Una ciudadanía inclusiva

José Leal

Gente caminando


Los dos llegamos de lugares distintos. Nos conocemos de hace muchos años. Nos queremos mucho aunque nos vemos poco. Juntos hemos compartido preocupaciones e ilusiones, esas cosas que la vida nos va poniendo por delante: trabajo, vida familiar, ilusiones, crecimiento de los hijos y tantas cosas más. La amistad es casi siempre saber que está ahí el otro porque está dentro, que muchos días te acuerdas, que vas a llamarle pero te distraes, lo piensas otro día, decides y hablas como si fuera ayer que nos vimos. Esta vez llamó ella. Me dio mucha alegría. Me contó, le conté. Se de su posición ante las cosas que vienen sucediendo y su fuerte compromiso con un proceso que vive apasionante. Nunca lo hemos hablado detenidamente aunque en todo momento me ha contado su afán. Yo la comprendo. Nunca me preguntó que pienso porque para ninguno de los dos es un problema lo que pensamos . Coincide su llamada con las fechas anteriores a la Diada. Ella tiene compromisos con el país para esos días y yo tengo un viaje aprovechando que hay un magnífico puente. Le digo. Su respuesta, más bien su pregunta autoafirmativa me dejó impactado. No había maldad alguna ni reproche pero me inquietó. Claro, me dijo, tú no eres soberanista, no? Sentí el dolor de confrontarme de golpe a una definición de ser, a una declaración de identidad y pertenencia. Temí que fuera el inicio de un alejamiento. Solo acerté a decirle que yo pienso que hay muchas maneras de lograr un objetivo. Me entendió perfectamente, me conoce, y dijo que cuando nos veamos ya comentaremos. Contigo se puede hablar, me dijo. Es verdad y con ella. No sé cuándo será pero no temo.


Días después emprendemos nuestro viaje. Era noche cerrada cuando nos recogió el taxista.


Comprendía que nos fuéramos de Barcelona y evitáramos una fiesta que no trae más que problemas, nos dijo comprensivo. Él si pudiera lo haría. Evidentemente no es esa la razón por la que viajamos. Su yerno es un independentista terco y a él le incomoda mucho. En el espejo retrovisor lleva colgada una banderita española que dice Todo por la Patria y en la guantera una pegatina pequeña con los colores de la misma bandera. Con su yerno se ven poco, felizmente. No hablan del tema porque éste sabe que él no está para tonterías y no se “anda con chiquitas”. Nos pregunta el destino. Bosnia. Estuvo de militar durante la guerra. Nos cuenta los horrores que vivió y escenas y situaciones difícilmente narrables. De alguna de ellas yo tuve experiencia en la postguerra en Mostar a donde ahora vuelvo. Como a mí le impresionó el odio que vio por muchos lados. Y añade, como el que sienten aquí hacia los españoles. Si las cosas van mal se irá a Asturias de donde vino con sus padres de pequeño. La guerra le destrozó el corazón y no podría soportar otra vez tanta violencia. Las guerras, dice, no las gana nadie.


Él, siento, está como en guerra. Las insignias de su taxi son una declaración. Me cuenta que al bar donde se reúne con sus amigos en un céntrico barrio de la ciudad en que vive no se acercan independentistas, solo españoles. No acierto a decirle nada porque valdría de poco.


Ya en Sarajevo, ante la catedral católica me saluda un hombre. Habla un muy buen inglés y va desaliñado. Lo siento herido. Lo escucho sin ganas de saber detalles de una guerra terrible como todas. Me conmueve su estado de desprotección y desamparo. Me cuenta que los croatas dispararon una bomba desde el monte que hay frente a la iglesia cuando los fieles salían de la misa. Murieron muchos, entre ellos su mujer. La huella de la bomba está en la plaza; son varias hendiduras en el suelo que han sido tapadas con unas siliconas rojas a las que llaman rosas de Sarajevo. Hay varias en la parte antigua de la ciudad. Él es católico y se siente abandonado por unos gobernantes en una ciudad dominada por los musulmanes. Cree que ellos tienen todos los privilegios: dinero, trabajo, vivienda, etc., y los católicos son rechazados. Cuando salgo de la catedral me espera y me pide ayuda para sobrevivir. Siento profundamente la herida que le sangra.


Mostar no es la ciudad que conocí en la postguerra. Un turismo masivo e impersonal invade el famoso puente sobre el rio Neretva que fue hundido durante la guerra para evitar la comunicación entre la población musulmana y croata. A las pocas tiendas que conocí hace años cargadas de recuerdos horribles de la guerra –balas, medallas, armas desvencijadas, etc., se han unido un sinfín de negocios que venden suvenires sin gracia como en cualquier calle de una ciudad turística y muchos restaurantes. Aquí todo está reconstruido, el turismo desdibuja sus rasgos a la vez que aporta recursos económicos muy necesarios. En la ciudad nueva hay impresionantes huellas de los destrozos causados por ambos lados en la contienda. De las huellas internas me hablan algunas personas. Los católicos han levantado una iglesia con una torre impresionante que acaba en una cruz que se ilumina por la noche y que se ve desde toda la ciudad. Durante el día las campanas anuncian sus ritos como hacen las mezquitas. En lo más alto de un monte cercano otra inmensa cruz mira hacia la ciudad. Los musulmanes la consideran una exhibición de poderío y soberbia. Me cuentan que unos y otros viven de espaldas y con duelos difícilmente elaborables.


Antes de coger el avión en Split visito una pequeña ciudad, junto al mar y cerca del aeropuerto. Estoy apenas media hora. Dejo el coche de alquiler en un parking público. Al volver me encuentro una fuerte hendidura en el capó del coche hecha con un punzón. Me siento desolado. Es una marca. Una D que en croata es el inicio de la palabra Patria. La patria, como en el taxi que nos llevó al aeropuerto. Lo cuento a quien recoge el coche y me responde: “vándalos”. Comprende nuestra desazón, no es la primera vez y me dice que ellos se hacen cargo de los desperfectos.


Algo pasa en Europa y en sus pueblos. Es muy posible que la fragilidad y el miedo nos esté llevando a un rechazo al otro diferente y es difícil saber a dónde nos llevará. A mis amigos creyentes de verdad les digo que siento que la fe es como un don que no me ha sido dado. Lo mismo me pasa con la patria y con tantas pertenencias que siento aseguradoras para los otros y para mí las veo innecesarias. Tal vez solo sea la experiencia de extranjeridad de uno mismo y la conciencia de que todos somos extranjeros la que nos permita soportar conjuntamente la mucha soledad que nos invade, la incompletud estructural de cada uno y nos lleve a la apertura al otro y nos salve de la intemperie en la que unos y otros nos estamos metiendo.


Es difícil saber cómo hacer compatibles las diversas legítimas pertenencias en las cada uno puede reconocerse sin olvidarnos de la tarea de construir una ciudadanía inclusiva, universal que nos arrope a todos y, en especial, a los más frágiles y a los más vulnerados. Cuando lo que se instala en una comunidad es la lógica de la pertenencia que se sustenta en el principio de fidelidad los que pierden siempre son los más débiles, aquellos que por diversas causas, entre ellas injusticias históricas, no pueden exhibir una pertenencia valorizante; mas bien al contrario, las pertenencias de los menos favorecidos generan identidades estigmatizadas y rechazo. Habría que evitarlo construyendo el encuentro ante las diferencias y apelando a una ética de la responsabilidad hacia el otro, sabiendo que lo que le pasa a él es un tema de todos y a nadie puede dejar indiferente. Cuando es así lo humano queda en entredicho.

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