IES Lluís Vives. El despertar de Valencia

Redacción Catalunyapress

Se comentaba en el mundo cibernético que por fin el deseo del Partido Popular de que se hable de Valencia en todo el mundo se había hecho realidad. Pero no eran ni Terra Mítica, ni las regatas, ni la fórmula uno ni ninguna de estas empresas faraónicas, con un faraón al frente que cambia de vestido a merced de los compradores, el motivo de tanta prensa. Fruto de una perversa ironía, ni relojes ni complementos de moda en la portada del New York Times, sino la imagen inversa de la agridulce prosperidad que el gobierno de la Generalitat valenciana quiere mostrar: la crueldad de los policías cargando contra estudiantes. Y es que los estudiantes del Instituto Luis Vives han acaparado la atención mediática a través de imágenes y escenas propias de otros momentos funestos de nuestra historia. La estudiante valenciana agredida por los antidisturbios comparte el honor de ser una de las fotografías del día junto con la de un policía griego que carga contra un joven en el diario neoyorquino. El otro lado del Atlántico nos enseña que, a pesar de lo que queramos pensar, la austeridad que los países del sur recibimos a golpe de troika y policía, tensa de manera muy similar nuestras sociedades con una ola de violencia de Estado renovada.

¡Son niños, son adolescentes! Exclamaba todo el mundo cuando las primeras imágenes y testimonios de las cargas contra estudiantes de un instituto sin calefacción debido a los recortes colapsaban los medios de Internet. En un acertado artículo, Vicent Partal, el periodista valenciano director de Vilaweb, reflexionaba sobre por qué tanta violencia para reprimir estudiantes menores de edad en el País Valenciano. Dice Partal que Valencia es un lugar donde la extrema-derecha goza de una alta permisividad, de hecho, estudios europeos demuestran que es uno de los territorios donde la violencia política de la extrema derecha es más tolerada, un lugar donde la represión no ha cesado durante la transición democrática, sino que ha conocido un alto nivel sólo comparable al caso del País Vasco.

Muchos teníamos en mente, al ver una chica con la cabeza abierta y el resto de agresiones, un retorno a aquellos tiempos en que el tardofranquismo agonizante reprimía el movimiento estudiantil. Pues bien, sí que nos hace pensar, sin duda, pero también nos hace pensar en algo que quizá es más grave aún: hay un sustrato represivo e intolerante, absolutamente antidemocrático, que ha persistido en nuestra sociedad en cuotas intolerables. Sin embargo, hay una parte de la comparación que nos debe dar esperanza: los estudiantes de los institutos, lo veíamos con la Asamblea de Estudiantes del Instituto Francesc Macià en Cornellà, y ahora con los estudiantes del Luis Vives, así como con otros casos, vuelven a salir a la calle y a pedir más cultura y más recursos para una educación que realmente fomente el conocimiento y la igualdad sea cual sea la renta de sus padres. Tal y como se comentaba cuando masivamente la población salía a la calle en mayo pasado, cuando se la creía dormida y pasiva, ahora tenemos un sector, los estudiantes menores de edad, fundamental en todas las luchas, que vuelve a recuperar la voz. Y ojalá sea realmente así, porque ellos sí son el futuro.

Es con la crisis, el paro, los gravísimos recortes en sanidad, educación, cultura y derechos laborales, que vemos emerger toda una maquinaria infernal que vela para que no podamos reivindicar una democracia que nunca hemos tenido y destruir un pacto que nos concedía un bienestar a medias y con fecha de caducidad. El País Valenciano, y no sólo por paradigmático caso de los jóvenes del Luis Vives, es un buen símbolo para todos nosotros, un buen símbolo del horror que debemos combatir. Porque ha visto crecer la corrupción exponencialmente, a un nivel que el resto de territorios, corruptos todos, no pueden imaginar, y ha visto absuelto a su máximo exponente, Francisco Camps, hombre de una arrogancia y un despotismo indignantes. Ha visto recortes o más bien un olvido intencionado de lo público desde hace años en virtud de este gran escaparate que Calatrava, los bólidos y los barcos ponen en evidencia. Ha visto un poder incontestado institucionalmente, con la excepción de las camisetas y las palabras fielmente acusatorias de Mònica Oltra, con un partido popular valenciano que ha querido identificarse con una cultura y masacrar su existente, al tiempo que convertirse en lugar de reunión, club de entretenimiento y núcleo de control de la vida de todos los valencianos. Este tipo de fascismo, ya no nos debe hacer ningún pudor decirlo, que los populares valencianos han venido practicando en Valencia, recibirá como respuesta un infatigable despertar de las valencianas y los valencianos, y una comprensión directa, una identificación y solidaridad, porque inexorablemente todos nosotros caminamos hacia esta horrible fórmula política, económica y social, del resto de territorios de España.

Marta F. Soldado
DRJ Barcelona

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