Abismos

Redacción Catalunyapress

En toda vida, como en toda carretera, hay ratos de grandes rectas, carriles anchos y puentes que salvan las dificultades que se van sucediendo. Circular es fácil, no hace falta mucha destreza, y con una leve presión sobre el acelerador se puede mantener una buena velocidad de crucero.

Para llegar a destino sin embargo, no basta con el tramo llano. Los lugares bonitos, las Ítacas particulares, los parajes soñados requieren un trayecto más selecto, más matizado y sobre todo más profundo. Es necesario, tarde o temprano, dejar la cómoda ruta y una vez habiendo pagado el peaje de la fácil autopista, hay que tomar otro camino muy diferente. Nada es perenne, y tarde o temprano, el hombre siente la necesidad de cambiar. La autopista vale para un rato pero todo el mundo, absolutamente todos, acaban escogiendo una salida u otra, sea la primera o la última y nos enfrentamos a la necesidad de tomar la ruta entre los acantilados. Una vez lo hemos decidido, la marcha atrás es imposible.

A partir de aquí, la destreza y la voluntad de cada uno manda sobre el resto. El camino puede hacer subida o bajada, ser más o menos tortuoso, pero el grifo se cierra y las barandillas a ambos lados escasean: el abismo se hace presente y su presencia hipoteca. Los conductores pues, circulamos con el miedo de caer. He aquí nuestra gran enemiga... La mente se transforma y nuestras ideas empiezan a tomar un tinte dramático. Ya no se disfruta del camino y las miradas sólo se dirigen hacia ese abismo que siempre hemos tenido presente pero que durante mucho tiempo hemos tratado de esquivarlo con todas las fuerzas.

En el fondo sin embargo, se sabe que el abismo es un espejismo, y que sólo el miedo es lo que nos puede hacer caer. El desnivel existe, y no hay que negarlo, pero si el camino se tiene claro, todo es posible y los sentimientos negativos acaban desvaneciéndose. Entonces, en este punto de equilibrio vital, es cuando se empieza a disfrutar del trayecto, la felicidad aflora y la emoción nos enciende. El conductor, a pesar del abismo, acaba apasionante a cada curva.

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