De la confianza al absurdo

Redacción Catalunyapress

Una muestra más de confianza en la realidad del fin de la "lucha armada" de ETA ha sido la convocatoria de una "última" concentración de la asociación Gesto por la Paz, el próximo día 11. Hablamos de una entidad que durante 26 años, desde 1986, ha protagonizado concentraciones silenciosas cada vez que una persona ha muerto, asesinada por la organización, pero también por miembros de la banda que perdieron la vida accidentalmente cuando manipulaban explosivos.

Ya anteriormente se manifestó bajo el lema "lortu dugu" (lo hemos conseguido) y en esta próxima oportunidad será detrás de una pancarta con la frase que, traducida, equivale a "el futuro es nuestro". Los representantes que hicieron pública la convocatoria abogan por una política penitenciaria "más humanitaria" y para que los prisioneros condenados por terrorismo reconozcan el daño que han causado y pidan perdón, como bases para avanzar hacia la paz.

Esta misma semana, el ministro de Interior Fernández Díaz, tras reunirse con la presidenta de la "Asociación de víctimas del terrorismo", anunciaba en el Congreso de los Diputados una "reinserción individualizada" de los mismos reclusos, aplicada "con discrecionalidad pero no con arbitrariedad ", aplicando la Ley "con generosidad" y volvía a reclamar como contrapartidas la petición de los encarcelados que quieran obtener las mejoras, la entrega de las armas y" el reconocimiento del daño provocado" por el mismo colectivo.

El ministro usaba también la palabra discreción, elemento que siempre hemos considerado imprescindible para hacer avanzar el proceso, pero introducía un elemento que puede ser una concesión al populismo sin intención de cumplimiento, como un motivo de preocupación, y es el compromiso de escuchar a las víctimas antes de aplicar estas medidas de "generosidad". Preocupante por doble motivo: porque sería otorgar a las víctimas un papel de representación e intervención políticas que no les corresponde, y porque no parecen personas ni entidades suficientemente "neutrales", por el resentimiento lógico contra los causantes de sus desgracias, directa o indirectamente.

Entre la seguridad en el fin de la violencia de Gesto, y la admisión condicionada por el ministro de un progresivo alivio de la situación penitenciaria de los cientos de reclusos implicados, surgía una iniciativa que, según el enunciado recogido por los medios, parece un extraordinario absurdo.

Jesús Eguiguren, presidente del Partido Socialista de Euskadi (PSE-PSOE) y sin duda uno de los mediadores clave en las conversaciones que culminaron con el anuncio del adiós a las armas por ETA, se ha descolgado con la propuesta de una Constitución de Euskal Herria, entendida ésta como el conjunto de todos los territorios del sur y del norte del Bidasoa.
Dice Eguiguren que para y con esta singular Carta Magna, no es necesario reformar el Estatuto, evitaría un referéndum sobre la independencia "que dividiría en dos la sociedad vasca", que el texto resultante que además "cabría" en la Constitución española del 78, y que incluiría la creación de unos "órganos comunes" (de la actual comunidad autónoma española) con Navarra.

A primera vista, y por mucho que se mire y remire, la propuesta no deja de parecer absurda, sobre todo por inviable. Para empezar, ¿puede haber Constitución de un conjunto de territorios sin ser un Estado y, aún más, repartidos entre dos Estados? Si se presentara, ¿quién la rechazaría más frontalmente y más bien? ¿El gobierno español, el francés o el navarro?

Ante un planteamiento tan "original", por emplear un adjetivo blando, se sólo se puede intuir que este sea un intento de cumplir algún compromiso adquirido, o de nueva aproximación, a sus interlocutores de ETA y de la llamada "izquierda abertzale". Porque parece muy difícil creer en un político de tan larga experiencia, que no sea consciente de la utopía de la propuesta. A menos que haya recuperado el eslogan de mayo del 68 francés: "seas realista, pide lo imposible".

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