Las dos preguntas 

Manuel Fernando González

Tras reconocer que la etapa del reinado de Juan Carlos I ha sido, con mucho, la más estable de la reciente historia de España, circunstancia que sea uno monárquico, republicano o nostálgico del antiguo régimen, habrá que reconocérselo como mérito incuestionable al monarca dimitido por el valor que la paz tiene en una sociedad que se sienta democrática y progresista ese dato, y mucho más si la comparamos con la de otros monarcas que le han precedido y que, poco o nada, han hecho por el bienestar y la libertad sus compatriotas.

Tras reconocer que la etapa del reinado de Juan Carlos I ha sido, con mucho, la más estable de la reciente historia de España, circunstancia que sea uno monárquico, republicano o nostálgico del antiguo régimen, habrá que reconocérselo como mérito incuestionable al monarca dimitido por el valor que la paz tiene en una sociedad que se sienta democrática y progresista ese dato, y mucho más si la comparamos con la de otros monarcas que le han precedido y que, poco o nada, han hecho por el bienestar y la libertad sus compatriotas.


Dicho lo cual como pliego de intenciones, la llegada de un nuevo Rey abre un periodo de incertidumbre en el que la crisis económica y el desgaste institucional de esa misma monarquía por el paso del tiempo, pero también por errores inaceptables de varios de sus miembros, van a jugar un papel desestabilizador en el futuro de la institución en España.


Monarquía o República, se preguntarán muchos, incluso cuando la maquinaria del Estado haga posible en pocas semanas que una ley de emergencia nos imponga en la Jefatura del estado a Felipe VI por "aclamación". Es esta una pregunta que la gente se plantea desde hace ya bastante tiempo y que algunos partidos, que en la Transición destilaron pragmatismo y tolerancia renunciando a sus raíces republicanas, también han incorporado a su lenguaje parlamentario retornando a sus orígenes, quizá, y eso es lo curioso del asunto, porque "ya no tienen miedo" a una involución militar, que sí que temían a la muerte de Franco y que, gracias "precisamente" al Rey Juan Carlos, pudieron sacarse de encima para siempre.


Por eso la pregunta que nos podemos hacer "ahora mismo" es muy sencilla pero meridianamente clara: ¿Debe el nuevo Rey, con la actual Constitución, ser el garante de la estabilidad política en la España actual o ha de ser un nuevo régimen republicano el que lleve la brújula de tan difícil navegación? O bien, como dicen los de la tercera vía, ¿ha de aprovecharse el momento que nos brinda la historia para que ese nuevo monarca estimule un cambio constitucional en cuyo encaje quepamos todos, incluidos vascos y catalanes?


No es una repuesta fácil, y por ello, nadie, ahora mismo, responsablemente tiene la respuesta del millón de euros. Y, sin embargo, sí que existe la certeza de que las dos preguntas están en la calle y que éstas, antes o después, habrá que darles entrada en el Congreso de los Diputados, debatirlas seriamente y después someterlas al criterio democrático de todos los españoles para que éstos, soberana y pacíficamente, decidan en las urnas lo que quieren hacer de sus vidas y de las de las futuras generaciones de ciudadanas y ciudadanos. No llegar a esta conclusión podría enquistar gravemente el problema y degradarlo, hasta tal punto, que la "no solución" afectará la convivencia pacífica de la que ahora disfrutamos y que nadie con sentido común debería cuestionar.


¿Corre prisa dar cumplida respuesta a las dos preguntas que les hemos planteado? Pues como dicen en la Galicia en la que nací con la famosa teoría de "las bruxas": Haberla... haila.

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