Mi hijo se llama Rosa

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

IdentidadSexual


En un post anterior (De vulvas, penes y otras simplificaciones) me refería a la identidad sexual. Hablaba de la complejidad que contenía, que no se podía referir solo a la anatomía, aunque algo tenia que ver con ella. Criticaba la simplificación de apoyarse en lo supuestamente evidente para colar ideología. También era crítico con la opción opuesta, también simplificadora, de "es un niño en un cuerpo de niña y tiene derecho a ser tratado en consecuencia".


Me preguntaba si había de ir corriendo a inscribir en el registro civil el nombre por el que quiere ser llamado ese hijo. Si la respuesta más adecuada al niño que se siente niña es darle el nombre con el que desea ser llamado, favorecer que vista ropas femeninas o si se ha de poner en marcha un protocolo que regule la distribución de los lavabos del colegio.


Con cierta frecuencia en situaciones así se alega el derecho, a ser lo que uno quiere ser. Como algo incuestionable o como si cuestionar le sitúe al cuestionador en el infierno de un rancio conservadurismo.


Por supuesto que los niños tienen derechos. Derechos que son tutelados por sus padres o, en su ausencia o inoperancia, por las instituciones del estado, el sistema judicial,etc.


Por muy bien que entendamos que la identidad sexual es compleja y no reductible a signos anatómicos externos, es respetable la perplejidad, y la dificultad de unos padres para entender que su hijo o hija les diga que se siente niña o niño o que no desea ser niño o niña. Por mucho que pensemos que en ellos está actuando un prejuicio ancestral no deja de ser comprensible su resistencia o su sentimientos contradictorios: hostiles, por costarles asumir una situación,y amorosos, porque quieren a su hijo. Alegar la naturalidad de las diversas opciones de identidad sexual no supone que sin más lo transformemos en algo que obligatoriamente ha de ser aceptado sin dar lugar a las inquietudes o dudas. Alegamos naturalidad para darle carta legal y creemos que el asunto está solucionado. Pero luego nos extrañamos de que una y otra vez la homofobia, la discriminación sexual, como el racismo o la xenofobia rebroten, como si la vacuna de lo natural o el derecho hubieran perdido su eficacia. La naturalización, es decir, sacar del campo de lo patológico o de lo anormal lo que son opciones de vida, se ha de considerar como un paso importante en la lucha contra la discriminación de las diferencias. Reconocer el derecho a la diferencia y los derechos del diferente otorga carta de ciudadanía a quienes durante siglos han sido perseguidos y condenados.


Dejar las cosas ahí es quedarse corto, es eludir la subjetividad inherente al hecho, es escuchar una parte de lo que nos están diciendo. Es escuchar la letra pero no la melodía. Claro que hay que dar respuesta a la niña que desea llamarse Paul, al niño que desea usar el lavabo de las chicas o ponerse faldas. Ni que decir tiene que no son actitudes a castigar. Pero aceptarlas no consiste en no verlas, hacer como si no pasara nada porque "es natural"o "tiene derecho".


Un niño es un sujeto aún inmaduro, o mejor, es un sujeto en proceso de maduración, es decir, está ensayando la vida. Reproduce en su imaginación y en sus juegos aquello que le interesa, le atrae o le preocupa; necesita vivir la experiencia; juega con las diversas posibilidades de ser sin importarle demasiado las contradicciones: en su juego puede ser policía y ladrón, dragón y caballero, padre y madre, puede matar y morir, castigar y ser castigado. Y por supuesto,ser niño o niña. Lo natural en el niño es estar situado en un proceso de transición autoplástico. Se va haciendo a sí mismo recogiendo experiencias y referencias a los personajes importantes de su vida. Además este proceso es en gran medida inconsciente, reconocerse a si mismo como masculino o femenino, dirigir el deseo hacia personas del mismo sexo o de otro, tiene raíces que desconocemos.


Cuando ante las situaciones mencionadas por mor del derecho o la normalidad las aceptamos sin más ("a partir de ahora te nombraremos con el nombre que elijas nos dirigiremos a ti con el género gramatical correspondiente y haremos que tus compañeros hagan lo mismo"), estamos coagulando un proceso que puede ser un estado de transición, de juego, de ensayo, de experimentación; le obligamos a hacerse cargo de una apuesta a una sola carta; a fijar su destino a algo que puede ser provisional.


Se me alegará que esto puede estar ocurriendo en la educación tradicional, cuando una característica anatómica se transforma automáticamente en identidad. Es cierto y precisamente es algo que quiero mostrar: tanto una opción como otra caen en algo parecido, no dar lugar a la interioridad de la niña o el niño. Una porque reduce la identidad sexual a mera anatomía, la otra porque no entiende el largo y complejo proceso de sexuación y no le da tiempo a que se desarrolle. Por eso es importante una educación no doctrinariaque ayude a los chicos a pensar por su cuenta. Para ello es necesario que sepan conocer la realidad que les rodea y la que está en su propia interioridad enfrentarse que debatan sobre las diferencias para poderlas entender y aceptar, que discutan las opciones de todo tipo para poder elegir.


Ante estas situaciones seria aconsejable que, antes que proclamar derechos y naturalidadeso transgresiones y anormalidadesque justifiquen acciones inmediatas, los padres y educadores se lo tomaran con calma, se dieran tiempo,entendieran lo que vengo diciendo: la identidad sexual es un proceso largo, complejo y en gran medida inconsciente. Esto quiere decir que lo que un chico (o un adulto) dice de sí mismo no tiene que ser literalmente lo que es, ni lo que será. Es posible que el niño o la niña tengan dudas y necesiten entenderse y que más que ser sometidos a un interrogatorio necesiten hacernos preguntas. Si esta calma no es posible, tal vez necesiten de algún profesional que les ayude a pensar, a contener las emociones y limitar las acciones precipitadas. Que un niño declare una orientación sexual no convencional tampoco le convierte automáticamente en un héroe que haya que idealizar.


Posiblemente llegar a adulto es encontrar algunos puntos de referencia relativamente estables en torno al propio deseo, llegar a tener alguna representación de si mismo más o menos coherente, aunque siempre contenga algo engañoso a revisar. Ello comprende también su sexualidad: cómo se siente, cómo se imagina, hacia quiénes dirige su deseo y por qué vías, cómo se sitúa en eso tan complejo que es ser hombre o mujer.

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