nos asomamos los europeos del sur para intentar salvarlos. Esos seres indolentes que viven en Alemania, Austria u Holanda y que nos tratan de vagos y vividores de su trabajo y de sus bienes, son los que, en realidad, abandonan a su suerte, cuando ven que podrían desembarcar en nuestras costas, a miles de seres humanos desesperados y medio muertos de frío y de hambre.

La Europa rica no parece enterarse de la desgracia de los muertos que cada día entierra cruelmente el Mediterráneo al que nos asomamos los europeos del sur para intentar salvarlos. Esos seres indolentes que viven en Alemania, Austria u Holanda y que nos tratan de vagos y vividores de su trabajo y de sus bienes, son los que, en realidad, abandonan a su suerte, cuando ven que podrían desembarcar en nuestras costas, a miles de seres humanos desesperados y medio muertos de frío y de hambre. A los gobiernos alemán, austriaco, suizo y holandés les gustaría más que no los recogiéramos del mar para que los 850 muertos de este domingo fueran novecientos o mil, según la capacidad de la bañera que les saca de una zona de guerra y desesperanza para enviarlos al fondo del mar. Su deseo es que ese último esfuerzo de italianos, españoles o griegos sea estéril para que sirva de lección a los que huyen.

Cada día Italia, Grecia y España enseñan al mundo su grandeza de ánimo y su inmensa riqueza en solidaridad y compromiso. No somos perfectos, y seguramente, a los nuestros, les sobran las vallas fronterizas que mantienen con la complicidad de Marruecos, pero lo que guardias civiles, carabinieris, o la Cruz Roja hacen por estos seres abandonados a su suerte, es mucho más, infinitamente más, que lo que proponen, incluso por sus propios conciudadanos, los que nos atornillan con la crisis y sus grandilocuentes medidas de austeridad.

Europa se muere, porque ha perdido por completo los principios que dieron sentido a su carta fundacional como Unión entre países libres, iguales y soberanos. La ética ha desaparecido por completo de sus Consejos de Ministros, y solo a los países del sur les queda ese sentido de la vergüenza que solo tienen los pobres. Uno, se siente orgulloso de haber nacido en el sur, y de vivir en un país lleno de defectos, pero que sabe sentir y llorar cuando ve a cientos de muertos flotando en las mismas aguas, en las que antes se dirimían batallas y grandes navegantes salían en busca de nuevos mundos para enseñarles que su civilización era la más avanzada, porque, detrás de ella, se escondían siglos de cultura de filósofos, artistas y pensadores. ¿Qué queda de todo eso?: Una inmensa fosa común llena de agua en la que se amontonan cientos de cadáveres y con ellos, la vergüenza de un continente que agoniza lentamente y que llena de dinero los bancos suizos, como si eso pudiera salvarla de su propia autodestrucción. ¡Pobres ilusos!

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