El ascendiente en la literatura

Miquel Escudero

Francisco Rico, director de la colección Biblioteca Clásica de la RAE
Francisco Rico 

Para un profano, no es fácil ni acaso posible leer, lo que se dice leer, un libro saturado de erudición especializada. Pero en ocasiones, esa tarea áspera e ingrata permite captar o atisbar el método que sigue el autor al razonar y extraer conclusiones. Son los vasos comunicantes que permiten salvar desniveles y canalizar saberes nada desechables. Con esta idea me he acercado a El primer siglo de la literatura española (Taurus), del académico Francisco Rico, un investigador excepcional en filología e historia de la literatura medieval; toda su vida habituado a indagar con prudencia y tino en diversos géneros para comprender las raíces de la literatura española, unida desde el principio a otras culturas, en un sustrato común.

 

El profesor Rico transmite su convicción de que la literatura no se limita a las polillas y a los ratones de bibliotecas. Y no viene definida por la suma de unos textos, sino por las coordenadas de una tradición y de una sociedad que la articulan y le permiten innovaciones, no siempre inteligentes. Cuando, de pronto, una tradición se ve proscrita e interrumpida en muchos de sus aspectos, se produce un brusco olvido de la literatura del pasado. Entiendo que es algo que hoy sucede entre nosotros.

 

Nuestro sabio académico insiste con lucidez y perspicacia en la conveniencia de “mostrar la inagotable complejidad de los hechos históricos y a la vez la posibilidad de establecer la interdependencia significativa de los principales elementos que en ellos es preciso identificar”. Y en la necesidad de “situar los textos de otros tiempos en las concretas circunstancias de su ejecución, sin desdeñar ni siquiera los factores en apariencia más externos”.

 

A estos dos párrafos quiero agregar este tercero:

 

“La historicidad no es un hecho objetivo, sino que consiste en el significado que una noticia asume para quien la difunde y quien la recibe. Para ser veraz, no hace falta decir la verdad, sino quererla”.

 

Hasta finales del siglo XVI, el género del villancico, básicamente oral, cobijaba variedades líricas caracterizadas por la fluctuación y el anisosilabismo (subrayaré que el prefijo griego aniso- significa desigual); “y cada una de sus manifestaciones –y en ello radica en buena parte la clave de su carácter popular- está siempre abierta al despliegue, a la concentración o al trueque métricos”.

 

Gonzalo de Berceo, el gran poeta medieval del siglo XIII, se queda en un amasijo de curiosidades sin sustancia al ser analizado según las etiquetas de una retórica de hoy. “Cuando descubrimos que sus recursos literarios no son meras intuiciones de gran creador –como obviamente lo es-, sino que responden a la instigación de la escuela, las modas intelectuales, las lecturas bien discriminadas, entonces sus ‘dictados’ se hacen más vivos, porque lo vemos en acción, operando en la trama de la historia”. Ahí veo el nervio del mensaje con el que, tal vez ilusamente, quiero conectar para obtener mi mejor orientación lectora. 

 

Asimismo, cuenta Francisco Rico que el infanzón (“hidalgo que en sus heredamientos tenía potestad y señorío limitados”, en definición de la Real Academia Española) Ruy Díaz de Vivar resultaba fascinante por lo mucho que se parecía a los espectadores: “pintarlo igual que ellos en los momentos bajos, en la adversidad, en la vida menuda, significaba incitarlos a identificarse con él en las horas de triunfo y esplendor”.

 

Rico afirma que el aprendizaje de los españoles en la literatura se hizo en francés y en provenzal. Y que está fuera de duda que “el Cid está repleto de maneras lingüísticas y de procedimientos expresivos propios de la épica francesa”. La literatura forma parte del sistema mismo de la realidad, con préstamos e intercambios de patrones.

 

Un fenómeno notorio en la literatura medieval, con el recurso al provenzal para el verso, efectuado por los súbditos de Alfonso II el Casto (asturiano que vivió en los siglos VIII y IX) o del castellano para la prosa, según el modelo de Alfonso el Sabio (toledano que vivió en el siglo XIII y cuya madre era alemana).

 

Ahora bien, en los dominios de Alfonso VII (rey de León en el siglo XII) “la convivencia entre gentes de ambos lados de los Pirineos era un hecho tan prominente y habitual que llegó a influir en la misma fonética del castellano”, el caso de Toledo es proverbial. ¿Por qué la lírica escrita en gallego alcanzó en esa época un carácter ampliamente panhispánico, y fue cultivada durante tanto tiempo por trovadores de muy distinta procedencia, por qué fue acogida como propia en toda la Península? El académico contesta: porque la lengua poética del Emperador era gallega. Y tenía ascendiente, esto es, prestigio. Alfonso VII fue coronado Emperador de toda España el año 1135 y homenajeado por su cuñado Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona.

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