El síndrome de Stendhal

Rubén Olveira

RUBÉN OLVEIRA

El famoso escritor francés del siglo XIX Henri Beyle, más conocido como Stendhal, cuando en 1817, visitó por primera vez la Basílica de la Santa Croce, en Florencia, describió de forma detallada las sensaciones experimentadas por él, ante la conjunción de las impresiones causadas por las bellezas artísticas del templo y los sentimientos apasionados propios del romanticismo.

El famoso escritor francés del siglo XIX Henri Beyle, más conocido como Stendhal, cuando en 1817, visitó por primera vez la Basílica de la Santa Croce, en Florencia, describió de forma detallada las sensaciones experimentadas por él, ante la conjunción de las impresiones causadas por las bellezas artísticas del templo y los sentimientos apasionados propios del romanticismo. En su libro Nápoles y Florencia dice textualmente: "Al salir de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí y andaba con miedo a caerme".

A decir verdad, Florencia, cuna del Renacimiento, es un lugar que cuando lo visitas te colma de maravillas artísticas, que no sólo llegan a deslumbrar al viajero sino que lo sacian con la magnificencia de las piezas acumuladas, al punto de provocar en el turista una especie de agridulce desfallecimiento.

A decir verdad, Florencia es una urbe que cuando el visitante que permanece en ella una semana o una quincena se despide de la misma, tiene la sensación de haber estado en ese lugar apenas unos instantes. No hay duda de que quien visita ese emporio del arte, siempre desea volver a recorrer esas calles por donde un día se paseara Dante.

Una mañana que con un pequeño grupo de amigos transitábamos por Florencia, me sentí verdaderamente cansado y mis piernas parecían no querer obedecerme. Me asaltó una sensación de languidez muy fuerte, hasta tener que sentarme en la terraza de una de tantas trattorías y pedir que me trajeran un café con mucho azúcar. Mientras me reanimaba, oí que alguien del grupo decía que lo que yo estaba padeciendo era el síndrome de Stendhal, y que ante tanta hermosura, había reaccionado igual que el escritor de marras. Sin negar categóricamente la amable observación que aquella compañera de viaje había hecho sobre mi indisposición, agregué que cabía la posibilidad de que lo que me estaba pasando, también fuera producto de la resaca que me habían dejado las copas de vino tinto de la Toscana con las que me había puesto a gusto la noche anterior.

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