ANIVERSARIO DEL 23F

Redacción Catalunyapress

Por aquellos tiempos, trabajaba yo como comercial de una empresa de servicios financieros del desaparecido Banco Industrial de Cataluña. En la esquina de nuestra oficina, el Bar Doria ?también desaparecido- ofrecía uno de los mejores cafés de toda la ciudad.

Poco después de las navidades de 1980, el propietario del establecimiento, que por ese entonces se acercaba precipitadamente a la jubilación, me dijo que quería presentarme a un señor andorrano que poseía unos terrenos en el principado y deseaba tener alguna opinión por parte de técnicos e inversionistas en la posible realización de un proyecto turístico en aquellos solares.

Una mañana de enero de 1981, nos encontramos con este señor en el Casino Militar, sito, por aquellos tiempos, en la Plaza de Cataluña, lugar que hoy ocupa la ampliación del edificio del Corte Inglés.

El dueño del Bar Doria me presentó a un hombre mayor, delgado y alto, con el pelo cano, cuya edad sobrepasaba los setenta, que andaba algo cojo porque había sufrido hacía muy poco una caída practicando ala delta, deporte al que era muy aficionado y aún ejercitaba, a pesar de su edad.

Nos sentamos y, de inmediato, aquel hombre me comentó que era militar retirado. Seguidamente, instaló delante de nosotros un dossier en el que se detallaban exhaustivamente los elementos del proyecto. Eché una ojeada somera a aquellos papeles y confesé no poder ahondar ni siquiera un poquito en ellos, por lo complejo de su contenido y por mi escasez de conocimientos en esa materia, por lo cual pedí disculpas. Pero agregué que en la empresa en la que yo trabajaba, podían hacer un estudio del mismo y darnos una opinión técnica fiable.

El militar retirado aceptó de manera cordial mi sugerencia. A su vez, y anticipándome a la lentitud con que se practicaban estos análisis, le comuniqué que la contestación tardaría algún tiempo, a lo que aquel señor me respondió que no me preocupara, ya que él sabía de buena tinta que en España iban a ocurrir, a la brevedad, unos acontecimientos políticos de tal envergadura que cambiarían el curso de nuestra historia y que, si algo se había de hacer con el proyecto, sería luego de que pasaran estos sucesos. Las luchas internas de esta etapa de UCD propiciaban cualquier comentario nefasto. Se rumoreaba que había ruido de sables en los cuarteles. Se corría la voz en los mentideros de cierto malestar castrense ante aquella crisis gubernamental.

Un mes después, cuando aconteció el intento de golpe de estado, me pregunté -y aún hoy me pregunto- si aquel señor andorrano se había referido a la intentona del 23 F porque en algunos círculos militares se habían filtrado comentarios. Después me dije que si la posibilidad de un hecho político tan importante y amenazador para nuestra incipiente democracia, era conocido por una persona como aquella, que a su vez nos lo había comentado a nosotros, simples ciudadanos de a pie, cómo podía haber sido posible que los servicios de inteligencia del estado no hubieran estado al tanto y no se lo hubieran comunicado al jefe de los ejércitos. Aún hoy se sigue insistiendo en que el Monarca no tenía la más mínima idea del complot, cuestión que a mí me sigue asombrando por lo mal informado que lo tenían sus asesores.

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