El alarde del pantalón

Miquel Escudero

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Los expertos dictan ley, también en el mundo del arte. Así sentencian cuándo una obra es maestra, un centón o algo corriente. Igual que en medicina se llega a decir que no hay enfermedades sino enfermos (un reconocimiento del modo personal y circunstancial de enfermar), también en el arte pictórico se ha llegado a decir que la pintura no existe y que sólo existen los cuadros. ¿En qué consisten el talento y el posible encanto contenidos en unas pinceladas?



Hay una cosa cierta en cualquier caso: hay que saber vender un producto para darle difusión y salida. Les pongo a su consideración el criterio del pantalón, un alarde que no consiste en resaltar la importancia de ‘llevar los pantalones’, sino en subrayar su prestancia. No todos los artistas saben, pueden o quieren aplicarlo para que su trabajo sea bien reconocido y visible. Pero ahí está.


Leo un texto de 1945 que fue lo primero que publicó en francés el escritor Samuel Beckett. Éste obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1969 y fue discípulo de James Joyce, ambos dublineses. Me refiero a su ensayo El mundo y el pantalón (Elba), que encabeza con un intercambio de frases entre un sastre y su cliente. Éste se queja de su tardanza en cumplir un encargo: ‘Dios hizo el mundo en seis días, y a usted no le da vergüenza necesitar seis meses para hacerme un pantalón’. Y el sastre le replica: ‘Pero, señor, mire usted el mundo, y mire su pantalón’. Una respuesta propia de los hermanos Marx, por quienes Beckett sentía entusiasmo. Una aleccionadora mirada hacia lo absurdo.


Sostiene el autor de la obra teatral Esperando a Godot que ‘se hace lo imposible’ para que la gente de a pie tome partido y acepte o rechace algo a priori, para que deje de mirar y de existir ‘ante lo que sencillamente podría haber amado, o encontrado feo, sin saber por qué’. Beckett no señalaba mucho más. ¿Pero quiénes hacen ‘lo imposible’ en ese orden? Son organizaciones con malas artes y con buenos medios económicos. Sin duda, esto es muy grave y se llama ‘cosificar al personal’, una colosal manipulación. Merece la respuesta clara de instalarse en un sano escepticismo de cuanto se declara apreciable. No es tanto iconoclastia como un estar sobre aviso ante el desprecio y falta de respeto por cada uno de nosotros. ¿Somos tan tontos como suponen? Es un asunto de dignidad personal.

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