¿Unión Europea de 98 estados...?

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Juncker será el primer candidato en intentar formar la mayoría necesaria para ser presidente de la Comisión Europea



Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea de la Unión Europea, se ha convertido en el nuevo villano continental para quienes apoyan la secesión de Catalunya de España. Sus declaraciones desfavorables a la independencia catalana se han basado en un argumento –ni único ni exclusivo—de carácter cuantitativo: la UE sería ingobernable con un amplio número de estados miembros. Ello sucedería si con la posible constitución de la República catalana se desatase una generalización de processos soberanistas de comunidades territoriales subestatales en el Viejo Continente.


Según Juncker, si ya es difícil el funcionamiento de la UE con 28 países (27 si se confirma la fecha del 29 de marzo de 2019, como fecha de la salida formal del Reino Unido), el gobierno comunitario “...sería imposible con 98 estados miembros”. Esta última cifra es la correspondiente al número de regiones listadas como NUTS-1, es decir de aquellas de primera nivel dentro de los estados según EUROSTAT, la agencia estadística europea. NUTS es el acrónimo de ‘Nomenclatura de las Unidades Territoriales Estadísticas’ (derivado de las siglas en francés de Nomenclature des Unités Territoriales Statistiques), y son demarcaciones territoriales utilizadas por la Unión Europea con fines estadísticos.


No crean los lectores que el número de 98 NUTS-1 responde a los potenciales estados miembros que podrían desgajarse de sus respectivos estados. En realidad, los NUTS-1 son agrupaciones de regiones, como así se clasifican a los 7 NUTS-1 españolas (Noroeste. Noreste, Comunidad de Madrid, Centro, Este, Sur y Canarias). Las 17 Comunidades Autónomas, más Ceuta y Melilla, son etiquetadas como NUTS-2. La cifra mencionada por Juncker, por tanto, bien podría incrementarse hipotéticamente hasta las 276 NUTS-2 que existen en la UE. ¿Se imaginan una Unión atomizada en tantas entidades territoriales, mucha de las cuales podrían aspirar a ejercer su derecho ‘soberano’ de veto a las decisiones comunitarias?


Es respecto a esta última cuestión donde deben enmarcarse la declaración del presidente de la Comisión Europea, considerada como ‘anti-catalana’ por algunos de los más fervientes partidarios de la independencia del Principado. Y, consecuencia de ello, el territorio heredero histórico de aquella Marca Hispánica carolingia europea, hasta podría plantearse su posible abandono de la UE. El propio ex presidente exiliado de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha planteado hace unos días la posibilidad de que los catalanes votasen en un futuro referéndum su continuidad –o no-- en la UE. Cabe interpretar tales declaraciones recientes del primer candidato de Junts per Catalunya en las próximas elecciones del 21 de diciembre como una reacción a los propios punto de vista de Juncker y de Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, ambos cabezas visibles institucionales de la UE y para quienes la eventual secesión de Catalunya de España podría provocar un ‘efecto demostración’ en otras comunidades subestatales europeas. En algunas de estas también existen poderosas fuerzas nacionalistas capaces de movilizar políticamente a amplios sectores ciudadanía, como así ha sucedido con el caso del independentismo catalán en estos años.


Escocia, Flandes, Córcega o el Véneto italiano (solo, o junto a otra zonas septentrionales), son ‘sospechosos habituales’ en los análisis académicos para aspirar a separarse políticamente y alcanzar la estatalidad. Al elenco hipotético de comunidades subestatales potencialmente secesionistas bien podría añadirse al País Vasco, Bretaña, País de Gales, Galicia, Baviera o hasta el archipiélago de Aland en Finlandia.


En realidad, los procesos de Europeización ascendente y de Europeización descendente han facilitado la propagación en Europa de un tipo de localismo cosmopolita, del cual Catalunya ha sido un ejemplo paradigmático en los últimos decenios. Tal enfoque y forma de ser se ha reflejado en ambos intereses societarios, aparentemente contrapuestos, por desarrollar un sentimiento de identidad y pertenencia próximo al ciudadano, y de participar activamente en el contexto global. Se habría perseguido, de tal manera, un ajuste y una conjunción entre lo cercano y lo lejano. Además, y como en Cataluña se ha evidenciado repetidamente, los ciudadanos se han mostrado dispuestos a integrar complementariamente sus identidades de pertenencia.


El enfoque del localismo cosmopolita se ha detectado en comunidades políticas de tipo medio que no son formalmente estados independientes (Catalunya o Escocia, como es bien sabido), aunque algunas de ellas son estados y comparten tamaños y trayectorias precedentes (República Checa, Eslovenia o Luxemburgo). También se ha manifestado en capitales macrocefálicas o áreas metropolitanas (Bruselas, Londres o Milán). Estas últimas, en particular, parecen seguir un patrón similar al desarrollado por comunidades políticas europeas históricas (ciudades-estado italianas, Liga Hanseática o principados centroeuropeos). Todas ellas, y en contraste con períodos históricos anteriores, tienen ahora un referente institucional común europeo en la UE. En especial, su objetivo por preservar el bienestar social como cemento de sus valores societarios legitima su contribución a propiciar en Europa una unión cada vez más estrecha e integrada.


No debe olvidarse que la mundialización conlleva una transferencia de autoridad y poder de los estados a los mercados. La presente globalización anglo-norteamericana bien lo sabe y actúa tratando de maximizar sus posiciones frente al Modelo Social Europeo. La índole de la competición y las pautas de conducta internacionales están crecientemente conformadas por las nuevas reglas del mercado global, ante las cuales sólo la acción proporcional y agrupada de los estados europeos en sus instituciones comunitarias puede ser eficaz. Ello exige sumar y no disgregar. Las iniciativas del localismo cosmopolita pueden optimizar en el contexto global la independencia e interdependencia de naciones como Catalunya sin el obsoleto reclamo a la constitución de un estado propio. Para el viaje de la autoafirmación no son necesarias las alforjas del autointerés disgregador. Reclamemos nuestra individualidad en el seno común de la madre Europa. Amén.

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