La responsabilidad de ser

Omar Linares Huertas

Kyle ellefson



¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Qué debería ser?... Son preguntas que resuenan en nuestras cabezas desde que empezamos a pensar con ellas. Nos gustaría encontrar un libro de instrucciones, un manual del usuario de nosotros mismos. Pero no lo hay, y es necesario que no lo haya. La pregunta por lo que somos puede ser una experiencia desoladora, aunque también muy enriquecedora.


¿Y si estuviera en nuestra mano ser nuestro mejor yo?


En tanto que seres humanos, hemos heredado multitud de herramientas evolutivas. Tenemos respuestas automáticas para situaciones de presión, de estrés o de miedo. Impulsos para orientarnos en entornos sociales, personales… Todo un sistema de adaptación al entorno que lleva mejorándose millones de años. Sin embargo, no hay en él ningún instrumento que nos ayude a responder a la pregunta por nuestra identidad. Ante eso, estamos necesariamente solos.


Si bien es cierto que en tiempos pasados la pertenencia a un Estado, la identificación con un credo o la participación en un grupo concreto bastaba para lograr que el individuo se sintiera integrado, reconocido por sus semejantes y satisfecho con su papel en el mundo, hoy parece no ser suficiente. Por mucho que buscamos, no encontramos un relato en el que ver nuestro reflejo. Tenemos creencias, afinidades y objetivos; pero ninguno de ellos nos dice quiénes somos. Y la búsqueda parece exasperarnos.


El problema está en que esperamos encontrar algo que no existe de antemano.


Queremos hallar nuestro ser, aquello que somos, pero lo buscamos en lugares que nada tienen que ver con nosotros, e inevitablemente acabamos frustrándonos. Si pensamos en ello, nos daremos cuenta de que al buscarnos fuera de nosotros, más que responder a la pregunta por la identidad, la estamos esquivando. Como seres humanos, carecemos de un ser previo. Somos, pero nuestro ser se deriva de nuestro hacer. En otras palabras: somos lo que hacemos de nosotros mismos.


Si estoy dotado de libre albedrío, si soy un individuo capaz de tomar sus propias decisiones, de orientar sus actos hacia fines establecidos de antemano, no tengo más remedio que reconocer que soy responsable de mi ser. En este sentido, puedo afirmar que soy el creador de mi ser. Como tal, soy capaz de esculpir mi identidad.


Somos capaces de lo mejor y de lo peor.


La historia de la humanidad al completo, la totalidad de los actos ya realizados nos muestran la amplitud de los diferentes tipos de acción. Fueron humanos quienes protagonizaron las acciones más crueles: también lo fueron aquellos que dieron su vida por hacer de este mundo un lugar mejor. Entre ambos polos se extiende una escala de grises en la que nos es posible situarnos. Serán nuestras acciones las que nos coloquen en ella, y nuestras decisiones las que las definan. Allá donde miremos, encontraremos la responsabilidad de ser, de hacernos a nosotros mismos.


Somos pro-yecto.


De forma inevitable vivimos un presente que nos lanza a un futuro incierto. Para nosotros, ese futuro es parte del presente, se cuela en él: definimos lo que es a partir de lo que creemos que será. Insertos en la vida, sabemos que fluimos con ella, y queremos llevarnos a buen puerto. Queremos llegar a ser nosotros mismos.


Basta de excusas. Es posible responder a la pregunta por nuestra identidad con nuestros actos. Está en nuestra mano dejar de eludir el peso de nuestra responsabilidad y emprender el viaje que nos lleva a lo que somos. Aquí, el único error posible es no intentarlo. El auténtico fracaso está en haberse conformado, en acomodarse en el rebaño, apagando el impulso que nos llama a actuar, a expresarnos. La auténtica derrota ocurre cuando decidimos dejar de escuchar la llamada de nuestro ser.


Empuñad la pregunta por lo que sois. Haced. Haceos. 

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