​La construcción de la ternura (y los efectos de sus fallas)

José Leal

Cuando la madre de un bebé de dos meses ingresado en un hospital de Barcelona por efecto de las heridas que para intentar calmarlo le provocó el padre dice de éste que no quería hacerle daño sino que lo que pasó fue efecto del estrés provocado por el lloro de su hijo no dice ninguna tontería ni tiene que estar por ello justificando al agresor. Está diciendo una posible verdad, puede haber también otras razones, que muchos de nosotros, profesionales de la psicología, venimos diciendo también desde hace muchos años para explicar algunas de las violencias sobre la infancia.


Y es que el llanto es un poderoso instrumento del bebé para mover en sus cercanos la ayuda necesaria. Ese instrumento viene dado por la propia naturaleza y cuando se produce pone al adulto sobre aviso de que algo está pasando y que para su solución él debe hacer algo. Ello requiere hacer una lectura adecuada y sentirse con ánimos para afrontar el cuidado.


Hay que suponer que, por lo general, lo que mueve en uno el pedido del otro que se expresa en el llanto es empatía y compasión. El llanto del bebé remueve en cada uno su propia carencia y fragilidad y nos predispone a la ayuda. Pero no solo ello. También genera angustias ante el desconocimiento de las causas o ante la impotencia para resolverlas si es que las suponemos.


Esas ansiedades forman parte de la historia de cada sujeto y se inscriben en el registro de lo humano de todos nosotros. No todas las personas responden igual. Muchos fueron capaces de soportar el dolor de su bebé y lo que el llanto a ellos les provocaba siendo ese sentimiento el desencadenante de la búsqueda de ayuda. Otros sucumbieron ante la angustia e incapaces de contener su dolor no pudieron contener el del otro que le reclamaba cuidado y calma y respondieron inadecuadamente teniendo ello efectos dañantes variados en cantidad y calidad. Hace falta un tiempo para aprender cuando el llanto es por los cólicos, los dientes que nacen, el oído que les duele, el hambre o cualquier otra razón. Genera muchas veces fuertes sentimientos de impotencia y respuestas heridas e hirientes para el bebé.


Ese es el estrés del que habla la madre del bebé de dos meses ingresado por los efectos la discapacidad del padre para entender y atender adecuadamente al hijo. Aunque cueste considerarlo así, las heridas infringidas no tienes necesariamente que ver con desamor hacia el hijo sino con incompetencia para el cuidado del mismo.


Cuando pasa eso el llanto del bebé que espera consuelo se convierte en un instrumento peligroso que se vuelve contra él obteniendo violencia y desamparo.


Quizás el llanto del bebé mueva en el padre las huellas de una vivencia precoz de desamparo o de no haber sido contenido. El desamparo es efecto de la vivencia de intemperie.


Algo pasó en ese tiempo en que se instaura la ternura y la empatía que la acompaña como aprendizaje.


La ternura es la respuesta delicada ante la fragilidad del otro por efecto de su edad, de sus circunstancias o solo por el hecho de ser sujeto estructuralmente inacabado e incluso inacabable. La ternura crea el "alma" como lugar primero del sujeto y abre el circuito de la empatía, el miramiento y el buen trato como base de la constitución ética del sujeto o del sujeto ético.


La ternura, aunque se establezca primariamente en una relación dual, es un dispositivo social imprescindible que hace del sujeto un sujeto social. La ternura y la empatía hacen que el adulto se acerque a una hipótesis sobre las razones por las que llora el bebé, hace lo posible por calmarlo y se construye una experiencia de aprendizaje compartido que garantiza el ofrecimiento de los suministros que necesita. Éstos son básicamente tres: abrigo ante la intemperie, alimento ante el hambre y el buen trato que es la mirada atenta dispuesta a la construcción de un vínculo que se basa en el gesto y la palabra. Esa empatía que garantiza los cuidados va acompañada de una mirada hacia el otro que lo reconoce como ser diferente a uno. Esa mirada garantiza la gradual autonomía del sujeto que es la que irá marcando las diversas necesidades que siente y los nuevos modos de expresarlas. Requiere del adulto una predisposición al aprendizaje.


Cuando fracasa la constitución de la ternura aparecen las más insoportables ansiedades primitivas y el sujeto queda a la intemperie y deja en la intemperie al otro cuando ha de protegerlo siendo así reproductor de experiencias emocionales muy dolorosas.


Cuando falla la ternura no se instaura la empatía. Esta no es más que la conciencia de la fragilidad que compartimos como seres-en-falta que somos y que nos hace receptivos al sufrir del otro y nos predispone a ofrecerle ayuda; y también a recibirla cuando la necesitamos.


Cuando pasa algo tan doloroso como es el mal trato a un ser especialmente frágil podemos directamente acusarlo de malvado, algo que posiblemente haga el juez o pensar que pasa por la cabeza y el corazón de un padre para una acción así.


Las explicaciones de la madre nos dan una pista. “No sabía que le hacía mal, dice, lo hizo por el estrés del llanto.” Cuando el llanto genera una angustia excesiva sin contención aumenta el desamparo del bebé y también del que lo escucha; ambos quedan a la intemperie que es un estado muy primitivo, cuando el sujeto requiere del otro para sobrevivir y no lo encuentra. Cuando la madre del bebé cuenta que el comportamiento habitual del padre “era normal, era un padre que cambiaba pañales, que daba biberones, que se despertaba por la noche. Tenía una buena relación conmigo y nunca hubo maltrato" tal vez confirma esta idea de la imposibilidad de hacerse cargo en soledad del bebé que reclama.


Esa escena en la que el padre no puede contener a su bebe que llora ni puede contener al bebé que en él revive un desvalimiento originario no resuelto es altamente conmovedora. Ambos necesitan cuidados y reparación. Las sanciones posibles sobre el padre deben de permitirle reparar el daño que hizo a su bebé y la dignidad perdida en un acto tan rechazable; pero hay que pensar también qué modo de reparación requiere el padre para que ese vacío inmenso que puede sentir ante la demanda del niño por su fragilidad encuentre en él una acogida necesaria; eso implica reconocer y aceptar la carencia y pedir ayuda y encontrarla.


Recurso niu00f1o ternura


Lo que el padre no sabe es que cuando su niño llora llora el niño que hay en él, que no encuentra consuelo y es a éste a quien ataca repitiendo así alguna vivencia precoz de intemperie y desamparo. Esa experiencia precoz de no ser contenido impide o dificulta seriamente el aprendizaje de ser contenedor que es lo que necesita su bebé cuando siente algún malestar. Así es como se produce la transmisión transgeneracional del trauma. Los efectos de las vivencias precoces de desamparo sobre la adquisición de capacidades para el ejercicio de la paternidad pueden ser muy importantes y no se resuelven con compromisos socioeducativos ni con cursos sobre habilidades parentales; requiere la efectiva experiencia de ser cuidado y ser sostenido en la adversidad y el acompañamiento cuidadoso hecho sin prepotencia, superioridad ni coerción por alguien en quien pueda confiar y con quien pueda establecer algún tipo de identificación e incorporación de aquellos valores que le faltaron. Esa experiencia emocional de ser comprendido y sostenido en la dificultad es el camino imprescindible para la adquisición de las habilidades necesarias para la crianza, entre ellas la propia contención ante el dolor y la impotencia que provoca el llanto del bebé y que mueve en el padre su propia fragilidad.


Esta forma de maltrato como efecto de experiencias precoces de desamparo puede ser leída como un modo de discapacidad y para su solución es necesaria la provisión de recursos que limiten tal discapacidad y complementen las capacidades mermadas de los padres.


Estas situaciones que describo son frecuentes aunque felizmente no con esa intensidad. Cada vez más el desamparo de los hijos no es efecto de un deseo de daño sino de una incapacidad o capacidad limitada para hacer frente a los cuidados tan complejos, intensos y cotidianos que requiere un bebé.


A ello se añaden los efectos de unos modos de vida donde cada vez hay menos tiempo para el disfrute y más adversas son las condiciones de vida: sueldos insuficientes, accesos imposibles a la vivienda, precariedad en el trabajo, crisis en las políticas de ayudas y soportes, debilitamiento de vínculos e instituciones sostenedoras, la vuelta de un liberalismo feroz y, en muchos casos, de exigencias neoesclavizadoras, etc.


El sufrimiento de ese bebé es nuestro sufrimiento pero lo es también el de unos padres jóvenes, 21 años él, 18 años ella, desbordados a los que hay que prestar más atención y ayuda.


La tendencia al escándalo ante esas dolorosas situaciones es de un fariseismo atroz. Intentar comprender a quien comete un acto tan inadecuado y punible no es justificar las causas pero si es el camino imprescindible para desarrollar políticas de prevención y cuidado en la carencia, también en la carencia o capacidad limitada de los padres para el ejercicio de tan importante función como es sostener la vida del bebé, acompañar su crecimiento en ese proceso que es pasar de la dependencia absoluta a la independencia relativa. Porque siempre necesitaremos de otro y otros necesitarán de nosotros.


La apertura de expedientes de riesgo ha de ir acompañada de un delicado expediente de soportes y eliminación de los determinantes sociales que conllevan un aumento de los riesgos. No siempre es así y con frecuencia mas que ayuda se imponen nuevas obligaciones que no es difícil observar serán difíciles de cumplir.


Lo realmente importante es preguntarnos que ha pasado en el sujeto, en su constitución subjetiva para no solo no poder contener sino, en lugar de ello, dañar al ser frágil que le requiere ayuda. . ¿Cómo puede vivir y en que condiciones recibir ayuda?. Ésta necesitará siempre, siempre una mirada atenta y compasiva.


El Síndic de Greuges y la DGAIA investigarán donde falló el protocolo. No hace falta que le dedique mucho tiempo a ello. Que pregunte a los profesionales, que pregunte a las familias. Éstos le dirán que lo que falla no es el protocolo que no es más que un conjunto de orientaciones también falibles; que lo que falla es una sociedad y unas formas de vida que es contraria a la persona y a la construcción y el cuidado de los vínculos. Y que fallan también las instituciones que pueden detectar riesgos pero difícilmente hacer frente con ayuda real a la precariedad en la que muchas personas viven y que predisponen a la aparición de estos y otros hechos altamente traumáticos. Y que eso que tan llamativamente ha pasado a éste bebé y el dolor de los padres y del entorno está pasando cada día mas de lo que se sabe y que cualquier día puede volver a suceder lo mismo ya sea con bebés, con personas sin techo, con ancianos desprotegidos o con los jóvenes venidos sin adultos que los protejan y que están malviviendo en chabolas o entre matorrales en la montaña Olímpica de Montjuich o dañándose definitiva todo el sistema nervioso y el psiquismo con la inhalación de cola ante la mirada de muchas personas en el centro mismo dela Plaza de Catalunya en las escaleras del metro como yo mismo he visto. ¿Podremos preguntarnos que ha fallado cuando pase algo que pasará? ¿A donde nos lleva tanta mentira y tan alta facilidad para el asombro y el escándalo?


Hay otros modos también en el ejercicio inadecuado de la función paterna. Uno de ellos se está representando estos días en el Liceu. Madama Butterfly es abandonada por su marido, un oficial de marina americano con quien se conocen en Japón. Ella lo espera enamorada durante tres años. Cuando aquel vuelve ella cree que lo hace para reencontrarse pero él vuelve con su esposa actual para llevarse al hijo “y asegurar su futuro”, al parecer más prometedor que si se queda con la madre a quien él dejó de prestar la ayuda necesaria para la crianza del hijo. Logra llevárselo y el dolor la lleva al suicidio. Violencia machista, esa que la derecha que se dice moderada y la extrema derecha niegan que exista. Aunque la magnífica ópera de Puccini es de hace muchos años el tema del que trata, la dominación, el abuso y la violencia machista siguen siendo, lamentablemente muy actuales. Para su solución hace falta una radical transformación o mejor erradicación de muchos de los “valores” y estructuras en las que se asienta nuestra sociedad.


Si un caso grave sucedido hace años facilitó la reflexión y la importancia de establecer unas guías de coordinación de intervenciones ante el maltrato ojalá ésta sea la ocasión para profundizar en políticas de soporte a la fragilidad y de acompañamiento a las familias en los avatares de la crianza, lejos de la coerción, culpabilización, sospecha y maniqueísmo que no es extraño ver aún en las prácticas de la llamada protección a la infancia y adolescencia.

1 Comentarios

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Totalment d'acord amb la teva profunda visió dels fets, Pepe!

escrito por Francesc Xavier Vall Valles 03/feb/19    13:10

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