La cabeza de pescada

Manuel Fernando González

Si Doña Concepción Outeiral Mariño viviera hoy, celebraría con ella su santo y la invitaría a comer en mi casa, poniéndole delante de los ojos uno de sus platos preferidos: una cabeza de pescada, que así se le llamaba en su época a la merluza, que sus antepasados solían pescar en las frías aguas del Atlántico, y que ella saborearía muy despacio, como si el tiempo no existiera , comiéndosela de tal manera, que el resultado final sería un montoncito de espinas limpias como una patena, ordenadamente colocadas en un extremo del plato.

Si Doña Concepción Outeiral Mariño viviera hoy, celebraría con ella su santo y la invitaría a comer en mi casa, poniéndole delante de los ojos uno de sus platos preferidos: una cabeza de pescada, que así se le llamaba en su época a la merluza, que sus antepasados solían pescar en las frías aguas del Atlántico, y que ella saborearía muy despacio, como si el tiempo no existiera, comiéndosela de tal manera, que el resultado final sería un montoncito de espinas limpias como una patena, ordenadamente colocadas en un extremo del plato. Nunca he visto en mi vida a un ser humano sacarle tanto partido a una sencilla cabeza de pez. Aun hoy, contemplando a su hija, es decir a mi madre, que el día 2 cumplirá sus primeros noventa años, comiendo lo mismo con idéntico placer, no puedo dejar de compararlas en mi imaginación para inmediatamente llegar a la misma conclusión: Mama Conchita, la abuela que me crió, limpiaba la cabeza de pescada mucho mejor que mi propia madre. ¡No hay comparación!.

Y claro, cuando voy a la pescadería me pillo un monumental enfado cuando al comprar con mi querida esposa las merluzas que venden, la pescatera, de entrada, le corta de un tajo la boca al magnífico gadiforme, porque así se lo exige la muy ignorante clientela, sin darse cuenta que, en ella, precisamente entre sus afilados dientes, se esconde uno de los sublimes placeres del mejor catador de este lucio de mar. Y es que el paso del tiempo y los numerosos adelantos de los que disfrutamos, nos han hecho olvidar muchas de las cosas que, por necesidad, aprendieron a saber apreciar nuestros mayores, sin que uno sepa a que conduce enterrar la memoria de las experiencias de nuestra niñez sin habérsela sabido trasmitir a nuestros hijos y nietos.

Ya ven, hoy el 8 de diciembre, en vez de acordarme de la patrona de Infantería, que por pura casualidad fue el cuerpo en el que tuve que hacer la mili, se me ha dado por celebrar la efemérides recordando la cabeza de pescada que se compraba mi abuela en el mercado que tenía en mi Puente Caneda natal, muy cerca del pequeño Bar que regentaba y al que acudían a comer los ferroviarios de la estación de ferrocarril, que se ponían morados con la sabiduría culinaria de mi abuela, a la que, ¡ qué quieren que les diga! sigo recordando con veneración cuando llega este tan señalado día porque, como dicen algunos, recordar es, a veces, como si volvieras a vivir.

Hoy, como han podido comprobar, me he pasado la actualidad política por el mismo lugar por el que los padres de la patria se pasan cada día los problemas que más le preocupan a sus conciudadanos, y ¡que quieren que les diga! me ha gustado mucho y hasta me permito recomendárselo para que lo practiquen de vez en cuando.

Manuel Fernando González

Editor Pressdigital

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