Menos pautas y más criterio

Román Pérez Burin des Roziers

Colegio


En el ámbito de la infancia y de la adolescencia hay términos que se repiten, quizás buscando así que tengan algún sentido. Es lo que ocurre con pauta, gestión, protocolo, etiqueta, perfil y diagnóstico. Son términos de uso común en la época en que vivimos y que tienen el sello de la globalización: son generales, universales, despersonalizados y deslocalizados.


Los maestros y los profesores piden pautas para tratar a sus alumnos y a los padres. También los padres piden pautas para tratar a sus hijos. ¿Qué tendrán las pautas para ser tan necesarias y estar tan buscadas? ¿Tan eficaces son?


Lo que queda claro es que se trata de un pedido que se dirige a otro. Es entonces una demanda, una demanda de orientación, presumiblemente como consecuencia de los cambios en la infancia i la adolescencia del SXXI. Unos cambios que también incluyen una transformación de los ideales, y que por lo tanto afectan a los propios adultos. Da la impresión de que la demanda de pautas es una expresión del desconcierto de los adultos, del no saber cómo tratar a los niños y adolescentes actuales.


Las pautas hacen de guía para los adultos. Dan indicaciones sobre cómo han de actuar y cómo han de tratar a niños y adolescentes. La pauta es un modelo o una norma. Tiene un carácter general, cualquiera la puede aplicar y es aplicable a cualquiera. Puesto de esta manera, parecería que todo depende del acierto de la pauta, de su corrección. Aparentemente, una buena pauta garantizaría unos buenos resultados. Pero a nadie se le escapa que las cosas no son tan simples, que la naturaleza humana y los vínculos que establecemos tienen sus complejidades.


Quien realiza una demanda lo hace porque hay algo que ignora, algo que no sabe ni qué ni cómo hacer. Implica una pregunta a la que no se ha encontrado respuesta aún. En alguien que tiene una responsabilidad, que tiene que desempeñar una función, este no saber se vuelve incómodo y no es fácil de soportar. Da la impresión de que tener una pauta resuelve la cuestión, de que ya se sabe qué hacer, de que ya se cuenta con un nivel de certeza que es mucho más llevadero, aunque no se resuelva la situación planteada. Pero hay otras maneras de atender a estas demandas de orientación de los adultos, más acordes con la complejidad y la diversidad de personas y de situaciones.


A diferencia del carácter prefabricado y mecánico de la pauta, estas otras formas de saber son más personales y particulares. Tienen como punto de partida aceptar y soportar ese no saber, temporalmente. Es un saber que se construye en el marco del vínculo adulto/niño o adolescente, que atiende a las circunstancias personales y particulares de la situación.


Ciertamente son procesos más elaborados, como es el caso de la construcción de un criterio propio, pero están más fundamentados y son más adaptables a las particularidades de cada caso. La formación de un criterio requiere que la persona, el adulto en este caso, se implique activamente. Requiere de un juicio o discernimiento, es decir, de poner en juego su facultad para distinguir a través de los sentidos y especialmente con el pensamiento.


En la creación del criterio la comprensión es un aspecto importante; cierta comprensión de lo que le pasa al otro y cierta comprensión de lo que le pasa a sí mismo. Son pasos que ponen al adulto en el camino para llegar a alguna conclusión. También intervienen la interpretación y la valoración que el adulto hace, una lectura que tendrá necesariamente aspectos subjetivos. Podrá ser más o menos acertada, pero es propia y tiene fundamento, por lo que es susceptible de ser modificada y readaptada.


Estos diferentes aspectos del proceso de formación de un criterio tienen en común que se producen en el contexto de un vínculo. Es a través de ese vínculo que se podrá ir construyendo un saber. Para saber hay que conocer. Es un conocimiento que se desprende del vínculo, de las emociones que están en juego, de las experiencias vividas, de la interacción personal.


Para sostener un criterio propio, personal, hay que estar dispuesto a defenderlo y a argumentarlo. La responsabilidad sobre el criterio y su aplicación recaen sobre quien lo defiende. Es decir que tener un criterio personal es una consecuencia de autorizarse a pensar por sí mismo, aunque se escuche y se atienda a otras personas y a otros saberes.


La pauta no ayuda a acabar de asumir la propia responsabilidad de la función, sea esta parental o educativa. No permite acabar de autorizarse a ejercer su responsabilidad y a pensar por sí mismo poniendo en juego su propio saber. Parece que la pauta también tiene una función defensiva y de protección frente al miedo a equivocarse. Seguramente que la avalancha de informaciones y de referencias múltiples, cambiantes y contradictorias de esta época acentúan estos miedos. Pero la equivocación forma parte del aprendizaje y de la adquisición de saber, siempre y tanto se trate de un saber propio. Si lo que falla es la pauta parece que la equivocación es de otro, y habrá que buscar una nueva pauta.


Es precisamente la complejidad de las personas y de los vínculos que establecemos -seguramente más aún en esta época en que vivimos- lo que hace muy comprensible que educadores y padres estén tan necesitados de orientaciones, de saber. Un saber que tiene que ver con la subjetividad propia y con la del otro, a diferencia de un conocimiento pretendidamente objetivo y claramente deshumanizante. Una necesidad de saber a la que la pauta más que satisfacer enmascara.


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