Los buenos y los malos

Redacción Catalunyapress

Uno de los rasgos definitorios de la sociedad actual es esta clasificación que siempre se efectúa (a veces de forma implícita) entre buenos y malos ante cualquier controversia, clasificación que, sin demasiado esfuerzo intelectual, nos da la coartada para arremeter contra unos (los malos), que tienen toda la culpa de lo que sea y defender y justificar a los otros (los buenos), que son sólo unas pobres víctimas. No hay matices ni posiciones intermedias. Es fácil, es perfecto.

Ya sé que esto no es, ni mucho menos, nuevo. El término maniqueísmo toma su nombre de una secta, los maniqueos (así llamados debido a que su fundador fue un tal Mani) que allá por el siglo III tenía como fundamento de sus creencias la lucha entre el bien y el mal y la negación de la responsabilidad humana por los males cometidos (y de mucho de eso también hay ahora, sobre todo según quien comete el mal). Pero creo que cada vez se acentúa más esta tendencia a dividir todo en estas dos categorías, despreciando cualquier otra consideración.

Un ejemplo lo tenemos con las hipotecas. No con las normales de toda la vida, sino con estas que daban pocos años atrás y que a menudo garantizaban un préstamo de importe superior al cien por cien del valor del inmueble que grababan. Aquí todo el mundo tiene muy claro que el malo es el banco y el bueno, la víctima, el pobre prestatario hipotecado. Pues yo no estoy de acuerdo. No del todo, al menos. Ciertamente los bancos, las entidades bancarias actuaron muy mal, pasándose por el forro las más elementales reglas de la prudencia, al conceder aquellos préstamos. Podríamos decir que, en esta cuestión concreta fueron, claramente, malos, por no decir muy malos (y dejadme decir que en el pecado llevan la penitencia, ya que las consecuencias de todo aquello también las están padeciendo). Y no olvidemos que dentro de los bancos también hay víctimas de la gestión de sus dirigentes, como todas las personas que, directa o indirectamente (a través de fondos de inversión o de fondos de pensiones) tienen invertidos sus ahorros en acciones de la entidad. No creo que estos, por esta sola causa, sean malos.

Pero, ¿podemos decir que los otros, quienes recibían los créditos, fueron buenos, así en general? Yo creo que no. Mientras, alguna década atrás, a quien se planteaba comprar un piso (y había quien no podía ni hacerlo) ni se le pasaba por la cabeza hacerlo sin antes recoger una entrada (término que ya suena muy obsoleto) para reducir el importe a financiar, en el pasado reciente muchos de nuestros conciudadanos no han tenido ningún reparo no sólo en comprar un piso sin entrada (es decir, financiando su precio, ya hinchado, y además los gastos), sino en aprovechar la generosidad de las entidades bancarias para financiar también con la misma garantía hipotecaria los muebles, el coche y las vacaciones en la Riviera Maya. Y ahora, cuando las vacas gordas se han acabado, encuentran injusto tener que hacerse cargo de la deuda que, libremente, contrajeron, y pretenden librarse devolviendo el piso, que obviamente ya no tiene el valor que tenía hace unos años. Pues lo siento, quizá es deformación profesional, pero creo que los compromisos libremente contraídos deben cumplirse (pacta sunt servanda) y que no es justo ampararse en una situación de inconsciencia colectiva, muy y muy lejana de la actitud que se entiende debe ser la de un buen padre de familia, para intentar eludir las propias responsabilidades. Por lo tanto, aquí hay malos en ambos lados (y reitero que no me refiero a la gente que, actuando con prudencia, han visto como las circunstancias les impedían hacer frente a los compromisos, estos sí que entrarían en la categoría de los buenos, y merecedores de nuestra solidaridad).

Otro caso es el de los alquileres. Hay una tendencia generalizada a pensar en el dueño (cuando es persona física, que si es jurídica ya no tiene ninguna defensa ni justificación) como una persona que encima de ser tan afortunado de disponer de un piso que no necesita para vivir y por lo tanto puede alquilar, quiere aprovecharse de la necesidad de vivienda de otra persona para enriquecerse a su costa. Dentro de este esquema el propietario es el malo y el inquilino es el bueno, está claro. No se piensa, supongo que porque requiere un esfuerzo demasiado grande, que hay muchas tipologías de propietarios, y que por ejemplo el propietario de un piso puede ser una persona que tiene sólo aquel piso como fruto de los ahorros de toda una vida (antes esto de ahorrar estaba mejor visto que ahora), que no puede vivir en el piso porque está solo o sola, no puede pagarse los servicios de una persona que lo cuide en casa, y se ve obligado a ir a vivir a una residencia, que tiene que pagar, precisamente, con el importe del alquiler. ¿Hay algo criticable en esta conducta? ¿Se merece una calificación negativa? Para mí, no. Y es un caso relativamente frecuente. A la vez, junto con inquilinos que por las circunstancias de la vida que antes mencionaba dejan de poder cumplir sus obligaciones contractuales, muy a su pesar, hay inquilinos que actúan de una forma calculada, y dejan de pagar el piso pensando que entre que los echan y unas cosas y otras seguramente pasarán cinco o seis meses, y mientras tanto no ahorran en cenas los fines de semana y otras actividades lúdicas. Y cuando finalmente los echan, vuelven a empezar en otro lugar. Por tanto, aquí pueden haber buenos en ambos lados, y aunque en muchos casos sí hay uno bueno y uno malo, a menudo son los lados contrarios de los que se suele pensar.

Y es que la vida está llena de matices. No hay dos situaciones iguales, cada una tiene circunstancias que la hacen única, y por lo tanto, antes de lanzarnos a calificarlas globalmente de una u otra forma habría que dedicar un mínimo tiempo a estudiarlas, valorar las diferentes posturas y no dejarnos llevar por las corrientes de opinión generalizados, que no por ser compartidas por más gente son más válidos.

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