Un buen 'libro de verano'

Miquel Escudero

Libros

El regreso de Martin Guerre' trata de un caso real que sucedió en Francia, durante el siglo XVI. 


En verano, durante las vacaciones, mucha gente dispone del deseo de tener un libro que leer. Yo me permito proponer, a quien me quiera atender, 'La mujer de Martin Guerre' (Reino de Redonda) de la escritora norteamericana Janet Lewis. Es un libro corto, traducido magistralmente por Antonio Iriarte y escrito por su autora con un espléndido gusto y talento, cualidad que facilita una relectura siempre gozosa, en cualquier estación del año. “Los bosques amarilleaban, pero sus hojas aún ofrecían abundante sombra”.


Con esta novela, Janet Lewis inició una serie de tres libros bajo el título ‘Casos de pruebas circunstanciales’. Rubén Darío publicó en 1914 'El cuento de Martin Guerre', en un diario argentino. Y en 1982 Gerard Dépardieu interpretó al protagonista desaparecido, en la película 'El regreso de Martin Guerre'. Se trata de un caso real que sucedió en Francia, durante el siglo XVI. Un rico heredero campesino, casado y con un hijo, un día se fue y no volvió a casa hasta más de diez años después. En el ínterin, apareció un impostor, en todo igual al desaparecido y lo suplantó. Al cabo de un tiempo surgieron serias dudas sobre su identidad y se llegó a un largo y tortuoso proceso judicial, en el que intervino como espectador un joven magistrado: Michel de Montaigne. Hubo lo que se llama anagnórisis: reconocimiento de dos personajes a los que las circunstancias separaron, una prueba de identidad. En aquel entonces no había ‘huellas digitales’, fotografías ni la prueba del ADN.


Se debate aquí en torno a la verdad, algo que no se puede cambiar aunque se quiera, y cómo se puede llegar a preferir seguir engañados. Una gran ola de malentendidos y desgracias. ¿Qué sentía la mujer de Martin?: “Entonces Bertrande notó en su mejilla los labios barbados y sobre sus hombros el peso de las fuertes manos; sintió como un choque la masculinidad real del abrazo”. “La juventud y la belleza de Bertrande se aceleraron; junto con la conciencia de ambas, su deseo por su marido se hizo más profundo”. Temiendo estar atrapada de forma inexorable, sintió cómo la invadía el pánico; profundamente agitada y asustada. Nadie oyó sus palabras. Todos le cargaban la responsabilidad que ella no tenía, ni podía asumir. Tras el desenlace del juicio no quedó ulterior constancia de Bertrande, pero “cuando el odio y el amor juntos han consumido el alma, es raro que el cuerpo pueda perdurar mucho”. 

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