Françoise Dolto y el cajón de los secretos

Pilar Gómez
Psicóloga clínica y psicoanalista

Dolto

François Dolto, psicoanalista


La primera en salir del estupor fue una señora mayor. ¿Pero cómo dices eso, mujer? No ves que es una barbaridad…? A la peluquera no se le movió un pelo: "sí señora Tal, lo tengo muy claro, mientras sea pequeño mi hijo es mío, cuando sea mayor ya será suyo". Lo había dicho antes dejando a la parroquia estupefacta: "yo solo soy la propietaria de mi hijo y de mi coche, hipoteca no tengo, tengo alquiler".


Escandalizadas -y todas al tiempo- dos clientas más, la dueña y otra de las peluqueras recuperaron la palabra y se lanzaron a enhebrar razones para convencerla de su error. A mí me vino a la cabeza Françoise Dolto.


Dolto fue una psicoanalista formidable, espléndida: rigurosa y creativa tuvo siempre un don especial para comunicarse con los niños. Elaboró toda una teoría sobre el psiquismo infantil tan rica y potente como imposible de resumir aquí. Sí que es posible, en cambio, destacar un rasgo mayor de la misma: entendía que hay que considerar a los niños y a las niñas como a otros desde el mismo instante de su nacimiento, muy lejos de lo que parecía decir la peluquera. Solamente en sistemas esclavistas puede un sujeto ser propiedad de otro.


Esa idea -un niño o una niña son personas distintas de sus padres desde el instante mismo de su nacimiento y esa diferencia requiere ser respetada- es el hilo conductor del que se desprenden las incontables recomendaciones prácticas para la crianza y la educación que fue dando a lo largo de su fructífera carrera.


Recomendó, por ejemplo, dar a los niños un cajón que pudieran cerrar con llave, un cajón para los secretos lo llamaba. Es un hallazgo clásico de su genio: al darle al niño o a la niña el cajón con su llave -una caja, un armarito, da igual…- se está haciendo reconocimiento en acto de su derecho a disponer de un lugar para su privacidad.


No recuerdo cuándo decía que es el momento oportuno para tal entrega, parece obvio, sin embargo, que el momento adecuado es aquel en el que el niño ha adquirido la maduración neurológica necesaria para las tareas que requieren de la motricidad fina. ¿Cuándo sucede eso? Alrededor de los cinco años, cuando el niño o la niña son capaces de meter y sacar la llave de una cerradura así como de operar correctamente para abrirla y cerrarla.


Habrá padres y madres que se asusten ante la idea del cajón de los secretos, ¿qué barbaridades podría hacer el niño con ello? Digamos primero que el niño o la niña que quiera esconder algo porque sabe que está mal no necesita del cajón y si quieren esconderlo procurará hacerlo de todas maneras.


Su función es otra y no hay que temer el uso que los críos hagan de sus cajas, no van a poner en ellas nada peligroso. Es muy posible, incluso, que la mantengan abierta. Lo importante es que sabrán que tienen permitido usarla y que con ello se autoriza la existencia de un espacio mental privado que, entre otras virtudes, facilita el alivio de los sentimientos de culpa por el hecho de querer crecer. Los niños desean crecer y también desean quedarse siendo pequeñitos y a sus padres les sucede, muy de otra manera y en combinaciones distintas, un fenómeno parecido.


Tan importante como ese espacio mental es un espacio físico propio y así conviene que tengan su cuna y, en lo posible, su habitación desde el nacimiento.


La tensión entre el deseo de crecer y el de quedarse pegado al deseo de los padres es una variable normal en el desarrollo de los niños y de las niñas que se irá resolviendo mejor o peor según cada sujeto y según la posición que tomen los padres y madres al respecto, es decir según se resuelva en cada momento su propia ambivalencia.


Este vaivén -de la la progresión a la regresión y a la inversa- es absolutamente normal puesto que la construcción subjetiva y las adquisiciones consecuentes -sentarse, hablar, caminar, contar, saltar, correr, controlar esfínteres, etc- no transcurren jamás por un sendero lineal que se sigue siempre hacia adelante. Tales vaivenes en el camino de los aprendizajes -de las identificaciones comprometidas en ellos- requieren lógicamente de tiempo, es así porque las adquisiciones de los niños y de las niñas necesitan de las inevitables vueltas de la repetición hasta asentarse en el momento en que puedan hacérselas verdaderamente propias.


Siempre es así, siempre hay vaivenes. Con todo se dan circunstancias en la vida de las familias que, siendo difíciles de vivir para todos sus miembros, pueden conducir a que los niños se comporten de un modo regresivo. Un ejemplo corriente se puede ver en aquellos casos en que teniendo el niño o la niña el control de esfínteres adquirido sucede que un día -o algunos- se le escapa el pipí. No es necesario alarmarse, ni enfadarse, menos aún regañarlos.


No siempre es fácil para los padres atinar en la posible conexión entre un acontecimiento en la vida de los niños y el pis descontrolado. Aún así probablemente el episodio pasará con ligereza si no pierden la calma. Pueden asegurar a la criatura que saben que es perfectamente capaz de no hacerse pis puesto que ha pasado tanto tiempo -el que sea en cada caso- desde que aprendió a controlarlo. Y habrán dicho una verdad, que no es menos verdadera por serlo de Perogrullo, y por esa misma razón -por su condición de verdad que le retrotrae a un sí mismo a quien no se le escapa el pis- confortará al niño.


En los vericuetos de la constitución del Yo se producen -como en este caso- innumerables ocasiones en las que capacidades adquiridas -comer solos, dormir tranquilos, vestirse, bañarse, andar, estar en un sitio oscuro, saltar tres escalones, pensar, sumar…- desaparecen por un tiempo. Sucede en la vida de cualquier niño.


El Yo se organiza andando un camino cuya línea de salida está marcada por el deseo de los padres, camino que se hará al andar. Tiene la formación del Yo un andar característico: no es lineal ni regular, más bien los diversos tramos del sendero - que puede ser abrupto- se van creando al tiempo que se pasa por ellos. Andando y desandando ese camino muchas veces a medida que el tiempo pasa el niño o la niña irán cumpliendo años. Llegará en cada vaivén un poquito más lejos en el camino que le lleve a la forja -en la medida de lo posible- de un deseo propio.


Hay un hito en ese camino: es el momento en que el niño deja de hablar de sí mismo en tercera persona y pasa a decir "yo" -de "Pedrito quiere chocolate" a "yo quiero chocolate"-. Un mundo de experiencias va de un enunciado a otro. Son años intensos y apasionantes y no es extraño -sobre todo a lo largo de la primera infancia- que la noción de la alteridad del hijo o de la hija quede difuminada, a veces, para sus padres. En los vaivenes de la separación se trata de avatares normales que darán lugar a sanos conflictos por la existencia.


Puede que lo de la peluquera fuera solamente una manera de expresar uno de esos momentos en que la alteridad de un hijo queda difuminada, un atasco en los vaivenes del camino de la separación, puede que no.


Nunca lo sabremos.


2 Comentarios

1

Al apasionante contenido de la nota usted le suma una escritura mansa, bondadosa y con un ritmo regular que permite asimilar conceptos sin atorarse.

escrito por hugo gil 23/may/17    20:23
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Como siempre un artículo muy interesante de Pilar Gómez

escrito por TONI CAIRAT 10/may/17    10:56

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