¿Quién sabe de Pauline García?

Miquel Escudero

Son innumerables las cosas que no sabemos y que, llegado el caso, nos gustaría conocer. Yo me preguntaría, en especial, por qué no somos capaces de imaginarnos algunas realidades. ¿Por qué? Porque rompen nuestro esquema mental y nos parecen imposibles, a menudo no se permite discrepar de lo que ‘todo el mundo’ entiende que es así.

 

Imaginemos a una mujer, hija de cantantes profesionales españoles, nacida hace 101 años en París, que fuera soprano y compositora; autora de cientos de piezas. Chopin consideraba que su voz era perfecta para el sonido de piano que él quería recrear, y además alabó sus canciones españolas; por su parte, Clara Schumann ensalzó sus operetas. A través de ella, Georges Bizet (el célebre autor de Carmen, ópera de culto del exotismo de la España andaluza; un apoteósico éxito europeo que el canciller alemán Bismarck llegó a ver hasta 27 veces) conoció la música española, en especial las habaneras, que ella incluía en su repertorio. Cabe señalar de pasada que el compositor vasco Sebastián Iradier popularizó el género de las habaneras con La Paloma (1860).

Ella debutó en el teatro Bolshói de San Petersburgo, como gran soprano en la ópera El barbero de Sevilla, de Rossini; fue el 3 de noviembre de 1843. Alumna de Liszt, recibió sentidos elogios de Dickens, Berlioz, Chaikovski, Camille Saint-Saëns o César Franck. Tres años mayor que ella, el escritor ruso Iván Turguénev quedó prendado de ella hasta el fin de sus días.

 

Me estoy refiriendo a Pauline García, a quien siempre se conoció por el apellido de su marido Louis Viardot; un hispanista francés con quien se casó en 1840, que fue director del Théâtre Italien y elegido miembro de número de la Real Academia Española. Así pues, Pauline García Briones sería para siempre Pauline Viardot. En torno a ella, en particular, se organizó el muy influyente Círculo Viardot.

 

El historiador británico Orlando Figes, nacionalizado alemán después del Brexit, es conocedor de los placeres tranquilos de la erudición y ha abordado en Los europeos (Taurus) el nacimiento de la cultura cosmopolita en torno a ese Círculo (distinguido por la labor de los Viardot y de Turguénev). Cómo difundieron, por ejemplo, en toda Europa la música rusa y el valor de Los Cinco, los compositores rusos reunidos en San Petersburgo (1856-1870), de estilo orientalista: Rimski-Kórsakov, Músorgski, Borodin, Cui, reunidos por Balákirev. Una prueba de la fecunda interacción de distintas culturas cuando no se recela del origen de los recursos que se aprovecha, o acaso se quiere ocultar.

 

Tras destacar las modificaciones en el mercado de la cultura que trajo la extensión de las locomotoras de vapor, Figes refiere que, en el siglo XIX -edad de oro de galerías y museos públicos-, los nacionalismos “se apoyaron en unas tradiciones inventadas, en la fuerza unificadora de los mitos nacionales y en la creencia popular de la existencia de unas tradiciones culturales antiguas (auténticas), las cuales, en realidad, eran en su mayoría de reciente creación”.

Turguénev, autor de los Relatos de un cazador (publicado el mismo año que La Cabaña del tío Tom, 1852, sufrió arresto domiciliario por ese libro que reflejaba su compromiso liberal con los siervos de la gleba), emplearía su influencia para que se pudiera leer en alemán a Dostoyevski y a Tolstoi, entre otros autores rusos.

 

Orlando Figes destaca que Bélgica y Estados Unidos protegieron a sus editores piratas y fueron los mayores estados pirata, al anteponer “los intereses de los impresores locales a los de los escritores y editores extranjeros”. A todo esto, Richard Wagner escribió en su diario, en 1865, que nadie era más alemán que él: “soy el espíritu alemán”. Que fuera un brillante compositor no le protegía de su cerrazón mental.

 

También los británicos creían firmemente que eran superiores al resto de europeos, y de todos los extranjeros en general. Desde un narcisismo hueco creían ser la envidia del mundo. No obstante, era un lugar común en Europa que los ingleses no estaban muy capacitados para la música y las artes, quizá por ello se interpretaba en las Islas Británicas más música extranjera que en ningún otro país europeo.

 

A todo esto, Julio Verne sería el autor más traducido del siglo XIX, en especial con La vuelta al mundo en 80 días (1873), que veinticinco años después se podía leer en 57 idiomas distintos.

 

Asombra con un pesar irremediable que, pocos años después se desataran, entre otras calamidades, dos demenciales y desgarradoras guerras mundiales. Pienso en el valor del cosmopolitismo liberal que abanderó el Círculo Viardot, encabezado por una mujer de origen español: Pauline García. No fue suficiente para frenar las brutalidades nacionalistas, pero dejaron semillas de progreso y de interconexión.

Sin comentarios

Escribe tu comentario




He leído y acepto la política de privacidad

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.



Más autores

Opinadores
Leer edición en: CATALÀ | ENGLISH