Entre un peso pluma y otro pesado

Miquel Escudero

Catalunyapress opiescud7set22
 

 

El escritor Juan José Flores es geólogo de formación. Sabe dar con geosinclinales, pero también con pliegues y capas escondidas de la vida humana. Esta vez reúne en una novela a un peso pesado de la literatura, Jorge Luis Borges, y a un peso pluma del boxeo de los años 30 del siglo XX, Josep Gironès. Sucede un encuentro fortuito de ellos en la Ciudad Condal, que Borges visita a propósito de su viaje a Madrid para recibir de los Reyes el premio Cervantes, del año 1980. Gironès, un boxeador retirado, le hace de chófer en esa circunstancia. Congenian y acaban grabando sus animadas conversaciones. Por ahí va la trama de El Combate interminable (Navona).

 

Hablemos del menos conocido Josep Gironès, llamado el crack de Gràcia (el barrio barcelonés), estaba en la categoría de pesos pluma (aproximadamente, entre 53 y 57 kilos de peso) y el 17 de febrero de 1935 pugnó por el título mundial en la Monumental. Tenía 31 años de edad y no lo pudo conquistar. Él y dos boxeadores amigos recibieron el simpático calificativo de los Tres mosqueteros de Gràcia. Los otros dos eran Francesc Ros, que con apenas 20 años de edad llegó a ser campeón de España en peso wélter (entre 63 y 66 kilos); murió en un campo concentración de Francia. Y Carles Flix, que con 22 años de edad llegó a campeón de Europa en los pesos gallos; era conocido como el bohemio o el matemático del ring, y al final de la Guerra Civil murió fusilado en el barcelonés Campo de la Bota.

 

Mi ignorancia sobre el mundo del boxeo es absoluta. Pero se me ocurre preguntar el porqué del nombre de wélter. En inglés, welter significa confusión, revoltijo, mescolanza. No lo entiendo. El peso gallo se denomina a lo que en inglés se dice bantamweight, peso de gallitos.

 

En todo caso, aquel tiempo pasado dotó de prestigio deportivo a la lucha a guantazo limpio entre hombres de peso similar. Hoy día, el boxeo anda de capa caída y yo no tengo ninguna nostalgia por ello. Se cuenta en estas páginas que, tras conocerle, Borges llegó a sentir un vivo interés por la trayectoria de Gironès, por cómo sentía su oficio de púgil y por el modo peculiar de rememorar sus vivencias, por cómo manejaba sus sentimientos. La añoranza que sentía por el cuadrilátero y por la gloria proyectada en él. Por qué releía antiguas crónicas de sus combates y se recreaba en imágenes captadas por máquinas de fotografiar, y ya abandonadas en el desván del olvido.

 

Josep Joan i Gironès, este era su nombre completo, llegó a ser escolta de Lluís Companys, presidente de la Generalitat; no sé si por la casualidad de un servicio del cuerpo de policía al que se adscribió o por una lealtad ideológica a prueba de bomba. Lo cierto es que otro individuo que se llamaba como Gironès, y que ejercía la tortura en las checas barcelonesas contra los denominados ‘de derechas’, suplantó la personalidad del boxeador de Gràcia; se apropió de su fama, pero no fue descubierto hasta treinta años después de acabada la guerra, gracias a la labor de un periodista. De poco sirvió. El mal que arrojan la calumnia y la injuria estaba hecho, el joven Gironès había debido refugiarse en México para salvar el pellejo. De haber caído en manos franquistas, su vida no habría valido nada y a buen seguro habría sido aniquilado por los airados dueños del país.

 

El pánico es siempre el peor enemigo en toda circunstancia y lugar. Flores recrea el modo de hacer de Gironès: Elegante, limpio y sin golpes bajos, alguien que sabía interpretar las peleas y no hace movimientos innecesarios en el ring. Pero que también sabe continuar como un autómata en las horas bajas, como son las de besar la lona. ¿Qué hacer con la caída? "La cosa no es saber perder, sino saber caer". "Ahí abajo se pensaba más despacio, el tiempo transcurría de otro modo, aunque uno no se diese cuenta, aunque no lo pareciera".

 

Antes de cada combate, Gironès tomaba la yema de un huevo crudo mezclada con champán. Era un talismán para él. Por otro lado, a título de curiosidad, parece que los perros le producían un miedo atávico.

 

En una red intrincada de espejos personales, el boxeador aquí recreado por Juanjo Flores, sentía que su vida había sido “una sucesión de decisiones equivocadas, tomadas siempre porque cada una era el mal menor o una huida hacia adelante”. Sin embargo, su estela produjo a quien le conoció de cerca un eco susurrante que le acompañaba al revivir lo ocurrido en el patio de una escuela o acaso aquello con lo que se había soñado una vez: protección y seguridad.

 

Al fondo de las escenas, el magno Borges contempla todo y siempre distante desde su simpar aleph.

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