Mucho más que un batido

Redacción

De los catalanes se dice que somos trabajadores voluntariosos pero poco dados a inventar. Sin embargo, no son pocos los aquí nacidos que fueron capaces de dar al mundo artilugios singulares. Monturiol fue el primero en submergirse, Francesc Salvà i Campillo creó el telégrafo eléctrico y Joan Roget, el primer telescopio. A ellos habría que sumar otros menos glamurosos, como la fregona o el porrón. Aunque es en el capítulo gastronómico donde exhibimos mayor virtuosismo. El allioli, el cava, los calçots, la crema catalana, el pan con tomate, los panellets y el Chupa-Chups, entre otros, han hecho más por la proyección de Catalunya que todas las embajadas y campañas de turismo de la Generalitat juntas y elevadas al cubo. Permítanme que a esta lista de exquisiteces añada otra, tan o más conocida. La que llevó a Joan Viader Roger, en tiempos de la Segunda República, a crear el primer batido de chocolate del mundo, al que puso por nombre Cacaolat. Viader tuvo la idea de aprovechar la leche descremada, entonces sin utilidad comercial, para elaborar una bebida nutritiva y refrescante. Luego fue capaz de superar el trauma de la Guerra Civil y la posguerra. Recuerdo que la primera vez que tuve conciencia de ser catalán fue cuando de niño pedí un Cacaolat en un bar de un pueblo de Valencia, ante la mirada atónita del camarero. Hoy la marca, parte inseparable del patrimonio industrial del país, languidece por la pésima gestión de sus actuales propietarios, la familia Ruiz Mateos. Otro referente de nuestro imaginario colectivo en peligro de extinción.

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