​Pobres criaturas

Pilar Gómez
Psicóloga clínica y psicoanalista

Infantil


"¡¡La mamá!! ¡¡La mamá!! ¡¡¡LA MAMÁ!!!"


Una niña pequeñita, alrededor de los dos años, gritaba desaforada. Su padre: "¿No quieres venir con nosotros? Pues nos vamos". Le dió la espalda y empezó a alejarse enfilando hacia una callejuela cercana; llevaba de la mano a un niño un poco mayor, quizá de cuatro, que avanzaba renuente con la cabeza vuelta hacia atrás. Los dos críos habían estado jugando subidos a un pedestal de una baranda y el chaval había bajado de un salto cuando su papá dijo que se iban. La niña, demasiado pequeña para salvar el obstáculo como su hermano, se negó a ir con su padre y empezó a gritar que quería a su mamá, mamá que no se avizoraba al norte, ni al sur, ni al este ni al oeste de la plaza. Cuando el padre se giró como para irse los gritos viraron a llanto y fueron subiendo en un crescendo enrabietado que llenó el lugar.


En un momento el padre detuvo su marcha, se volvió hacia ella y le preguntó -otra vez- si no querría ir con él, los gritos arreciaron, se dejó caer, desesperada, el padre pareció desesperado también y yo me fui siguiendo mi camino.


Le hubiera dicho que no le preguntara más, que ordenara -tomando el mando y poniendo orden en aquel caos- que la levantara agarrándola con firmeza y suavidad, la abrazara estrechamente y le dijera que no. Que se iba con él, que se iban los tres, mamá no estaba aquí y que iban a verla enseguida, dentro de un rato, por la tarde o cuando fuera. Que la mantuviera abrazada, meciéndola un poquito, achuchándola, sin darle ni pedirle explicaciones y que le diera tiempo a recomponerse, a encontrar el consuelo y la calma, o a la inversa, quién sabrá qué va primero.


Después le hubiera explicado -parece mentira que haya que explicar algo así- que una niña de dos años, al igual que no ha adquirido aún la destreza física para salir por sí misma de las alturas, no tiene criterio tampoco para tomar una decisión como ésa, que no puede tenerlo porque no tiene ni la capacidad intelectual ni el conocimiento del mundo necesarios para tomarla. Y que esto no la disminuye ni la perjudica en modo alguno.


Sí que la perjudica, en cambio, atribuirle la capacidad de tomar una decisión cuyo alcance no puede comprender y además hacerle pagar las consecuencias por ello -qué susto, qué desesperación, quedarse anclada ahí, sin poder salir, mientras papá se va con su hermano y la dejan sola, diminuta en la plaza que le parece enorme…- lo que sucede entonces es que la niña se desorganiza, retrocede en sus adquisiciones y explota en una rabieta que les dejará a todos agotados.


Hay un momento en la evolución de cada niña y de cada niño en el que las rabietas son una expresión común frente a alguna frustración. Sabemos que las frustraciones forman parte de la vida y que pueden darse en cualquier ámbito, el sujeto se topa con una imposibilidad que le confronta con su pequeñez: una negativa enunciada, una tarea que no alcanza a realizar correctamente… y no conviene ni asustarse ni enfadarse ante una rabieta porque al hacerlo contribuiremos a que la criatura se asuste y se enfade de modo especular. Aunque hay personas adultas propensas a expresar su frustración haciendo rabietas, lo más común al ir creciendo es también ir madurando de modo que se encontrarán otras vías para manejarse con las inevitables frustraciones que deparará el futuro. El caso es que hay rabietas que, quizá, podrían no haberse producido.


¿Qué habría pasado si en lugar de “¿No quieres venir con nosotros? Pues nos vamos” lo que se hubiera formulado hubiera sido “ No puede ser lo que quieres, nos vamos”? ¿Qué habría pasado si en aquel instante la hubiera agarrado con firmeza y suavidad y le hubiera explicado que verían a mamá enseguida, o dentro de un rato, o…?


Lo que relato es una escena común que cualquiera habrá visto en mil versiones parecidas y es un producto neto del lugar que va ocupando la infancia en nuestra cultura, probablemente coherente con la infantilización creciente de la ciudadanía adulta.


La ignorancia de lo que caracteriza lo infantil se expande como mancha de aceite y promueve, por ejemplo, que esas mismas criaturas a las que se trata según el principio "sus deseos son órdenes para mí" haciéndolas cargar así con decisiones imposibles sean -cada vez más- excluidas de lugares sociales como hoteles o restaurantes - reservados a adultos- porque resultan insoportables en su falta de modos.


Educar requiere la presencia y la palabra de los adultos y requiere también coherencia entre una y otra. Pensar -o más bien creer- que los niños y niñas aprenden "naturalmente" es como creer que la educación viene grabada en el código genético de cada cual, si eso fuera cierto no se producirían escenas como la relatada, ni habría necesidad de excluirlos de ámbito alguno porque sabrían comportarse adecuadamente en sociedad, lo que todo el mundo sabe que no se cumple.


Bien mirado no es raro lo que sucede puesto que es coherente con la preferencia, también creciente en nuestra cultura, por anteponer las creencias de cada cual a los saberes compartidos. Un peligro. 

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