De las tasas universitarias en Catalunya

Manuel I. Cabezas González

Tasas universitarias


El Sindicato de Estudiantes de los Países Catalanes (SEPC) y la Coordinadora de Asambleas de Facultad (CAF) convocaron dos jornadas de huelga a primeros de marzo: el día 1, en la UAB; y el 2, en todas las universidades públicas de Catalunya.


A pesar de la labor de los piquetes, el seguimiento fue desigual, dependiendo de las universidades y de las facultades. El día 2, tuvo lugar también, en el centro de Barcelona, una manifestación no muy concurrida (un 2,3% de los 170.000 universitarios catalanes).


Según rezaban las pancartas y los grafitis, los universitarios se movilizaron principalmente por dos motivos. Por un lado, contra el incumplimiento, por parte del Gobierno de Catalunya, de un mandato del Parlamento catalán de 2016: se debía proceder a una reducción del 30% de las tasas universitarias que, en 2012, habían subido un 67%. Además, se exigía una equiparación del precio de los créditos de “grado” y de “máster”, ya que los de máster duplican a los de grado.


A simple vista y desde la óptica estudiantil, estas reivindicaciones pueden parecer lógicas y razonables para justificar las movilizaciones. Sin embargo, si las analizamos desde un punto de vista más sistémico, podremos constatar que denotan cortedad de miras y una patente falta de análisis y de argumentos. Por eso, se podría afirmar que las exigencias estudiantiles precitadas son los árboles que, aunque forma parte del bosque, no dejan ver el meollo del bosque: el origen de los problemas de financiación de la universidad catalana.


Por un lado, llama poderosamente la atención que los planes de estudio de Bolonia (en 2010, el 4+1; y luego, en 2015, el 3+2) hayan sido implantados y que, a partir de 2012, las tasas universitarias hayan subido como la espuma, sin una oposición clara, firme, decidida, contundente y masiva de los dos principales actores universitarios: alumnos y profesores.


Ante estos hechos, las movilizaciones del pasado y las de hace unos días han sido minoritarias, tímidas e inconsistentes. En efecto, no se ha conseguido que la comunidad universitaria tome conciencia de lo que estaba y está en juego.


Por eso, después de las últimas movilizaciones de principios de marzo, el statu quo se consolida aún más: la implantación del 3+2 sigue su curso y el Gobierno de Catalunya mantiene las desorbitadas tasas académicas. ¿Para qué han servido las jornadas de huelga? Simplemente, para que se entrenen los piquetes, que tienen el cerebro en los extremos de los brazos, y para desperdiciar días de actividad docente.


Por otro lado, uno no llega a comprender por qué el SEPC pide sólo una reducción del 30% de las tasas, perpetuando así la discriminación de los universitarios catalanes, en relación con los de las otras CCAA o de la Unión Europea (UE). Si todos somos iguales ante la ley y si todas las universidades ofrecen los mismos servicios (formación), no es de recibo que las tasas universitarias en Cataluñny sean, de media, el doble (para los créditos de “grado”) y el triple (para los de “máster”) que en las otras CCAA.


Además, si se debe converger con los países de la UE en todos los campos, habría que acercarse a la mayoría de los países de la UE que tienen una enseñanza universitaria gratuita o con unas tasas simbólicas. Hoy, las tasas en las universidades públicas españolas (¡y no digamos en las de Catalunya!) son las más altas de Europa. Y, según un informe de CCOO, la subida de tasas se ha visto agravada por una bajada de la cuantía de las becas,sin que se haya habilitado un sistema de préstamos o de beneficios fiscales o de ayudas distintas de las becas.


En tercer lugar, las reivindicaciones del SEPC se han centrado sólo en cuestiones crematísticas, olvidando aquellas otras que, en un mundo cada día más globalizado y competitivo, deberían mejorar la calidad de la enseñanza universitaria y la formación de los universitarios. De esta formación depende el tránsito hacia la vida laboral y el éxito en la misma, como puso de relieve Ramón y Cajal al escribir:


El cerebro humano es como una máquina de acuñar moneda. Si echas en ella metal impuro, obtendrás escoria; si echas oro, obtendrás moneda de ley”.


Sólo dos ejemplos que ilustran la despreocupación y la ceguera de los estudiantes y de los profesores universitarios sobre los aspectos cualitativos de la enseñanza española a la boloñesa.


Uno es el de los “grados combinados”. Los estudiantes y los profesores nunca criticaron ni se opusieron a este nuevo “producto”, que constituye una degradación o devaluación de los estudios universitarios.


Además, los alumnos no sólo mordieron este anzuelo sino que incluso protestaron, el curso pasado, contra la eliminación de algunos de estos grados. Si los grados simples (240 créditos) no proporcionan una formación sólida y satisfactoria, y, por eso, se aconseja a los alumnos que hagan un máster, ¿qué se puede conseguir con unos grados combinados (por ejemplo, francés e inglés), en los que se dedican sólo 120 créditos a cada una de las lenguas?


Como he escrito en otro lugar y explico siempre a mis alumnos, estos grados son un engaño y una estafa a los universitarios. Y sólo pueden conducir a una decepción y a una frustración de los mismos, al poner en entredicho la inserción y el éxito laborales de aquellos que los hayan elegido.


La “evaluación” y la “revaluación” es el otro ejemplo. Con los planes de estudio a la boloñesa, se suprimieron los tradicionales exámenes de septiembre y se implantó, una semana después de la evaluación final, una antipedagógica y absurda revaluación. Después de haber hecho una “evaluación continua” de cada estudiante, cualquiera con dos dedos de frente puede comprender, excepto si cree en el milagro de Pentecostés, que es imposible que se puedan aprender, en sólo unos días, aquellos conocimientos o competencias que no se adquirieron durante todo un semestre. Por eso, parece lógica, razonable y necesaria la recuperación de los exámenes de septiembre que, por cierto, nunca han exigido ni estudiantes ni profesores.


Finalmente, con sus pacatas reivindicaciones crematísticas, los universitarios catalanes han dado muestras de una ceguera severa. Se han fijado sólo en los síntomas (subida de tasas), pero no han buscado las causas prístinas de los recortes en los presupuestos de las universidades y de la subida astronómica de tasas. Para los economistas, “los recursos son siempre escasos” y, en la gestión de los mismos, funciona el “principio de los vasos comunicantes”: los incrementos de partidas en un capítulo concreto hay que detraerlas de otros capítulos. Así de simple.


Es una evidencia que las políticas equivocadas, interesadas y partidistas tanto del Gobierno Central como del Gobierno de Catalunya, así como el despilfarro, la malversación y el saqueo generalizado de los recursos públicos por parte de la casta política nos han conducido a la larga y profunda crisis actual. Por eso, los Gobiernos de turno nos han obligado a apretarnos el cinturón, han utilizado la tijera en educación, en sanidad, en servicios sociales, etc. y nos ha pasado la factura a los trabajadores en activo (despidos, congelación o reducción de salarios, etc.), a los jubilados (copago sanitario y subidas vergonzosas de pensiones), a los estudiantes universitarios (subida de tasas, reducción de las becas)... ¿Para qué seguir enumerando damnificados y abusos?


Por eso, llama poderosamente la atención la falta de lucidez y agallas de los jóvenes universitarios catalanes y el hecho de que no hayan puesto en la picota y lanzado sus críticas contra la casta política catalana, sólo ocupada y preocupada por el “proceso de independencia” y por cubrir con la “senyera” o con la “estelada” las vergüenzas de tanto cleptómano, que ha esquilmado el erario público catalán con mordidas del 3% (Maragall) o del 4% (Millet y Montull) o del 6% o el 10% (según otros) en toda obra pública.


Y esto parece que es sólo la punta del iceberg. De estos polvos, también los lodos de las subidas de tasas. 


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