​Camus, una literatura que espera

Miquel Escudero

Albert camus


Albert Camus ganó el Nobel de literatura de 1957 con sólo 44 años de edad. Tres años después murió por un accidente de coche. Había nacido en Argelia, huérfano de padre desde los 8 meses, su madre, menorquina, lo sacó adelante trabajando como empleada del hogar. Cuando Camus leyó su discurso de Estocolmo, mencionó a Louis Germain, maestro suyo que desde los cinco años siempre lo quiso y ayudó. Para Albert Camus una literatura desesperada es una contradicción en los términos. “El pesimismo de Camus –ha escrito Mario Vargas Llosa- no es derrotista; por el contrario, entraña un llamado a la acción, o, más precisamente, a la rebeldía”. Así propuso ver los verdaderos rostros de quienes nos rodean y escribió en ‘Noces’, uno de sus primeros escritos, que “tenía en el corazón una alegría extraña, la que nace de una conciencia tranquila”.


Hablemos ahora de ‘L’étranger’, su primera novela, publicada en 1942. Señalemos que dos años después estrenó ‘Le malentendu’, una obra de teatro en la que se dice que “no se puede ser siempre un extranjero”. Ahora bien, el extranjero de la novela lo es por su indiferencia radical hacia la realidad de los seres humanos. El insensible protagonista, Mersault, vive en Argelia (por la que Camus sentía verdadero cariño) y explica en primera persona un crimen efectuado al tuntún: “sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz. Entonces disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que se hundían las balas sin que lo pareciese. Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia”.


Ya en prisión, pasaba todo el día en una náusea perpetua. Este joven que había desechado siempre la costumbre de reflexionar, recurre a su memoria para no aburrirse, así emergen numerosos aspectos desconocidos y olvidados. Su caso provocó entre el tribunal una profunda aversión, por su forma de hacer más que por el crimen en sí. “Por vez primera, al cabo de muchos años, sentí un deseo estúpido de llorar, porque comprendí hasta qué punto toda aquella gente me detestaba”. Un drama personal que acabaría en la guillotina, con su propósito de revivir todo. Ya ‘purgado del mal’, reconocía “la tierna indiferencia del mundo”, por la cual lo encuentra semejante a él.

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