Cuidados a su pesar

José Leal

Juan acaba de cumplir 60 años, está prejubilado y desde que cerraron su empresa tiene pocas ganas de vivir, problemas de sueño y una tremenda fatiga al levantarse. Soporta la vida como puede. Su hijo, de 35 años, lleva tiempo intentando convencerle de que acepte ayuda pero él se resiste. Tras varios años ha logrado convencerle. Ha pedido hora para la psiquiatra; ésta acaba de pasar los 40 y algunos años ya en su dura profesión. Trabaja largas horas diarias y siente cada vez con más pesantez la impotencia de un trabajo del que esperaba mucho y del que siente recibir poco. Oye mucho sufrimiento y siente una inmensa impotencia ante tanto dolor. Cuando estudiaba le dijeron que el tratamiento tiene que tener un encuadre claro para protegerse del paciente, el encuadre.


El llamado encuadre es la fijación de unas normas que hagan posible el tratamiento aunque muchas veces son muestras del poder profesional para establecer unas relaciones de autoprotección. Son las condiciones del tratamiento impuestas por quien tiene poder en una relación asimétrica. Esto mismo ocurre en otras muchas disciplinas con el llamado consentimiento informado. Evidentemente, no siempre es así.


Él esperó, resignado, su turno con algo de desconfianza y mucho miedo a no ser comprendido o a no saber explicarse. Desde hace tiempo que no estoy bien pero no me he atrevido a venir, dice él. Mi hijo me ha convencido de que me irá bien hablar contigo. Por favor, hábleme de Usted, le dice ella pensando buenamente que así deja clara una relación con la necesaria distancia. Cerraron la empresa, busqué trabajo, imposible a mi edad y me fui encerrando. Duermo mal, me enfado por nada, me canso, no me apetece salir, no sé qué me pasa pero no estoy bien. Supongo que mi caso no será único y que verás muchos casos así. Hábleme de usted le dice ella con insistencia. Le estoy hablando de mí pero igual no me explico. Quizás mejor que me preguntes tú lo que quieras saber y yo te respondo. Tráteme de usted le exige ella cansada de un tuteo inaceptable que le provoca un malestar por la excesiva cercanía. Él entiende ahora y queda sin palabras. Solo acierta a decir usted perdone. Queda roto, sin voz y siente que en su pecho anida un gran silencio y se derrumba. Lo que Usted tiene es una depresión reactiva, dice ella. Tome estas pastillas, le irán bien y pida hora para volver dentro de dos meses. Ella no sabe que hace tiempo toma antidepresivos, los mismos, que su hijo, enfermero, consigue de un colega ante la negativa del padre a la consulta médica.


Cuando llega a casa y el hijo le pregunta le dice que todo ha ido bien. No quiere decepcionarlo pero el sabe que todo seguirá igual y que no hay para su mal, remedio.


Me gustaría decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia aunque hay muchas situaciones en la relación asistencial que se hacen difíciles de entender.


Luis tiene dificultades emocionales desde hace muchos años, apenas iniciada la adolescencia. Muy prontamente comenzó con consumos abusivos de drogas que alimentaron su, al parecer, ya difícil carácter. Ha gastado parte importante de dinero por su adicción al juego. Tiene varios diagnósticos, como muchas personas como él y consume un gran número de medicamentes que pretenden aminorar sus malestares pero no está claro que no los incrementen; bajo sus efectos le parece que no es él. Siente un gran cariño por su madre y esta un gran cariño y sufrimiento por su hijo. Los hermanos han decidido que no pueden hacerse cargo de él y han logrado una incapacitación parcial por la que no puede hacer uso de sus recursos económicos. Y está en una residencia para personas con trastorno mental. Desde hace tiempo está más tranquilo y ha asistido con regularidad a un club social donde ha desarrollado diversas actividades ajustadas a sus posibilidades.


Ha establecido una buena relación pero quiere pactar con los profesionales un alta voluntaria del servicio y la posibilidad de visitarles y acudir a algunas actividades. Quiere estar y tener más tiempo libre, pasear y visitar a su madre. Aceptan su propuesta porque le reconocen el derecho a decidir y lo acompañan en su decisión. Aceptan el alta y la comentan con el psicólogo de la residencia. Éste decide que Antonio no puede tener tanto tiempo libre y debe estar en otro servicio que le ocupe el tiempo y lo tenga sujeto y, en el fondo, entretenido. Parece haber un lamentable consenso en pensar que las personas que sufren un trastorno mental tienen menos derecho a moverse con libertad que las que padecen otros problemas. Y que siempre tienen que estar en algún lugar "insertados", es decir, "encerrados". Quizás la asistencia a algún servicio pueda ser considerada como un indicador de calidad de la residencia o un éxito en el proceso de inserción social.


Aunque sea a costa de la libertad de la persona que es el mayor bien. Antonio busca su libertad, estar desocupado, pasear, ir a ver a su madre y estar en su barrio. Pero, sabemos, no le va a quedar más remedio que someterse a las órdenes del psicólogo del centro, quizás pensando que es lo que debe hacer por el bien de su cliente, o enfrentarse al mismo y recibir como ayuda un aumento de la medicación con lo que volverá a sentir que es menos él. A ésta situación Fernando Ulloa, psiconalista que trabajó en temas de derechos humanos, la llamó "encerrona trágica", definiendo con esta expresión la situación de violencia o sanción que recibe una persona que se enfrenta al poder instituido en un contexto de indefensión o desamparo. El desamparo consiste en quedarse sin protección, sin ayuda o sin asistencia. Lo primero a proteger es la libertad, la dignidad, el respeto como expresa Don Quijote de la Mancha, en el Cap. LVIII: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres" No hay práctica asistencial o de cuidado digna si no se atiene a los principios de reconocimiento del sujeto y de su singularidad. Que lo escuche y dé valor a sus deseos y favorezca un diálogo abierto en el que no haya un saber predeterminado y sometedor sino una búsqueda de sentido a lo que pasa, a lo que el sujeto siente y también a lo que siente el que ayuda. Esta es la impagable experiencia del buen trato imprescindible para la construcción de un buen tratamiento.


Siempre necesitamos de otro; sin otro el sujeto es un ser perdido porque queda a la intemperie, desprotegido. Pero la relación con el otro ha de ser de reciprocidad, de mutuo reconocimiento porque siempre es de interdependencia. Si se pierde la lógica de la interdependencia que se basa en el convencimiento de que todos tenemos necesidades y carencias lo que se encuentra es la relación de abuso y de soberbia de aquel que siente que su saber es superior y que eso le da poder sobre el otro, por lo general, en mayor situación de fragilidad. Las heridas del sometimiento y de la desconsideración son más profundas que las que infringe la enfermedad o el trastorno.



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