Las áncoras masónicas

Miquel Escudero

Catalunyapress masons

 

Entre los años 1638 y 1651, las guerras civiles en las Islas Británicas se cobraron centenares de miles de vidas. En 1665, una epidemia de peste bubónica diezmó la población de Londres, hasta el punto de que no menos de la sexta parte falleció. Al año siguiente, se produjo un incendio en Londres de colosales proporciones que duró varios días. No obstante, la mortalidad humana fue escasa. Miles de personas debieron abandonar la capital y la mayoría de los londinenses vio sus casas hechas cenizas; no se aplicó la técnica de cortafuegos mediante la demolición de edificios hasta que se desató una tormenta ígnea con la ayuda del viento. Al caos engendrado se añadió la idea de que el incendio había sido intencionado y producido por franceses y neerlandeses, lo que llevó a una violencia callejera con linchamientos.

 

El gran arquitecto inglés Christopher Wren tendría entonces unos 34 años y fue encargado de reconstruir la ciudad quemada, una obra que duró casi medio siglo y en la que sigue destacando la catedral de San Pablo. Wren perteneció a la vieja masonería. Entre 1717 y 1723, y potenciada por los Whig (llamados laboristas muchos años después), se desarrolló una utopía masónica basada en el texto ‘Las constituciones de los francmasones’. Se gestó en el bullicio de las tabernas, con la sed de vino y cerveza. Surgieron así sociedades secretas y filantrópicas, cerradas a las mujeres y a los esclavos. De este modo, en el siglo XVIII Prince Hall fundó una masonería particular para afroamericanos que, con los años, llegaría a tener un estrecho vínculo con las asociaciones por los derechos civiles. 

 

Hacia 1725, el fenómeno masónico se extendió a Francia. En una historia global del poder de los masones escrita por John Dickie, La orden (Debate), se destaca el componente esnob que llevó a que la mayoría de aristócratas franceses perteneciesen a la masonería. Se destaca, en cambio, que sólo 19 de los 272 colaboradores de la Encyclopédie fueran masones. Las logias masónicas tuvieron especial importancia en la independencia de los Estados Unidos; al activar una tolerancia religiosa integradora en el mosaico religioso de las colonias británicas. En un contexto muy diferente, la labor de las logias fue decisiva para las sucesivas secesiones en Hispanoamérica. Los masones han sido acusados de querer hacerse con el control del mundo.

 

Curiosamente, y a diferencia de la posición generalizada de los países comunistas, Fidel Castro amparó la masonería; lo que se atribuye a la condición de masón de José Martí, líder independentista cubano.

 

Los norteamericanos se acostumbraron enseguida a tener presidentes masones. Ya el primero, George Washington, juró su cargo en abril de 1789, con ritos masónicos y con una biblia prestada por la logia más antigua de Nueva York. La presencia de los masones en la vida pública de Estados Unidos llegó a ser casi omnipotente. Se explica el caso de Condados con un 5% de masones que ocupaban el 60% de los cargos públicos. En el período 1865-1900 llegó a haber hasta 235 hermandades, que alcanzaron los 6 millones de miembros. Entre 1945 y 1960, dos de cada tres masones del mundo eran estadounidenses.

 

La masonería, sin embargo, no comenzó a ser investigada hasta 1826, tras el secuestro y desaparición de William Morgan, un mampostero masón contrariado que quiso vengarse y anunció un libro de denuncia. Su caso no se resolvió nunca y llegaron a surgir potentes grupos antimasones. En aquellos años, Joseph Smith fundó la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días, los mormones, partidarios de un estado teocrático y de la poligamia.

 

Los masones –señala Dickie- eran ciudadanos de ninguna parte y súbditos de nadie. Pero algunos destacados masones afirmaban tener sus obligaciones con el hombre blanco, “no con el negro”. Mediado el siglo XIX, surgió un movimiento político denominado Know Nothing (‘No sé nada’, decían sus miembros al ser preguntados por su militancia política): reclamaban ‘América para los americanos’ y tenían severos prejuicios contra los católicos, a quienes querían excluir del mundo de la enseñanza.

 

La formación de la mafia y los sindicatos del crimen en Italia se incubó antes de alcanzar la península itálica su unidad, y en medio de la descomposición social que originaron las fuerzas napoleónicas. En Alemania, una logia prusiana incluyó en 1924 la esvástica en su insignia; sus posteriores concesiones al nazismo de nada les sirvió. A Carl von Ossietzky, un masón de izquierda pacifista, se le concedió en 1936 el premio Nobel de la Paz en un campo de concentración y nunca lo pudo recoger. Y en el franquismo, obsesionado con la masonería, destacó la inquina demencial del clérigo Juan Tusquets Terrrats en el Tribunal Especial para la Represión de la masonería y el comunismo.

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