miércoles, 21 de octubre de 2020

No volverán banderas victoriosas

José Leal

Ropa Tendida


Llegué de noche a Sciacca. Me levanté temprano para ver, una vez más, esa aurora de dedos rosados que cantó Homero. Aquí hoy todo es silencio y magia. Hermosos paisajes, un mar calmo y una impresionante zona de salinas donde se puede ver el ingente trabajo de sus habitantes para sacar del mar ese bien que en tiempos fue precioso. Asombra el cuidado de las pilas de sal que cubren con tejas para su conservación. Restos por doquier de una civilización que fué el origen del diálogo y la ética: la democracia.


Los muchos templos han resistido embates del tiempo y de los hombres y sus guerras. Se mantienen en pié airosos y sus piedras enormes, labradas, dejan constancia del mucho esfuerzo por construir valores y transmitir que, a pesar de todo, el resultado del esfuerzo perdura. Desde aquí, a punto de amanecer, todo parece efímero y a la vez trascendente. Ha pasado la noche y una luz tenue y nueva va desvelando la hermosura de todo cuanto nos rodea. Un mar azul, barcos de pesca, personas que trajinan para ganar su pan y un cielo enorme que, con algún nubarrón, lo abarca todo. Siempre la claridad viene del cielo, es un don como cantó el gran Claudio Rodríguez. Visto desde aquí, desde esta quietud con que contemplo este mar y esta amanecida todo es un don de todos y para todos. Algo más hacia el Sur, está Agrigento, lleno de templos y espacios para la reunión y el encuentro en democracia entre olivares. Cuando abro las puertas de la habitación que da a una terraza es, de nuevo, de noche. Solo se ve, iluminado, un templo magnifico, majestuoso y sobrio. Es el Templo de la Concordia. Entra a mi habitación y se queda sereno reflejado en un espejo. Ante tanta belleza no cierro la puerta y queda instalada frente a mí tanta hermosura. La concordia quiere decir en griego, la cualidad del corazón. Cercano al templo, en el suelo, hay una enorme escultura moderna en bronce de un hermoso guerrero caído en la batalla. Caen los guerreros y lo que queda en pie son las ideas y las obras hermosas como testigo de tantos esfuerzos.


Visto desde aquí todo parece sencillo y envuelto en la simplicidad de la vida cotidiana.


En las calles de Palermo y de la hermosa Siracusa, como en las de tantas ciudades hay ropa tendida colgada del balcón de muchas casas. Esas ropas tendidas me dan tranquilidad, lo opuesto que siento al ver una bandera. No he visto banderas, ninguna bandera. Toda bandera, toda, es una invitación a la victoria y el dominio.


Yo no he amado, colgado, sostenido ni guardado bandera alguna. Nunca hubo banderas en mi casa. De mi boca no salió juramento ni beso en aquel rito horrible de aquel estéril servicio militar que se decía "jurar bandera". Sentado aquí en al Ágora de la antigua ciudad griega de Selinunte destrozada en gran medida por la luchas de los hombres y la fuerza de los terremotos, el mar es una tela azul tendida. No hay mejor bandera.


Y sin embargo amo la ropa tendida. Procuro encargarme de tender y recogerla. Lo hago con un cierto primor como vi en mi madre y como sigo viendo cuando, a sus años, las dobla con esa suavidad que es mimo. Como en este verano. Coincidimos cuatro generaciones, con noventa años justos entre mi madre y mi nieto. Jugaban los dos ante mis ojos absortos en tanta hermosura. Me deleitaban sus risas. Yo tendía en una terraza que recibe los generosos aires del Moncayo. La ropa se seca prontamente y yo disfruto tendiendo y recogiendo. Y viéndola moverse cuando le daba el viento. La toco y siento si aún está húmeda o si el sol la reseca en exceso. De pequeños mi madre decía que "si la ropa está mal traída se percude" y su aspereza daña la piel. Que el exceso de sol le hace daño y es mejor recogerla cuando está seca pero no reseca. Disfruto también cuando la doblo pero el mayor placer es tenderla y recogerla. Lo vi hacer muchas veces. Cuando en el pueblo en que nací no había agua corriente, ni tampoco electricidad durante el día, ni por supuesto lavadoras, frigoríficos ni cocina de butano, las mujeres y entre ellas mi madre, iban a lavar al campo. Nosotros teníamos en el campo, no lejos del pueblo, un pozo de agua fina, se decía. Y unas pilas de granito con una cavidad para el agua y una parte para frotar la ropa. El pozo era nuestro pero era compartido con todo aquel que quería. Tenía un antiguo candado de hierro. Era frecuente recibir durante la cena la visita de alguna mujer o su hijo para buscar la llave. Me gustaba buscarla y dársela. A veces traían algún obsequio, frutas de la huerta y se iban con la llave y otro obsequio, sandia, melón, algunas peras recién traídas de la sierra. Así aprendíamos la reciprocidad, el intercambio, las muestras de afecto y la conversación. Podían a la la vez lavar tres personas una en cada pila. Nuestras madres solían llevarse la comida en fiambreras y al salir de la escuela nos reuníamos con ellas. Colaboraban entre sí. Una persona sola difícilmente puede presionar una sabana para sacar el agua y ponerla a tender. Lo hacían entre dos girando cada una sus manos en una dirección distinta. Después la tendían sobre las paredes de granito o sobre la hierba. Tender la ropa bien es un arte. Produce una determinada estética: la combinación de color, el orden por medidas, usos o tiempos de secado. A veces venía una ventisca y había que estar alerta o salir corriendo tras la ropa menuda. Me gusta la ropa al viento mecida y caprichosa. En cambio me impone cualquier bandera y si son muchas más y si están enfrentadas mas aún. Sean de quién sea, no importa. Porque toda bandera señala territorio e identidades y hace ya muchos años que ninguna de las dos cosas me interesan especialmente. La primera porque sé que aún donde estamos somos extranjeros porque la extranjeridad va con nosotros y el ser extranjero para uno mismo es imprescindible para compartir extranjeridad con otros y no sentirnos poseedores de nada, absolutamente de nada y darnos hospitalidad. Y la identidad porque sé que es móvil y que todos somos sujetos de identidades múltiples, acomodaticias, heridas y quebrantables. Siempre me inquietaron las adhesiones inquebrantables, también identitarias que son las que más prontamente se quebrantan, esclavizan y hace rehenes a todos aquellos que las provocan. El pasado no es nuestro o es de todos; nuestro es el futuro si somos capaces de construirlo como una sociedad moderna que superó el medievo.


Cuando subo hacia el Ágora de Selinunte veo que alguien ha puesto a resguardo en los resto de un capitel que fue hermoso una pequeña muñeca, supongo, perdida por un niño. La fuerza de la piedra y de su historia; la ternura de un niño o niña que han paseado por estas piedras cargadas de historia y de proyectos. Estos lugares son de todos.


En tiempos de barbarie, de bárbaros y de barbaridades, dichas o hechas por aquellos que debería abrir el Ágora para todos hemos de reclamar la concordia, la cordura y la razón cordial frente a la violenta emergencia de trapos de colores, a veces muy iguales, que incitan al desencuentro y la batalla.


Que nadie amenace. No volverán banderas victoriosas porque ya sabemos a dónde nos llevan y tenemos razones para no permitirlo.


Siento en el Ágora de Selinunte algo cercano a lo que sentí la primera vez en el Ágora de Atenas, en la Mezquita de Córdoba que conozco como mi casa, la Iglesia de Santa Sofía en Estambul , en las iglesias románicas del Pirineo Catalán y del Aragonés y en tantos otros sitios una resonancia íntima que trasciende a cada uno de nosotros. Y, a pesar de todo, a pesar de que en este mar que ahora contemplo hay mucho sufrimiento, siento esperanza.


Desde el Ágora de Selinunte, mirando a este inmenso mar pienso en Sami. Recién cumplido un año le fascina todo lo que ve, lo descubre y lo comparte. 

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