No temer, confiar, crear esperanza

José Leal

Refugiados2


Cuando este país era una ciénaga aún mayor, salir a Europa era ensanchar los pulmones respirando la libertad tan deseada. Era muy joven cuando llegué a París tras un pesadísimo viaje nocturno en un autocar de billete barato. Amanecía. El albergue de la plaza de Italia, mi refugio pensado, rebosaba, y jóvenes de múltiples orígenes dormían en viejos colchones desparramados por los pasillos. Ya en París, solo, con escasos recursos y sin el cobijo que pensaba para mi estancia allí. Un hombre algo mayor que yo, uruguayo, volvía a esa ciudad, conocía el albergue de la Unesco, situado cerca de la Gare de l'Est y hacia allí nos dirigimos. Hubo suerte, dejamos las mochilas, se unió alguien más y recorrimos París desde Montmartre a Montparnasse. Yo como un niño que estrena autonomía. Esa libertad, el encuentro entre tantos diferentes, sin miedo, la plaza de Notre Dame ya anocheciendo eran bocanadas de asombro y fascinación. Cada día así, encuentros, historias, ayudas compartidas, hablar sin miedo. Quedan recuerdos y amistades de ese tiempo.


Días después en Sedán hice autostop en ruta hacia el albergue de Bouillon. No tuve mucha suerte y ya me disponía a dormir en los portales de una ermita cercana cuando un coche se detuvo. Un impoluto Mercedes conducido por un hombre cuidado de la edad posiblemente de mi padre. La música de Bach y un perfume ligero inundaba el espacio. Conversamos. Me invita a su casa. No me conocía, no lo conocía. Agradecí, no acepté su propuesta y aunque me insistió en que el albergue estaría lleno, le pedí que me acercara. Así lo hizo y se ofreció a esperarme por si, completo el albergue, reconsideraba yo su ofrecimiento. Así fue. Anochecía y nos adentramos en unas carreteras que discurrían por bosques de árboles inmensos en las Árdenas. Llegamos de noche a la explanada de un castillo y al poco de sus puertas hermosas salió una mujer y varios niños de diversas edades. Con una primera esposa tenía hijos mayores, cercanos a mi edad, que luego conocí. Los dos mayores viajaban como yo, con sus mochilas. Después supe que un amigo de uno de ellos, con quien viajaba por Marruecos, hubo de volver de urgencia con una feroz gastroenteritis.


Había estallado recién la Revolución de los Claveles en Portugal y acababa de ser publicada la Némesis Médica, de Ivan Illich. Eran motivos de debate por la noche, en hermosas tertulias entre gentes cultivadas. Preguntaban mi opinión sobre España, bajo la dictadura aún y sobre la revolución en Portugal. No oculté mi rechazo a la primera, ni mi militancia antifranquista, ni la ilusión por la revolución de los claveles y el intenso deseo de contagio hacia nuestro país. Me escuchaban atentos, deseosos también de la democracia en España y convencidos del pronto fracaso de la experiencia portuguesa, como así fue. Les fascinaba, como a mí que lo leí más tarde, el texto de Ivan Illich, precursor olvidado de una crítica a la medicalización de la salud, al poder de los profesionales y a la invasión de tecnologías alienantes, que dijo cosas tan actuales como "la medicalización de la vida no es sino un solo aspecto del dominio destructor de la industria sobre nuestra sociedad. Las estrategias médicas fracasan porque concentran demasiados esfuerzos en la enfermedad y muy escasas en cambiar el ambiente que enferma a la gente".


Disfrutaba oyéndoles, culposo a ratos de una convivencia con gentes que nunca hubiera imaginado porque podían encarnar lo que aquí era una clase contra la que luchábamos. Ellos no eran así. Era asombrosa la confianza, el respeto, el diálogo, la curiosidad y la tan generosa acogida. Yo era un extraño que no se sentía como tal y en quien ellos confiaban. Durante el resto del año vivían en Bruselas, frente a la Universidad Libre en una mansión cuyas llaves me dieron para los dos días en que estuve en la ciudad.


Algunos días después continué mi viaje, convencido de haber vivido una experiencia excepcional e irrepetible. Pronto salí de mi error. Dejé la mochila en la consigna de la estación de Gante, inseguro de si dormir allí o en Brujas. En una de las salas de un museo solo tres personas: una pareja pasados claramente los sesenta y yo. La mujer me habló en flamenco y luego en francés. Eran de Blankenberge, en la costa y me invitaban a su casa, una pequeña vivienda de dos plantas, cargada de sencillos objetos exóticos y variados. Su hijo, algo mayor, es marinero y les trae recuerdos de los diversos puertos. Está embarcado y duermo en su habitación. Me enseñan el paseo marítimo y, antes de cenar, me invitan a un helado en un a modo de pasarela modernista que entra en el mar y por la que pasean muchas familias con algunas de las cuales conversan y me presentan. Disfrutan del encuentro, disfruto del encuentro. Son humildes, y al marcharme, cuidadosos, me dan consejos para mi viaje. Él saca de una bonita caja de latón un tesoro con forma de galletas, según me dice muy nutritivas, para que no pase hambre; ella prepara un pequeño ramo de flores recogidas cerca del mar y secadas por ella y me las da como regalo para mi madre. 


Con él en una parte externa de la mochila recorro Brujas, Malinas, Amberes, Rotterdam y Amsterdam e indemne llego a Barcelona como muestra de una hospitalidad tan inesperada y tan hermosa. Así descubrí Europa y en los nuevos encuentros en las distintas ciudades con gente como yo sin miedo al otro. El único temor era perder el pasaporte. ¿Qué debe haber en ellos, que debe haber en mí que les lleva a la invitación, me abren sus puertas, me ofrecen su casa, me acogen, me enseñan y regalan? ¿Qué resonancia íntima, como llama Julia Kristeva, a esa conmoción que nos genera el otro, se produce para un ofrecimiento así a un ser desconocido, que nada pidió y que viajaba solo por el solo placer de conocer a otros? No pregunté que les movió a su tan generoso ofrecimiento. Quizás ser padres, tener a hijos por el mundo, saber que éstos pueden necesitar y en cuyo caso desearan para ellos lo que a mí me ofrecían. No lo podré saber pero sí que algo nos mueve a buscar al otro y a cuidarlo y a devolver cuidados y hacer como hicieron con nosotros. Sé también que ocurre lo contrario y que el miedo al otro acecha en cualquier parte y que solo superándolo podemos acceder al encuentro que es bálsamo. Yo siento gratitud y un recuerdo imborrable.


Vuelvo a París ya de regreso. En la estación de Austerlitz reconozco a un conocido de mi edad, le llamo por su nombre, Jorge, y observo un temblor en su mirada. Es evidente que no me reconoce y teme. Hablamos y entiendo su temor. Militante político clandestino colocaba con otros pegatinas contra la dictadura en el tren que nos llevaría a Barcelona. Volvíamos a la ciénaga y al miedo.


A veces siento que entramos en la ciénaga, de nuevo. Que vuelve el miedo al otro y que en cada rincón de nuestra Europa se esconde una alambrada, una fosa, una valla. Cuando lo pienso me vuelven a la vez esos recuerdos de la acogida activa, de la curiosidad, de haber sido cuidado, de esa experiencia de haber generado confianza y yo haber confiado y donde nada pasó que no fuera hermoso. Degusto esos recuerdos y, aún tras tantos años, me digo que fui afortunado y que ofrecer la casa, abrir las puertas, sentarse en el jardín, hablar sin miedos, preguntar, mostrar curiosidad son dones como el agua y la luz por los que hemos de mostrar empeño y gratitud.


Recuerdo todo ello cuando leo que en su libro "Contra el miedo", Carolin Emeke dice que "ahora la gente exhibe con orgullo su rechazo a los extranjeros" y siento la necesidad de decir que hemos de exhibir con orgullo las acogidas que tantas veces recibimos y decir como el poeta Carlos Marzal en su libro "Metales pesados" que "no hay nada que no demos en herencia ni nada que no hayamos recibido".


Recuerdo todo ello cuando leo que el alcalde de Malinas, una ciudad cercana a Bruselas, con un 20% de población musulmana y cuyos habitantes proceden de 128 países dice en El País del 26 de Mayo actual que "en tiempos de problemas, inseguridad, polarización y terror, somos una ciudad de esperanza", ejemplo de una convivencia lograda con políticas de inclusión, cuidados a quienes los necesitan, viviendas sociales no separadas, facilitando la mezcla y nutrición de un rico tejido asociativo.


Recuerdo todo ello cuando leo las recientes matanzas en Manchester o El Cairo efecto de intolerancias, del odio y el rechazo. Y lo recuerdo porque sé que es en los tiempos de miedo al otro que hay que echar mano de tantas experiencias de encuentro y acogida que, casi por militancia, deben ser contadas para decirnos que es posible la ternura, que es posible sentirse conmovido por el dolor y por la generosidad, que hay que seguir creyendo en la esperanza.


Unos veinticinco años después de camino a Lovaina en busca de vivienda para un año de estudios pasamos por Ochamps, en las Árdenas, donde pasé una parte de aquel feliz verano. Esta vez no iba solo, ya éramos cuatro. En las afueras del pueblo detengo el coche junto a un lugar en el que un hombre arregla el umbral de lo que parece ser su casa. Junto a él, una mujer embarazada y un niño pequeño. Le explico los datos de la persona a la que me gustaría volver a saludar por si pudiera ayudarme a encontrarla. Se aleja y espero mientras habla por teléfono. Al poco rato vuelve.


-Mi padre les espera mañana a las once en su nuevo domicilio, una antigua abadía que ha restaurado y está cerca de aquí. Me ha hablado de Vd., le recuerda. Yo soy uno de los pequeños que le recibió en la puerta cuando ambos llegaron de París.


No salgo de mi asombro ante tal casualidad.

-Buscaremos hotel en el pueblo, le digo.

-Estarán todos llenos. Hay una importante feria agrícola y ganadera. Se pueden quedar en nuestra casa. Podemos ver el "chateau", bañarnos en el lago de nuevo y visitar a uno de mis hermanos, que vive cerca. Éste nos invita a cenar y, unos años después, nos visita en Barcelona.


Al día siguiente nos encontramos con su padre, el hombre que tan generosamente me había acogido hace años y que ahora acogía a mi familia con la misma amabilidad con que lo hizo entonces conmigo y recordaba perfectamente a aquel "etudiant espagnol" que era el título que acompañaba a mi nombre cuando me presentaba a las frecuentes visitas que recibía en su casa. Había restaurado una preciosa abadía ahora convertida en un lugar de encuentro e investigación sobre cuidados paliativos.


Unos días después recorrimos Bruselas, Gante, Brujas y volví a Blankenberge. Reconocí lugares que conocí con ellos pero no tuve la suerte de encontrar huellas de la familia en cuya casa estuve una noche y de cuya calidad de trato me acuerdo y me conmuevo como si fuera ayer. La memoria es sustento; aquello que nos dan y lo que damos nos construye, nos labra, nos hace yo y nosotros, aminora el dolor de la intemperie y construye un cobijo hecho de lazos, de gestos, de miradas, de palabras sesudas o sencillas, de silencios cercanos, de compartir aquello que se tiene.


Así descubrí esa Europa que era abierta y que añoro cuando la veo tan llena de cerrojos. Así descubrí África, años después, acogido en el Rif, el Atlas, El Valle de las Rosas o en Tafraout. Su relato queda para otro día.


Mientras tanto me gustaría acabar como lo hace Martí i Pol en "El Far", llenándome la boca de esperanza y decir que "aquest poema es un espai pel somni".

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