​¿Literatura, para qué?

Miquel Escudero

Libros1

La literatura puede hacer más escéptico al lector frente a la realidad



Hace cuatro siglos, el cronista Antonio de Herrera escribió que “el fin de la historia es la utilidad pública”, “enseñar a vivir con la experiencia, maestra muda”. ¿Y la literatura, podríamos preguntarnos? Hace dos años, Mario Vargas Llosa dio un curso universitario en diálogo con sus estudiantes. Se acaba de publicar 'Conversación en Princeton con Rubén Gallo' (Taurus). Vargas Llosa destaca las enseñanzas de la buena literatura para mirar la realidad con una actitud crítica y captar su complejidad. Recoge la idea existencialista de que la literatura no es un placer gratuito, sino “un instrumento que arma al lector para entender la realidad, porque le abre una visión ética, una visión moral”.


Es cierto que la literatura genera placer y nos ofrece las inmensas posibilidades que tiene el lenguaje, pero también lo es que nos hace ser más escépticos frente a la realidad: “Nos induce a tratar de traspasar las apariencias para ver lo que hay detrás de un hecho social, de un hecho político, de un hecho personal”. Partiendo de sus propias novelas, el premio Nobel hispano peruano destaca que, a medida que se aproximan a los poderosos, muchos personajes hablan de un modo más enredado y menos coherente; un desbarajuste del vocabulario y de la frase.


Vargas Llosa dedicó tres años de su vida a la política y optó a la presidencia del Perú. Cuenta su propósito de no hacer promesas incumplibles y no engañar: “vamos a explicar exactamente las reformas que queremos hacer, y vamos a explicar el precio que tienen estas reformas para que la gente no se sienta engañada”. Escéptico, pero embridada su amargura, Mario Vargas Llosa reconoce que decir la verdad en política le hace a uno inmensamente vulnerable.


Si los adversarios atizan los prejuicios ideológicos, largamente cultivados y aceptados, para que el elector no caiga en la tentación de votar a 'los otros', se manipula y bloquea el pensamiento. Él dice que entonces a él y a los suyos, les refregaban día tras día “una verdad deformada en la cara”. 


Hay sociedades, sin duda, donde la opinión pública se deja menos engañar que otras, y la mentira no sale muy a cuenta; pero esto es cada vez más infrecuente. En muchos sitios la gente, incapacitada para el uso de la razón, sólo se aferra a unas emociones trabajadas a conciencia. Volvamos a la actitud crítica. Y por la cuenta que nos trae, volvamos a la buena literatura para mejorar la realidad.

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