​Lamentos y reclamos

José Leal

Psicologu00eda psicu00f3logo


Cada vez es más alto el número de profesionales que sucumben ante el insoportable aumento de las carencias de los sujetos a quienes atienden y ante la insuficiencia de medios para ayudarles. Muchas de las necesidades de éstos son debidas a causas estructurales muy vinculadas a sus vivencias históricas traumáticas y a precariedades arraigadas en un orden social y reparto de bienes tremendamente injusto.


Durante mucho tiempo se llamó "síndrome del Burn-out o del quemado" al conjunto de comportamientos y sentimientos de los profesionales cansados, decepcionados y desincentivados para su tarea por efectos de las características de ésta. Nunca me gustó ese término por impreciso, tendencioso y, muy frecuentemente culpabilizador. Preferí el término malestar para expresar tantas situaciones y circunstancias por las que los profesionales de la ayuda y el cuidado sentían vivencias de distinto signo que reconocían como dolorosas.


Los mismos profesionales utilizan a veces el término quemado para definir los efectos de algunos comportamientos de los usuarios sobre los servicios. 


Cuando un profesional o equipo dice que una persona o una familia ya ha quemado no sé cuántos servicios quiere decir que aquellos son muy dañinos e irrecuperables para una acción con éxito. Quizás sea atribuir mucha omnipotencia a aquellos que, por lo que fuere, tienen escasa habilidad para la cooperación y demasiadas experiencias de fracaso.


Como cada cierto tiempo aparece alguien que fascina con un término que poco añade a lo anterior cuando no indica lo mismo que el término sustituido, el que empieza a ser más utilizado es el denominado "fatiga por compasión". Muy poco afortunado, en mi criterio. Evidentemente que la persistente presencia de otro que sufre conmueve necesariamente; de lo contrario lo humano de cada uno de nosotros estaría desbaratado. Frente a esa supuesta fatiga que genera la compasión aparecen algunos simples recetarios como si fueran sesudas reflexiones especializadas. Leí hace unos días una de un psicólogo que venían a decir algo casi literal: "el problema del profesional comienza cuando hace suyo el problema del otro". Lo he oído y cuestionado demasiadas veces. No es verdad que una práctica distante, rodeada de artificios llamados encuadre sea mejor que una práctica de la cercanía, la comprensión y la empatía. Si ésta quema o fatiga, la otra distancia, somete y evita una experiencia emocional de efectos altamente saludables para tantos sujetos que llegan a los servicios de atención, heridos. Si hubiera que optar es mejor opción ética y humana la fatiga por compasión que la relajación por indiferencia. El problema del otro es también el problema de aquel que está con él cuando lo atiende, cuando escucha su dolor y cuando al contar espera algún gesto que le calme y ayude, cuando es posible, a hallar algo parecido a una solución o cuando menos bálsamo. Forma parte de la responsabilidad de cada profesional, de cada persona. "La responsabilidad es lo que me incumbe y que, humanamente, no puedo rechazar". 


"Todos somos responsables de todo y de todos ante todos", son palabras de Lévinas para quien, sin duda, nada de lo que acontece al otro nos puede ser ajeno. 


La compasión, padecer con el otro, es una condición para el cuidado. Ese padecer con el otro no lleva a la confusión con aquel sino a la solidaridad desde la posición de posible ayuda. El problema, o uno de ellos, de esas expresiones que intentan explicar el malestar o el sufrimiento de los profesionales es que con frecuencia olvidan el contexto en el que se produce e incluso las causas variadas que lo generan. Y resultado de ello tienden a culpar a los profesionales de su estado; a veces también se culpa a los usuarios de los servicios de la situación en que se encuentran. A esos procesos podemos llamarles de revictimización. La realidad es que hay que encontrar las muchas causas que hay detrás del aumento de tantos sufrimientos humanos y del malestar de los profesionales que tienen la función de ayudar a remediarlos. Si bien cada uno tiene que pensar que parte de sí ha de ser cuidada y cómo hay que pensar también el peso de los sistemas organizativos y las dinámicas instituciones. Los sistemas organizativos se hacen cada vez más controladores, rígidos, protocolizados, impersonales, burocratizados y priman el directivismo sobre la creatividad de los profesionales y el despacho y los trámites sobre los otros espacios comunitarios. Ello unido al incremento de necesidades y demandas y a sistemas de contratación del todo rechazables provocan malestares.


El malestar se expresa como queja. El lamento es una forma de queja que expresa el dolor pero muy pocas alternativas para su modificación. La queja lamento en estas situaciones de descontento tanto de profesionales, usuarios o cualquier tipo de población tiene como forma y casi único efecto el señalamiento de la falta del otro. Unas veces es una coartada inconsciente para el no hacer. Quizás sea necesaria para socializar inicialmente el malestar por lo que está pasando pero es insuficiente. Una vez instalada en quien o quienes la formulan tiene un efecto paralizante. A veces puede tener esa morbosidad tanática de la repetición sin fin que nada crea. Puede entenderse. Es verdad que está muy extendida la idea de que todo está en exceso instituido y de que la capacidad de cambio solo está en aquellos que, supuestamente, tienen el poder. Lo tienen pero no todo ni siempre.


Existe otro tipo de queja. El reclamo es una forma de expresar desacuerdos, descontentos y malestares pero que implica el compromiso de quien la expresa en formar parte, en lo posible, de las soluciones de aquello con lo que siente descontento.


Los procesos de transformación social o de su fracaso pueden ser explicados como el resultado de la tensión entre las fuerzas e interés que tiene lo que está instituido por conservarse y las que tienen aquellos que pretenden modificar lo establecido y a lo que llamamos movimientos instituyentes. Son muy valiosos y por ellos la sociedad avanza. La vida pública está exageradamente regida por el poder de lo instituido. Quienes fueron instituyentes, a veces prontamente, se vuelven instituidos. Salvo en períodos muy tensos de la historia ambas posiciones se observan en cualquier sector de la sociedad. Los profesionales también a veces se vuelven instituidos. 


La instauración de la queja lamento tiene, aunque sin saberlo, una gran capacidad conservadora.


Lleva con frecuencia aparejada la idea de que tal como están las cosas no es posible cambiar; esta actitud se da la mano con la profecía autocumplible. Y es verdad que muchas veces los cambios son difíciles. Pero también que hay capacidades instituyentes en cada uno de nosotros que puestas en juego producen cambios. Hay que hacerlo. Porque una de las situaciones más dolorosas que afectan a los profesionales desde hace un tiempo es que su sufrimiento se vive en soledad perdiendo con ello la capacidad transformadora que en otro tiempo tenía el malestar compartido. Este debe servir para generar proyectos grupales, comunitarios, colectivos que transformen las formas de vida de los sujetos y, evidentemente, desarrollen formas de hacer de los profesionales que sean sintónicas con los derechos, la libertad, la autonomía y la participación de los sujetos en los procesos de cambio.


El reclamo y la implicación de cada uno, de todo aquel que puede, forma parte esencial de lo que podríamos llamar una militancia cívica.

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