Alquileres por las nubes versus turismofobia

Petra López

Turismo 6


Celebro la noticia, lo digo desde ya, me parece estupendo que se hagan viviendas de lujo en el edificio de marras. Me lo imagino...¡qué pisos!, centenares de metros cuadrados de mármoles, parquets y revestimientos de maderas exóticas, cocinas más que espaciosas, con todos los chiches y despejadas como laboratorios, baños que no se pueden contar con los dedos de las manos y las terrazas, ¡ah las terrazas!…¡qué vistas!… al norte hasta Mataró y hasta el Garraf al sur, sus amaneceres, sus puestas de sol...de día todos los colores del cielo y de noche laberintos de luces brillando como estrellas. Aunque las estrellas propiamente dichas puede que tampoco las vean esa gente privilegiada, los riquísimos propietarios de los pisos, y es que la contaminación -la lumínica y la atmosférica- no respeta ni a los millonarios. No sé cómo Trias no la prohibió en su momento cuando su clasista ordenanza de civismo.


Dicen que cuentan con compradores extranjeros, al parecer Barcelona es un lugar muy deseado para vivir y ha aumentado notoriamente el número de personas foráneas que se instalan aquí. Aunque, si es por millonarios, tenemos los nuestros, "la molto onorevole famiglia" y sus redes de pescadores como ejemplo paradigmático por aquí, amén de tantas otras muy honorables parentelas más allá del Ebro, enredados unos con otros en lucrativas matufias desde tiempos inmemoriales.


El cambio legislativo que nuestros regidores han ultimado tan eficientemente para transformar un edificio de oficinas a medio construir -edificio fantasma, le llaman- en pisos para millonarios podría ser tomado como modelo en la ciudad, contribuyendo así a aligerar el malestar ciudadano a causa de la dificultad para alquilar en condiciones. Sería estupendo que se mostraran tan diligentes para permitir hacer lo propio con la cantidad incontable de locales cerrados -tiendas y oficinas- que se encuentran a pie de calle en cualquier barrio. No sería tan difícil, digo yo, si hubiera buena voluntad y capacidad para entender la ciudad.


Entender la ciudad significa, para el caso, abrir los ojos y los oídos para interpretar y comprender los fenómenos que se producen en ella. Esto que digo ya está pasando: cada vez más gente se va liando la manta a la cabeza y alquila un bajo comercial para transformarlo en vivienda. Tan delincuentes ellos en su transformación del uso de un local como delincuente soy yo abriendo parte de mi casa a los turistas cuando no estamos.


Ya demostramos que lo que causa, en parte, el aumento de los alquileres radica en la falta de oferta. Pues, hala, aquí hay una manera de multiplicarla por mucho. Las ventajas de una medida como esa alcanzarían tanto a aquellos que no encuentran piso para alquilar como a los propietarios de locales a pie de calle -todos esos pequeños negocios desaparecidos...- que obtienen solamente gastos de esas propiedades invendibles y no alquilables hoy en día para su uso original. Desde cualquier local de esos no se tendrán las maravillosas vistas que se abren desde del edificio fantasma, pero en muchos hay hasta un patio atrás donde puede florecer una buganvilia o se pueden cultivar algunos geranios deslumbrantes.


He leído que Pisarello dice que como hacen tantas cosas es lógico que en algunas se equivoquen y hasta da la proporción: de cada diez seis están bien y en cuatro se pueden equivocar, pero siempre están abiertos a escuchar los argumentos que se les presenten. ¡Albricias! -es que como les voté me alegro mucho de tan abierta disposición-. Es la primera vez que leo algo ligeramente autocrítico dicho desde la boca de un "común", deberían haber repicado las campanas para celebrarlo, de Santa María del Mar al Tibidabo. Es la primera vez, digo y es que han pasado dos años dándose besos de lo guapos que son. Aleluya.


Pero no escuchan, imbuidos como están de un saber sobre lo que conviene hacer para el Bien Común que deja enanito al Despotismo Ilustrado. Desde luego supongo que es más fácil que reflexionen sobre la conveniencia de transformar locales en viviendas -me alegraría- antes de revisar un ápice el íntegro discurso sobre su bestia negra favorita: el turismo.


Es un misterio para mí tanta obcecación. Agustí Colom tiene todo mi respeto, se lo ganó en sus tiempos de Síndic; pero no puedo decir lo mismo sobre Gala Pin porque -véase en la wikipedia- ha trabajado, lo que se dice trabajar, muy poquitas veces. Sí, ya sé -misma fuente- que antes de ser concejala era "activista", pero lo del activismo en mi pueblo se aplica a aquella actividad para la transformación social que se hace por amor al arte, o por amor a la causa en este caso (la metáfora no es el punto fuerte de mucha gente).


Vamos, que no es igual ir a una reunión o a una manifestación para arreglar el mundo cobrando que sin cobrar por ello. Este activismo político por el que se cobra a final de mes termina igualando -en este rasgo, no digo otra cosa- a personajes como la hoy cariacontecida Susana Díaz, trabajando desde los 17 años para el PSOE, Fátima Báñez, para más inri ministra de trabajo, y que tampoco sabe lo que es tener un jefe que no se llame Pepe o Ada Colau luchando desde la PAH por una causa justa, un trabajo afortunadamente remunerado entre sus competencias en el DESC.


Ya entiendo que se pueda trabajar de activista, aunque en mi pueblo se entienda otra cosa, pero me parece inquietante la épica equívoca con la que se va tejiendo el relato sobre las personas a partir de esa palabra. Ojo, que no estoy diciendo que se haya escondido, digo que no se ha mostrado.


Las palabras generan su propio campo semántico y así "activista por las libertades" sugiere valentía, generosidad, entrega, amplitud de miras, tenacidad, franqueza, disposición a la lucha, mirada limpia...y vale, que se cobre por ejercer de tal no tiene porque implicar la carencia de tales cualidades, pero es innegable -¿o no?- que esas mismas palabras adquieren otra luz cuando retratan a cualquier activista guiado por el simple amor a una causa.


A lo que iba, que es al turismo. Hace un año advertía de que la política corta de miras y autoritaria que ejecuta el Ayuntamiento en ese terreno era peligrosa porque genera violencia. Pues ya ha pasado: agresiones a turistas, lanzamiento de huevos a las puertas de hoteles, insultos en algunos vecindarios...no es que yo sea pitonisa, es que la violencia engendra violencia y el discurso municipal tan espantosamente simplista criminaliza al turismo.


Ha nacido incluso una palabra: turismofobia, ese es el término que reciben tales agresiones. Ignoro si la palabra se ha engendrado en Barna, aunque me parece muy probable que así sea visto el clima propiciado por el hostigamiento municipal y por sus correspondientes altavoces que, para este caso, son muchos y potentes.


Claro que es sabido que quien siembra vientos recoge tempestades y cuando escribo esto acaba de publicarse -en The Independent, poca broma- que Barcelona forma parte de las ocho ciudades del mundo que más odian a los turistas. Seguro que los hoteleros, los restauradores, los comerciantes, los taxistas, etc. deben estar contentísimos. En el Patronat Municipal de Turisme también se deben haber alegrado mucho de la publicación de una noticia tan simpática sobre la turismofobia en Barna, tendrán que hacer más y mejor promoción de la ciudad en el ancho mundo -y ya gastan una pasta en eso- puesto que, sin duda, al conocer tal afección barcelonesa más de un viajero termine decantándose por algún otro destino más acogedor.


Hay una hipocresía esencial en el discurso predominante sobre el turismo y es que esconde que en la era de los vuelos baratos somos todos turistas potenciales. Todos, gente que pertenece a las variadas y fluctuantes clases medias de todo el planeta, millones de personas andando de un lado a otro del mundo. Todos somos turistas cuando visitamos otra ciudad -Nápoles, Oporto, Nueva York, Madrid, Berlín, Cracovia, Buenos Aires, Amsterdam, Marsella, Vilassar de Mar, Montreal, Cholula, Mumbai, Palma, Bahía, Ciutadella, Tokio, Utrecht, París, Roma, Moscú, Oviedo, Quimper, La Habana, Berlín, Lisboa, Seúl, Londres, Badalona, Lima, Shangai, Dublín, Lyon, Bogotá, Toledo, Neuquén, Ginebra, Río, Tucumán, Hong Kong, Nueva York, Budapest, Melbourne, Cartagena de Indias, Sidney, Toronto, Oviedo, Varadero...-. ¿Entonces en Barcelona estamos fuera del universo?


Por descontado que no hay que permitir abusos y que habrá que sancionar a quien lo merezca. Otra cosa es no comprender que se trata de un fenómeno mundial que no tiene parangón con nada semejante ocurrido en el pasado y emperrarse en abordarlo tan torpemente: de un modo dogmático y autoritario que no apunta a los grandes responsables -aerolíneas, navieras, holdings hoteleros-, que tampoco distingue entre apartamentos turísticos y home-sharing y no vacila en acosar a los anfitriones que somos la expresión más vulnerable del dicho fenómeno mundial.


La turismofobia se cura tratando al fenómeno tal como su enorme complejidad lo requiere, pero hay que querer y no parece ser el caso. Se dice ahora que en el Ayuntamiento estarían dispuestos a admitir como home-sharing -exclusivamente- el alquiler de habitaciones.


Otra vez sin entender a la ciudad: lo que define al anfitrión es que comparte su casa, alquilando alguna o algunas habitaciones mientras él mismo la ocupa o alquilándola -entera o en parte- cuando no está en ella. Ese es el rasgo que separa el home-sharing de cualquier otra clase de alojamiento turístico. Es mi casa y siempre que no moleste al vecino, tengo derecho a disponer de ella como me convenga.

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