​Mímesis y resiliencia

Miquel Escudero

Resiliencia



La resiliencia, concepto propio de resistencia de materiales, es una idea que ha quedado instalada y popularizada en el vocabulario de la psicología gracias al neurólogo francés Boris Cyrulnik

(hebreo y niño superviviente de un campo de exterminio nazi). Éste acaba de publicar el libro

Psicoterapia de Dios (Gedisa), donde plantea cómo se teje entre los hombres el apego a Dios. La religiosidad depende de la estructura del entorno, pero permite “revalorizar la autoestima, controlar la adversidad, aportar algunas certezas para organizar la conducta y atribuir un sentido al destino que nos abruma”.



Importa sobreponerse a los dolores emocionales y reactivar el recuerdo de momentos felices, vividos en un entorno acogedor. Se puede decir que soy amable porque fui amado y me desarrollé en un nicho sensorial cálido que me permite sentirme bajo la mirada amorosa de otro y, por consiguiente, vivir en un mundo de palabras donde se respetan los códigos. La religiosidad es para el laico Cyrulnik un fenómeno que proporciona el acceso a una representación del mundo invisible. “Para aceptar la alteridad hay que pensar en uno mismo como en otro cualquiera, hay que sentirse fuerte y personalizado para soportar una diferencia”. Pero si no nos atrevernos a descubrir otros mundos, “estereotipamos nuestros pensamientos, que se vuelven eslóganes”. Cuando uno se pone en el lugar del Otro, ya no nos lo podemos permitir todo. Sin embargo, a menudo esto no es así en los ámbitos religiosos, cuando se ataca a los infieles que estropean nuestra felicidad por discrepar de nuestras creencias. Y se rechaza tanto la alegría como el humor; dos cosas distintas. Para Cyrulnik, la alegría religiosa es compartir la felicidad, mientras que el humor es una protección contra la infelicidad. Al compás del pensador René Girard, el padre de la resiliencia aborda el deseo mimético: “Cuando un niño ve un gesto hecho por alguien amado se prepara sin ser consciente de ello para hacer el mismo gesto, y el pie de su frontal ascendente consume energía en la misma zona que quien hace realmente el gesto. El pequeño no puede no imitar el gesto de las figuras de apego con las que teje un vínculo afectivo. El niño que ve a un compañero golpear con las manos se pone a hacer lo mismo enseguida”. Una llamada a la conciencia de la repercusión de cada uno de nuestros gestos. 

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