Viviendo dentro de un cuadro

Miquel Escudero

KennethClark


Para que cada uno de nos otros pueda hacerse con una personalidad necesitamos ejercitar la mirada y desarrollar criterios. Organizar el espacio desde una perspectiva, con la cooperación estrecha de nuestras distintas facultades.


Leo a Kenneth Clark, célebre historiador del arte fallecido en 1983, un libro que contiene textos de sus conferencias acerca del arte, en general: Momentos de visión (Elba). Clara Pastor, su editora, destaca que en el período en que Clark fue director del National Gallery de Londres, más de doce años, hizo transformar las colecciones, ordenarlas y clasificarlas, y adquirió obras notables que enriquecieron el fondo, logró además que éste quedara a buen recaudo durante la guerra y regresara intacto a las salas de su Galería.


Hay párrafos sin desperdicio, como éste: “¿Cuáles son las cualidades especiales que necesita poseer el historiador y crítico de arte? Para empezar, no sólo tiene que ser sensible a las obras de arte, sino ávido de saborearlas. Los críticos con acidez de estómago, aunque puedan gozar de cierto éxito, no pasan a la posteridad”. Clark propone el valor de aceptar sincera y humildemente los propios sentimientos. Se trata de no ocultar las afinidades que puedan unir nuestra existencia a la de los demás. 


Clark se fija en Van Gogh, como “el pintor del siglo XIX que vio los objetos ordinarios con mayor intensidad”. Se fija en Leonardo da Vinci, como el primer artista que en el sentido moderno fue científico por afición. Y señala que a pesar de que la ciencia haya absorbido numerosas funciones del arte y haya acaparado –dice- un gran número de artistas en potencia, “es evidente que no puede reemplazar al arte. Sus procesos intelectuales puede que se parezcan, pero sus objetivos son diferentes”. 


Clark ofrece una ley digna de reflexión: entiende que el arte y la sociedad tienen una relación sana entre sí cuando la mayoría de la gente cree que el arte le es vital para “reafirmar sus creencias, informarse sobre cuestiones de importancia duradera y hacer visible lo invisible”. Tras releerlo siento sin remedio pesimismo, todo dista de ese punto. Encuentro, sin embargo, algún consuelo con la propuesta de Bernard Berenson: “mirar una y otra vez hasta encontrarnos viviendo dentro del cuadro e identificarnos con el mismo por un breve instante”. Arte en pos de riqueza y libertad. 

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