Mariano Aguirre: “Donald Trump es la consecuencia del declive de Estados Unidos”

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Mariano Aguirre se ha labrado un merecido prestigio como analista de política internacional. Dirigió el Centro de Investigación para la Paz y el departamento de Paz de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (FRIDE) y coordinó los programas de Paz y Seguridad de la Ford Foundation, en Nueva York. Máster en estudios de Paz y Conflictos del Trinity College de Dublin, es investigador del Norwegian Centre for Conflict Resolution, del que fue director entre 2009 y 2016.


Ahora, antes de desplazarse a Colombia para trabajar para Naciones Unidas en la implementación del proceso de paz, acaba de publicar “Un salto al vacío. Crisis y declive de Estados Unidos” (Icaria Antrazyt), donde analiza por qué Donald Trump ha llegado a la presidencia de los Estados Unidos y sus primeros pasos al frente de ese país.


¿Cuándo y porqué empieza la crisis y el declive de Estados Unidos?


La crisis a la que me refiero en el libro, vinculándola con un declive del poderío de los Estados Unidos, comienza a perfilarse a finales de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, tal y como señalan autores como el historiador Paul Kennedy.


Se vislumbra que Estados Unidos presenta una serie de fracturas internas, en sus infraestructuras, sistema educativo, económico, la cuestión racial, que muestran que si no cambia su rumbo puede entrar en una fase de crisis mucho más profunda.


Esta crisis interna va a tener también una manifestación más clara a partir de 2001 en el terreno internacional. Era un país que en las décadas pasadas era capaz de cambiar gobiernos, dar golpes de Estado, imponer sus criterios en organizaciones internacionales sin tener oposición en general, en grandes instituciones financieras como el Fondo Monetario o el Banco Mundial, en las relaciones con Europa y había salido líder y triunfante de la Guerra Fría.


Sin embargo, a partir de 2001, simbólicamente a partir del 11S, Estados Unidos pasa a operar en un mundo en que su capacidad para imponer criterios sobre otros por la fuerza, la diplomacia o presiones económicas se ve crecientemente disminuida. Además, se produce una crisis de legitimidad de Estados Unidos. Deja de ser un punto de referencia democrática, como modelo de valores, como era antes.


¿A qué o a quién hay que imputarlo?


Por una parte, porque el mundo cambia. Entre el fin de la Guerra Fría y principios de los años 2000, ascienden las llamadas potencias emergentes, Brasil, India, Sudáfrica, Turquía, Indonesia, Singapur… que pasan a ocupar un sitio económico importante y quieren una voz política internacional más fuerte.


Aunque hoy estos países emergentes se encuentran casi todos en crisis por políticas internas, tendencialmente han ganado un espacio que no van a dejar atrás. Luego están China, Rusia, que es un país con graves problemas internos pero con la voluntad de volver a ser un gran jugador internacional, y la Unión Europea que, aunque está pasando un periodo muy largo de crisis interna muy fuerte, es una gran potencia económica.


En este mundo, Estados Unidos pasa a ser un país más, muy fuerte, muy poderoso en el terreno militar, pero ese factor, que era muy importante para los estados en los siglos XIX y XX, es ahora un poder relativo.


Hoy, ni Estados Unidos ni ningún país tienen la capacidad de actuar en base a la idea de la guerra tradicional, invadir, hacerse cargo de Libia, Yemen, Irak, Siria, y gestionar esos países. La administración Bush fue la última que hizo una especie de esfuerzo por promocionar la democracia a base de invasiones. Pero falló en Afganistán e Irak. No la promocionó y hoy son dos países absolutamente desestructurados.


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Pero sigue siendo el país con mayor presupuesto militar…


Es el país con mayor gasto militar y con el ejército más fuerte del mundo, pero no le es operativo cuando tiene problemas comerciales o incluso de construcción del Estado. El mismo Obama admitió que el ataque de la OTAN a Libia, en el que Estados Unidos participó alentado por Gran Bretaña y Francia, había estado mal planificado. No se planificó el después de la caída de Gadafi y hoy Libia es un desastre.


Estados Unidos es todavía poderoso, muy poderoso militarmente, y con una crisis de legitimidad internacional y unas fracturas internas que, debido a factores como la pobreza, la desigualdad, la no solución de problemas raciales, el rechazo a las migraciones y otros temas, le llevan a una crisis interna muy fuerte.


Era la encarnación, el símbolo de la democracia. Hoy nos encontramos con países con líderes fuertes y gobiernos muy autoritarios donde no es que no existan ciudadanos y movimientos a favor de la democracia pero donde hay un consenso de apoyo a líderes autoritarios. Ese es un factor más que debilita la legitimidad de Estados Unidos.


¿Donald Trump es la consecuencia de ese declive?


Sí. Es una consecuencia de la crisis y el declive de Estados Unidos y también de la mezcla de espectáculo y política. Trump es un maestro del espectáculo, logró transformarse en político no siendo un político profesional, y llegar hasta la Casa Blanca.


Ha sido empresario de lucha libre, que mucha gente sigue en Estados Unidos, de concursos de belleza, ha tenido sus propios programas de televisión, se convirtió a sí mismo en una imagen que vende… Vende su marca, ropa con su nombre. Su hija y sus familiares están todos en negocios con la marca Trump.


Con gran habilidad, en plena crisis de Estados Unidos tocó las teclas de los sectores que se sienten marginados por los políticos. Especialmente hombres blancos y mujeres blancas, esposas, madres, hijas, hermanas de hombres blancos, que en los últimos veinte o treinta años se han quedado marginados y se sienten abandonados por el Partido Demócrata, que era el partido que generalmente representaba al obrero, al trabajador y parte de la clase media. Cuando los demócratas los abandonaron, se movieron hacia los republicanos, pero tampoco les respondieron.


Los votantes de Trump hablan de la élite de Washington y Nueva York. Se refieren al Partido Demócrata, gran parte del Partido Republicano, los grandes medios de comunicación tradicionales como el New York Times o el Washington Post, cadenas de televisión como la CNN, los intelectuales, los académicos, los movimientos sociales, las ONGs, los actores progresistas de Hollywood (como Meryl Streep)… Todo eso lo meten en ‘los liberales’.


El votante medio de Trump dice que le vota porque le habla de sus problemas, más allá de que su agenda es conservadora y no va a beneficiarle. Trump habla su lenguaje.


Lleva gobernando ya unos meses y esos votantes le siguen siendo fieles.


Es un voto ideológico. Tiene una estrategia muy bien armada. Tiene la capacidad de enviar un tweet diciendo una cosa y al cabo de cuatro días otra distinta. La sociedad norteamericana está, en general, desinformada y no muy politizada. Votan por un hombre que creen que les va a ayudar a que vuelva la industrialización a Estados Unidos, va a proteger a la familia, va a nombrar, como ha hecho, a un juez en la Corte Suprema que gire la orientación jurídica sobre el aborto (con ello obtuvo el voto del 90% de los evangélicos, sector muy fuerte en el país), va a protegerlos de los inmigrantes…


Ante estos temas ha propuesto soluciones sencillas. Les dice a las empresas que no se vayan a producir fuera; a las que desmantelaron sus fábricas y se fueron a Honduras, México o China les dice que tienen que volver y si no lo hacen tendrán que pagar un impuesto extra. Eso no va ocurrir porque las diferencias salariales entre construir un coche en China o Chicago son gigantescas. Las empresas se resistirán a pagar más impuestos. O los pagarán pero no volverán.


Luego está la robotización y la automatización del trabajo. En los primeros días de su gobierno consiguió que la empresa Carrier se quedara en Estados Unidos en lugar de irse a Méjico pero hace pocos días leí que esta empresa está instalando robots en lugar de integrar gente. Se quedan pero tampoco dan trabajo.


Critica la élite de Washington pero va de la mano de los más ricos y poderosos.


Básicamente responde a lo que normalmente llamamos ‘el gran capital’. No va a ir contra él. Cumplirá su promesa de construir más quilómetros de muro en Méjico de los que ya hay, creando la ficción de que los inmigrantes ya no podrán entrar. Pero la gente desesperada continuará entrando o intentándolo.


No ha logrado la contrareforma del sistema sanitario conocido como Obamacare. Hay el peligro de que si lo logra, incluso a pesar de la oposición de algunos senadores republicanos, dejará sin cobertura médica a 28 millones de personas en un plazo de 10 años. Es muy difícil que lo logre.


Tomará medidas fáciles muy inmediatas: Incrementar el control en las fronteras, no permitir que entren refugiados sirios o de seis países que han designado un poco casi al azar... Pero no podrá cumplir su propia agenda.


¿Se acabarán desanimando esos votantes algún día no muy lejano?


Es difícil saberlo. Tiene un tramo largo de apoyo. Pueden ser tres, cuatro, cinco años. Es muy difícil hacer una predicción porque la situación es muy volátil y depende de la capacidad que tengan los demócratas de organizarse. En este momento, están bastante divididos entre un sector más moderado, un sector más radical y unas bases que les están presionando para que adopten un programa que permita ofrecer una alternativa a ese hombre blanco obrero que se quedó marginado en los últimos 30 años y a sus hijos que no han conseguido subir en la escala social, más bien todo lo contrario.


Bernie Sanders representaba esa alternativa.


Probablemente hubiera sido una mejor opción que Hillary Clinton, pero la polarización social en Estados Unidos, con el votante de Trump cerrado en sí mismo, habría hecho que se resistiese también a los mensajes de Sanders. El modelo tradicional informativo que conocemos, con debates entre políticos que los medios reflejan y los ciudadanos lo leen, ven o escuchan está roto en Estados Unidos.


Hay cincuenta o sesenta millones de personas que no leen el New York Times o el Washington Post, no ven la CNN… Se nutren de la información propia, del boca a boca, de las redes sociales, de Twitter, de la Fox, de Braveheart News y una red inmensa de medios de la sociedad civil conservadora, con sus radios…


Han trazado una línea y han dicho: “Aquí estamos nosotros con el pueblo y allí están ellos, los liberales y la élite, con sus armas. El New York Times y el Washington Post no son medios de comunicación neutrales, son sus armas, son el enemigo. Producen noticias falsas, quieren engañarlos”.


Parece que eso le garantiza a Trump una cierta impunidad.


Una impunidad absoluta. The Economist ha publicado un artículo muy interesante, una investigación basada fundamentalmente en encuestas, que muestra que a los votantes de Trump todo lo que se debate en la prensa liberal -su relación con Rusia, la no declaración de impuestos, el conflicto de intereses con sus propios hoteles, meter miembros de su familia en el gabinete de gobierno…- no les interesa. Consideran que o es falso, algo que agitan los liberales para desprestigiar al presidente, o son medidas que necesita para tener las manos libres para cumplir sus promesas electorales.


Trump está creando en el sistema internacional una inmensa alarma sobre si se está llegando a una crisis profunda del orden liberal internacional que se edificó tras la segunda guerra mundial. Varios autores y analistas se preguntan si ese orden está llegando a su fin. Trump juega a todas las cartas, con Twitter, volviendo loco a todo el mundo. China también.


Cuando Trump retira a Estados Unidos del acuerdo de París sobre la crisis ambiental, China aparece y dice que es un gobierno responsable y que se queda. Pero es la misma China que apoya a Corea del Norte o hace acuerdos con todo tipo de gobiernos de África, Asia o América Latina, sin importarle nada la destrucción ambiental mientras obtengan beneficios en recursos energéticos o alimentarios.


Rusia también da ese tipo de mensajes contradictorios. Dice que hay que respetar el orden internacional y que todo tiene que pasar por Naciones Unidas en Siria, pero al mismo tiempo apoya abiertamente al gobierno de Bashar al Asad sin ningún reparo y debilitando las negociaciones de paz de Ginebra.


Es un momento de auge del autoritarismo político en algunos países, de auge de autoritarismo conservador en sociedades como Gran Bretaña, con el Brexit, Austria, Dinamarca, Holanda, Francia (ganó Macron pero Le Pen obtuvo muchos votos)…


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¿Qué es más posible que Trump caiga por un impeachment o que aparezcan Trumps por el resto del mundo?


No son contradictorias las dos opciones pero veo difícil que se dé por el momento un impeachment de Trump. Requiere un acuerdo entre los demócratas y los republicanos. Y los republicanos, aunque cada vez hay más que están muy preocupados por Trump, lo ven al mismo tiempo como una gran oportunidad para hacer lo que llaman ‘revolución conservadora’, aprovechando que tienen el control absoluto del Senado y la Cámara de Representantes.


Eso quiere decir la reducción de impuestos, desmontar la reforma de la salud de Obama, cambiar las leyes del aborto en todos los estados que puedan, limitar la inmigración… Tienen una agenda para hacer una gran transformación de los Estados Unidos que se superpone con la agenda de Trump y de asesores suyos como Steve Bannon, que está en la ultraderecha y que dice que hay que sentar las bases para una contrarrevolución que altere totalmente el orden liberal para los próximos 50 años.


En el caso de Richard Nixon no se llegó al impeachment. Los republicanos le convencieron de que tenía que renunciar. Ahora el Partido Republicano se ha radicalizado hacia la derecha mucho más que en los años setenta. Trump no es Nixon. Nixon era un egocéntrico pero Trump es un egocéntrico imprevisible. Para él, ser juzgado sería un gran fracaso personal. Antes de ser juzgado, probablemente renunciaría.

Pueden surgir otros líderes autoritarios en el mundo porque cada vez en el mundo hay más gente desprotegida, desamparada. Se ve en el fenómeno de las migraciones.


Cuando la gente se siente abandonada por el Estado, por los políticos, por todo, y aparecen líderes que les ofrecen seguridad, soluciones simples, grandeza, pueden apoyarlos.


La decisión de Trump de retirar el apoyo de Estados Unidos a los acuerdos de la cumbre del clima de París ¿pone en peligro la supervivencia del Planeta?


Estados Unidos y China son los dos países más contaminantes, con lo cual si uno se sale de un acuerdo como este tiene un impacto inmenso. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha estado siempre jugando el papel de buscar consensos a la baja en todos los acuerdos multilaterales. Era casi un obstáculo que estuviese dentro. Algunos gobiernos y analistas han dicho elegantemente que si Estados Unidos abandona el acuerdo de París dejaría las manos más libres a los demás para implementarlo.


Por otro lado, la salida del acuerdo de París no se puede llevar a cabo en 24 horas. Estados Unidos tiene que seguir estando dentro durante los próximos tres años. Puede no cumplirlo pero no se puede apartar totalmente. Eso ya nos planta en las siguientes elecciones presidenciales de Estados Unidos. Y no sabemos qué puede pasar entonces.


Además, muchos estados federales, municipios,… se han opuesto a Trump como ha hecho el gobernador de California y han dicho que van a seguir con el proyecto de energías alternativas contemplado en el acuerdo de París. Varios estados han seguido esta línea, igual como están haciendo con las medidas que intentan impedir la entrada de inmigrantes y refugiados. Esta actitud es poco visible para nosotros pero hay manifestaciones de movimientos sociales continuas por todo Estados Unidos en ese sentido. ¿


Ese hombre tiene el botón de la guerra nuclear a mano.


Trump no tiene experiencia política para manejar una situación de crisis como la que se está generando alrededor de Corea del Norte. Es un elemento peligroso y el líder de Corea del Norte, otro. Es una situación muy delicada. Trump está desmantelando prácticamente el departamento de Estado, le ha quitado parte del presupuesto, no está nombrando cargos, mucha gente se está yendo... Le falta diplomacia. Está rodeado de militares y ex-militares, de fanáticos como Steve Bannon, no tiene suficiente criterio para decidir y es un machista agresivo. El cóctel está servido para que, por lo menos, sea peligroso.


Los militares que le rodean, por halcones y agresivos que puedan ser, veo difícil que puedan meterse en una guerra que acabaría siendo básicamente con China. El escenario que algunos analistas están viendo es que Corea del Norte, en algún momento, presionada por Estados Unidos, decidiera lanzar un misil sobre Corea del Sur. Aunque Corea del Norte diga que puede enviar un misil a Estados Unidos no tiene todavía la tecnología suficiente para mandarlo cargado de armas nucleares y Estados Unidos sí que tiene la tecnología suficiente para derribarlo en vuelo.


El peligro mayor no es que impacte en Estados Unidos o Alaska sino que lo haga sobre Corea del Sur y este país o Japón pidan ayuda a Estados Unidos. Y Trump respondiese y hubiese una escalada con China detrás.


Por lo que se refiere a las guerras convencionales, no veo factible que haya grandes intervenciones militares de Estados Unidos.


Junto a esos dirigentes autoritarios que surgen por doquier, ha aparecido Jeremy Corbyn en Gran Bretaña. ¿Llegan los políticos progresistas que hace tanto tiempo que espera la izquierda?


No creo que surjan líderes a nivel internacional. Pueden surgir líderes locales, nacionales, como Corbyn o Bernie Sanders en Estados Unidos, que recojan la otra parte de la sociedad que también se siente abandonada por los políticos y que va del centro liberal hasta la izquierda. Esa gente también está buscando a quién votar en muchos países, incluyendo el caso de España.


El libro que acaba de publicar se titula “Salto al vacío”. ¿No hay nada al fondo? ¿Hasta dónde puede caer Estados Unidos?


Es como una locomotora que va avanzando y en lugar de parar y ver que las vías están deterioradas y que puede caer al vacío sigue hacia adelante. Como que es una locomotora muy potente, muy grande, puede cumplir dentro de Estados Unidos y fuera un papel muy destructivo. Es de esperar que la sociedad estadounidense, que es muy rica en movimientos sociales, jueces, medios periodísticos, algunos políticos, millones de ciudadanos, pueda parar esa locomotora y reconstruir el país.


Algunos autores plantean una posible fractura de Estados Unidos, una ruptura interna en 20, 30, 40 o 50 años, en clave de ciencia ficción. Plantear una crisis como imagina uno de los autores en forma de segunda gran guerra civil parece imposible pero las rupturas internas en Estados Unidos son muy profundas. Hay movimientos que hoy por hoy no van a tener ningún efecto pero que piden la secesión de California de Estados Unidos por la izquierda. Lo mismo pasaba en Texas por la derecha en la época Obama.


¿Cuándo sabremos como acaba este salto el vacío?


Estados Unidos es un país de una complejidad inmensa. Trump está acelerando procesos. Hay como dos paradas de autobús político en el futuro próximo. La primera, las elecciones para el Congreso dentro de un par de años. La segunda, las elecciones presidenciales. Son dos momentos claves.


Los republicanos están muy preocupados. Cuando sientan que Trump no les beneficia sino que les estropea sus planes, bajan en las encuestas y pueden perder el control del Congreso, quizás reaccionen en su contra y empiecen a decirle que se tiene que ir.

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