El bálsamo en la herida: la palabra

José Leal

Hablar escuchar

La palabra es la vida.


El tiempo entre nosotros está siendo muy seco. El otoño, que vive de las rentas, va acabando sus frutos y la tierra espera con avidez la llegada del agua. Si sigue la sequía nadie sabe si se podrá sembrar y arar la tierra. En estas condiciones es demasiado duro y, muy posiblemente, infructuoso. El sol va dando ya sus signos de cansancio y su calor se vuelve acariciante. Los árboles que son caducifolios empiezan a exhibir el amplio colorido de sus hojas y muestran orgullosos que hicieron su trabajo y que ahora les toca descansar en espera de una primavera que pueda ser fecunda. Pero falta la lluvia.


Si no tardara mucho podríamos aún salvar las aceitunas. Si no llueve la tierra quedará estéril, los pantanos seguirán enseñando los restos muertos en sus fondos y los colores pardos invadirán las tierras de promesa que son las sementeras. El agua es un don. Lo sabemos muy bien quienes hemos nacido en tierras de secano y supimos muy pronto de su escasez y de la vida que encierra y que transmite. No había agua en las casas salvo en los pozos y no era de beber. En los pozos comunes la gente se encontraba y dialogaba. Íbamos a la ermita, en primaveras secas, sacábamos los santos a pasear mientras llenos de fe implorábamos: "Danos, Señor, el rocío".


Me extrañaba pedir tan poco, solo rocío, cuando los mayores decían que sin lluvia abundante se perdería el campo. Solo pedíamos rocío, que es esa suerte de ternura acuosa que se posa en la tierra y en las plantas como gotas de cielo y de promesa. Unas veces llovía y otras no. Cuando sí era una celebración. Los niños salíamos a la calle, pisábamos los charcos y nuestras madres nos miraban felices y a la vez temerosas por miedo a resfriados. Los padres estaban en el campo aunque lloviera. Luego volvían a casa con la misma certidumbre que describe el poeta, entrando "tan seguro, tan llano/como el que barbechó en Enero y sabe/que la tierra no falla, y un buen día/se va tranquilo a recoger su grano" (Claudio Rodriguez. A las puertas de la ciudad). Cuando llovía esperábamos tranquilos el tiempo de cosechas y jugar en las eras.


Hay quien dice, científicos, que avanzan los desiertos. Y sin embargo el invierno pasado, las lluvias fueron generosas en el áspero desierto de Atacama. Y respondió la tierra floreciendo las plantas silenciosas con una generosidad y una hermosura como la de sus propios nombres: suspiros de campo, añañucas, lágrimas de la virgen, patas de guanaco, garras de león, coronillas de fraile, orejas de zorro, tabaco del diablo, etc, vestidas de colores fascinantes, morados, blancos, rojos, amarillos, violetas que convierten quebradas, lomas y serranía de roca y tierra en lugares verdes con una inmensidad de flores que han esperado años para mostrar que la vida siempre aguarda.


Cuando veo las flores abiertas en lo que era una inmensa sequedad me quedo fascinado y añoro ser creyente -de los de antes- para mostrar gratitud al hacedor de tanta maravilla, a aquel que tras su paso por los campos "vestidos los dejó de su hermosura" (San Juan de la Cruz). Es todo más sencillo, no hay un ser superior sino la lluvia quien hizo tal milagro. Fue el extraño fenómeno meteorológico llamado 'El Niño' que calentó durante años las agua del Pacífico -hermoso nombre para un océano- y fue evaporándose y creando las nubes que generosas se vierten sobre unas tierras que estaban añorantes. Así se produce esa vida, por el encuentro imprescindible entre los elementos necesarios para que continúe la vida que durante tanto tiempo permaneció callada. De aquello que florece unas son simples semillas, otras son bulbos, rizomas, tubérculos. "Cuando uno piensa en desierto, piensa en absoluta sequedad, pero hay un ecosistema que está latente y esperando para que ciertas condiciones se produzcan, como la caída de agua, altas temperaturas y humedad", explica un biólogo. Y dice: "Tienen estrategias de supervivencia".


Así es la vida, toda vida. A veces, un desierto. La palabra del otro es para el ser cuando está en su desierto, como el agua. La escucha es como agua. Y lo es el abrazo, la mirada, el gesto cercano. El beso es como el agua, el abrazo sentido, la risa compartida. A veces el ser es como un desierto. El otro, su presencia, es el agua que lo nutre.


Lucía luna llena una de las veces que estuve en el desierto. Cuando acabaron, muy entrada la noche, los sonidos del djembe y de la tama todo quedó en silencio. Pocas horas después subimos a la gran duna. La luna era infinita. Íbamos descalzos sobre la arena fría prontamente caliente cuando apenas hundíamos en ella nuestros pies con cuidado, como quien penetra en un secreto atemporal, eterno. Aguardamos. No hay nada más hermoso que ese sol lácteo como el niño que sale de su madre con sus ojos cerrados. Fascinados, vimos como crecía y esa blancura inmensa y tierna se iba tornasolando. A nuestro alrededor todo silencio y sombras que cambiaban. El desierto es silencio y aridez y sobriedad extrema en donde todo está medido en su tremenda desmesura. Pasado ese momento mágico en que el sol nace, que es de encuentro con uno, se hace insoportable vivir en el desierto. Estábamos los cuatro sentados y nuestro guía. Cada uno consigo mismo porque el desierto te requiere solo. Y sucedió el milagro. Él, el más pequeño, inesperadamente se levantó y como un cervatillo bajó por la ladera de la duna y con sus manos tiernas sobre la arena escribió con grandes letras "os quiero". Y todo se pobló de una ternura infinita que inundó de colores ese universo, al parecer, estéril.


La vida surge en cualquier momento. Cuando decimos yo, cuando decimos tú y nos miramos y miramos al otro emerge la vida que circula y que nos nutre. Ahí sobran los himnos y banderas. Para banderas las flores de Atacama, las de cualquier jardín a quienes mece el viento que sopla para todos sin distinción alguna. Los himnos, la soledad sonora, la música callada y el silencio. Las mejores estrellas son aquellas que lucen en ese azul hermoso que a todos nos cobija y que surcan las águilas que, libres, habitan en los riscos y quebradas de cualquier lugar.


Desiertos de La Luz, utopía del desierto, promesas del desierto, mil formas de decir que ese desierto que somos está lleno de vida y de colores y presto a florecer. Eso es dar trato; esos son tratos. Nosotros somos unas veces la lluvia y otras somos desierto.


El desierto es la ausencia de palabra de un otro que te nombre y que te abrigue frente al silencio terco que es vacío, ausencia y desencuentro.


La lluvia es la palabra.


Este otoño está siendo muy seco porque faltan palabras que nos unan y sobran improperios que nos dañan. Así hasta el infinito, en este a modo de desierto en el que sobra calor y falta el agua. "/El infinito es la sorpresa de los límites/El infinito es el dolor de la razón que asalta nuestro cuerpo/No existe el infinito, pero sí el instante:/abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;/en él un gesto se hace eterno/" (Ch. Maillard).


La lluvia es la palabra y el encuentro que la convierte en fértil.


"He aquí que el silencio fue integrado/por el total de la palabra humana,/y no hablar es morir entre los seres:/se hace lenguaje hasta la cabellera,/habla la boca sin mover los labios,/los ojos de repente son palabras......Yo tomo la palabra y la recorro/como si fuera sólo forma humana,/me embelesan sus líneas y navego en cada resonancia del idioma..." (Pablo Neruda).


Las palabras nos nutren, habitamos en ellas, nos habitan. La palabra es el otro y soy yo, somos nosotros.


"Nosaltres, ben mirat, no son més que paraules. El temps no és res més/que un gran bosc de paraules./I nosaltres som els pobladors d'aquest bosc//Però la nostra missió és parlar./Donar llum de paraules/a les coses inconcretes. Elevar-les a la llum amb els braços de l'expressió viva/perquè triomfem en elles" (M. Martí i Pol. Paraules al vent -1954).


Hemos de hablarnos porque es solo así que evitamos los actos que nos dañan. El acto es siempre una falla del lenguaje.


Somos seres muy prontamente heridos. La total complacencia primera de la cálida mirada de la madre da paso a la certeza de que vivir no es unir completudes sino apreciar carencias y mirar de paliarlas en el trato con otro. La herida son los otros y el límite que impone tener que andar pactando.


Somos seres de luz y de palabra. Nacemos a la luz que es la palabra y el conjunto de gestos que la adornan son los soportes necesarios que acompañan aquello que decimos y queremos.


La palabra nos hiere y nos libera y es por ello que estamos obligatoriamente obligados a construir y reconstruir con otros esa frágil arquitectura de palabras que somos cada uno.


La palabra es el prado y la quebrada; es despertar y es sueño.


La palabra nos libera del acto. Cuando quiero contarte que ayer llovió, que floreció el naranjo del jardín, que anidaron de nuevo los gorriones, que vuelvo de viaje no hace falta que te enseñe el billete, ni el nido, ni la flor, ni las gotas del agua. La palabra es acantilado y playa. Es prado y es montaña; es bálsamo y herida; es duda y es certeza; lo dicho y lo callado.


La palabra es la vida; la palabra es la vida.


La palabra no es porra ni brazo levantado, no es himno ni es bandera, no es grito ni es silencio. La palabra eres tú, la palabra soy yo que soy por ti, que soy porque tú eres, que eres porque yo soy, que somos porque somos palabras que nos han construido poco a poco, a través de los años, en un esfuerzo intenso de ser en compañía porque sabemos que no podemos ser sin otro.


El otro es nuestra herida y nuestro bálsamo. "Son ellos los que hacen brotar las aguas, el gozo y el sentido, y en los desiertos, llenos de soledad, se esparcen" (Antoni Marí - El desierto).


La palabra es construir, es construirse. La palabra es aquello que nos salva, aquello que nos salva.


"La palabra" (Ordet) del director danés C. T. Dreyer, es una de las películas que más me ha conmovido. Trata de la gran rivalidad de los líderes de dos comunidades religiosas de Dinamarca fuertemente enfrentadas.


Uno de ellos, Morten, tiene tres hijos. El mayor, Mikkel, casado con Inger con quien esperan su tercer hijo. Johannes se transforma profundamente y se aleja de la relación con los demás por efecto de las lecturas de Kierkegaard. Ander, el pequeño, se enamora de Anne, hija de Peter, el otro líder religioso enfrentado. Mientras ambos discuten violentamente Morten recibe una llamada. Inger ha muerto. Johannes irrumpe en el velatorio y proclama que Inger puede resucitar. Mikkel se lanza sobre él y le llama demente. 


Éste responde:

-¿Es demente querer salvar una vida?


La hija de Inger toma la mano de Johannes y le pide impaciente que resucite a su madre.

-Tío, date prisa.

-¿Crees que lo podré hacer?

-Sí, tío.

- Hágase como tú deseas.


Johannes alaba su inmaculada fe infantil y le pide a Dios que despierte a Inger de entre los muertos. Reza así:

-Dame la palabra, la palabra que pueda hacer que el muerto viva.


La niña mira al tío con una mirada que, envidiablemente, solo en esa edad se tiene. Y se produce el milagro.


"Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me invade cada día" (Octavio Paz)


Igual que cada dia vivimos porque "només vivint amb tot el risc y amb tota la incertessa, reconduim la vida". (M. Martí i Pol)

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