Democracia representativa y burguesa

Rubén Olveira

RUBÉN OLVEIRA

Una vez cada cuatro años las calles se llenan de carteles con eslóganes, promesas de todo tipo, fotografías de candidatos a ocupar cargos parlamentarios. Una vez cada cuatro años, cuando se elige el gobierno del estado, se nos dice de parte de los partidos políticos que ellos poseen la solución a todos los problemas que no nos dejan vivir.

Una vez cada cuatro años las calles se llenan de carteles con eslóganes, promesas de todo tipo, fotografías de candidatos a ocupar cargos parlamentarios. Una vez cada cuatro años, cuando se elige el gobierno del estado, se nos dice de parte de los partidos políticos que ellos poseen la solución a todos los problemas que no nos dejan vivir.

Al finalizar las elecciones y saberse el resultado de las mismas, los ganadores salen a los balcones de su sede a brindar con cava mientras son aclamados por sus acólitos. Pero esa conjunción de líderes y gente de la calle sólo se da durante la campaña electoral y la noche de la victoria. Después muchos políticos te dirán "si te he visto no me acuerdo". El estrés, la cantidad de horas dedicadas a convencer a los votantes, las idas y vueltas por toda la geografía nacional les provoca una amnesia temporal que puede llegar a aquejarles durante un lustro o más. Y todo lo dicho ocurre porque estos buenos señores han gastado todas sus energías en la campaña, para ponerse, según ellos dicen, al servicio de los demás. Y agregan que lo hacen porque esa es su vocación.

Los que quedan segundos, que suelen ser los del otro partido mayoritario, felicitan a los vencedores y reconocen su victoria. ¿Por qué no la van a reconocer? Hasta ahora, salvo unas últimas denuncias desde Toledo y otros lugares de España, según parece, nadie hizo trampas en los resultados de las urnas durante los cuatro decenios que sucedieron a la dictadura. Y siempre agregan que ellos y su partido han salido reforzados de esas elecciones, aunque no las hayan ganado. Reforzados en qué, me pregunto. Será en madurez política, en comprensión de los problemas del pueblo, en las relaciones personales con la gente de su barrio, en la amistad, en lo familiar, o en su economía personal.

A la cola, muy distantes de los partidos tradicionales, quedan las formaciones regionales y las pequeñas. Casi todas ellas sirven para recoger los votos que caen del árbol del desengaño. Su papel es servir de bisagra a los grandes para poder llevar adelante algunos proyectos que sin esos votos no tendrían viabilidad parlamentaria. Esto les ayuda a mantener sus puestos, sus sueldos y prebendas de representante.

Y todo sigue más o menos de la misma forma entre los próceres de la patria, que al igual que en las competiciones deportivas, los unos respetan a los otros cuando se acaba la contienda y se van a la cantina a comer juntos. La rivalidad es sólo para la cancha, Y existen aquellos que, al igual que en las lides deportivas, al acabar la disputa se abrazan e intercambian camisetas.

Luego, algunos de ellos presuntamente pactan con prevaricadores, malversadores, evasores de capitales y todos aquellos personajes a los que en las novelas de otro siglo se les llamaba rufianes. A veces se les descubre. Otras, no.

Esto es así, porque los contendientes de las formaciones políticas mayoritarias pertenecen a una misma casta. Una casta que se siente intocable e intenta protegerse de cualquier elemento foráneo que pueda poner en peligro su ecosistema. Y como expresa el antiguo refrán: entre bueyes no hay cornadas.

Pero ay cuando aparecen en el escenario nuevas formaciones y nos dan la sorpresa de que se puede luchar contra ese bloque monolítico que se ha olvidado de las necesidades del pueblo, y nos asombran con una cantidad de votos que nadie esperaba.

Entonces, la casta tiembla. La casta tiene los pies de barro. La casta miente y perjura. La casta ayuda a los bancos con fondos públicos y europeos a salir de la crisis que ellos mismos han provocado, da igual que gran parte de este sector poderoso presumiblemente haya estafado a sus clientes, aunque estos clientes sean de clase baja y votantes de sus partidos.
La casta no sólo es de derechas.

Parte de la casta se dice de izquierdas, pero no tiene ni quiere tener idea de lo que significa ser de izquierdas. La casta apoya y promueve sindicatos cuyos miembros son liberados. No tienen que trabajar en la empresa de donde salieron, pero siguen cobrando sus sueldos. ¿Cómo nos van a defender si para hacerlo tendrían que morder la mano de quien les tira algún hueso?
La casta no es tan casta.

Entonces, los barones de ambos partidos mayoritarios se rasgan las vestiduras. Unos dicen que el partido que ha dado la sorpresa está formado por frikis. Otro veterano campeón de la democracia se cabrea e indignado acusa a sus seguidores de bolivarianos, intentando equipararlos con los gobernantes de Venezuela. ¿Acaso se le perdió algo a este señor en aquel país hermano?
Me da la sensación de que la democracia representativa es respetada por la casta siempre que alguno de los dos partidos mayoritarios de la que forma parte tenga visos de triunfar. De otro modo da
la sensación de que quisieran romper la baraja.

Y sin embargo, estos preclaros líderes casi no se han referido al crecimiento de la ultra derecha europea.

Por todo esto, creo que hay que seguir adelante. Si la casta se enfada y tiembla es señal de que se puede; de que se va por buen camino. ¡Tiemble la casta!

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