miércoles, 24 de julio de 2019

​Meditaciones y plegarias para un nuevo año

José Leal

En el museo de la Acrópolis de Atenas puede verse un vídeo en el que se relatan las mil vicisitudes por las que ha atravesado el Partenón y otros edificios a lo largo de la historia. Es muy aconsejable verlo porque además de facilitar un descanso para continuar con la contemplación de tanta belleza como allí se cobija ayuda a entender que el ser humano tiene tan alta capacidad para lograr hermosas producciones como para la destrucción de las mismas. Sobre todo cuando son de otro considerado enemigo.


El Partenón y las inconmensurables maravillas que se produjeron en ese imponente lugar fue producto de uno de los más impresionantes esplendores de la cultura universal: las artes múltiples, la filosofía, la democracia, el diálogo político, etc.


Pasado el tiempo fue ocupado por un fervoroso y fanático cristianismo incipiente, luego por musulmanes, después fue cuartel de diversos ejércitos hasta que una explosión causó los mayores destrozos. Unos y otros arrasaron todo aquello contrario a lo que su religión consideraba aceptable y se dedicaron a la destrucción de figuras y decoraciones en mármol finamente labradas. No es nada nuevo. La Mezquita de Córdoba, ahora llamada catedral por un episcopado más preocupado por borrar la imborrable huella del islam y el nombre de un edificio que por los diversos casos de pederastia producidos por algunos de sus religiosos, se asienta sobre el arrasado templo Cristiano de San Vicente y la misma Mezquita fue parcialmente destruida por Fernando III para construir en su interior una catedral católica.


Parece que esta pulsión por la destrucción del otro y de sus producciones es algo muy asentado en la historia de los pueblos. La presidencia de ese fanático irresponsable que es Donald Trump está llevando a límites impensables la capacidad para la maldad del ser humano, esa que no aflora por el esfuerzo y las renuncias que cada uno realiza en base a la búsqueda de un bien colectivo. La cultura se asienta sobre renuncias; sin éstas lo que viene es la destrucción. Renuncias, sobre todo, a la realización de los propios deseos a cualquier coste y, por tanto, renuncia a la dominación sobre el otro. Pero a ese hombre eso no parece importarle. También en Europa hay signos por doquier de vuelta a la barbarie. También entre nosotros, nada lejos, se acomodan diversas barbaries complementarias aunque sea sin quererlo. Todo discurso excluyente lleva a la barbarie que no es otra cosa que la vuelta a una especie de estado de naturaleza y de predominio de pertenencias intensas que se muestran como aparentemente salvadoras. No se sabe de qué.

Solo con cuidarnos los unos a los otros podremos aminorar nuestra estructural indefensión y fragilidad.


No parece, dicen, que el año en que ya estamos vaya a ser bueno y que hará falta una alta dosis de esfuerzo, sacrificio, cordura y responsabilidad de la que muy pocos, si hay alguno, políticos que nos gobiernan tienen existencias.


Parece que el odio, los diversos odios, serán uno de los mayores peligros. El odio es una enfermedad del alma. "Una de las enfermedades del alma es su inclinación a la venganza, a la hostilidad y a la ira" se puede leer en el libro de Shaykh Al-Sulami, "las enfermedades del alma y sus remedios, tratado de psicología sufí (s.X)." o, en un decir más actual, una de las más serias perturbaciones de una estructura psíquica pronta y gravemente dañada. Y porque al contrario de otros conflictos psíquicos expresa formas de comportamiento que entran de lleno en lo que se puede llamar maldad.


Trump odia a Obama y a todos aquellos a quienes sus políticas solidarias, nada tampoco del otro mundo, pudieron beneficiar. Bolsonaro odia igualmente a Lula y todo lo que significa y pretende destruir las políticas de apoyo a los más frágiles con el mismo ardor con que los primeros cristianos demolían las magníficas figuras labradas en los frisos de los templos politeístas. 


Erdogan odia el proceso de laicidad en Turquía y fomenta cacerías contra aquellos que no piensan como él y los suyos. En Italia, Salvini odia a los emigrantes y a los alcaldes que se oponen a las políticas inhumanas del gobierno, entre ellos el alcalde de Palermo, que le dice: "todos los regímenes (totalitarios) comienzan con unas leyes raciales". . Y así en Polonia, en Hungría y aquí entre nosotros. Políticos que expresan interesadamente preocupados por la seguridad amenazada, dicen sin fundamento, por los extranjeros ahora pero por cualquiera que sea diferente, mañana, sin querer oír que la verdadera seguridad surge preservando y garantizando los valores positivos de la convivencia, el encuentro y la acogida. A esos pensamientos y acciones de corte fundamentalista que apelan a un nosotros incuestionable como si fuéramos iguales; a esos fundamentalismos religiosos o de otros signos, como señala Carolin Emcke "los impulsa una idea similar: la de crear una comunidad homogénea, original y pura". En la web del Partido Popular se mostró recientemente un twit pidiendo que al actual presidente del gobierno le ocurra lo que a otras personas , que murieron. La nueva ultraderecha odia sin pudor, es lo propio, todo aquello que otros construyeron y desean volver a un orden primitivo, al estilo del padre de la horda. Pretenden la vuelta, si es que se fue, de un patriarcado abusivo del que gracias a los esfuerzos de un feminismo abarcativo estamos saliendo. Partidos democráticos se saltan la Ley o la violentan y fuerzan hasta límites impensables para generar pertenencias e identidades que llevadas a determinado límite siempre son dañinas en tanto se construyen frente a un otro que se supone hostil o que en cualquier momento puede serlo con lo cual se estimulan y justifican las violencias de ambos.


La aparición reciente e inesperada de nuevos fanatismo confirma la idea de que todo en nosotros es frágil. Que las bases sobre las que se asienta la convivencia son extremadamente delicadas y que, por ello, estamos llamados a un esfuerzo permanente en darnos cuidados. Que los logros obtenidos con tantos esfuerzos pueden, en cualquier momento venirse abajo.


Es difícil, en estos tiempos, creer en la esperanza aunque estamos obligatoriamente obligados a seguir trabajando por ello.


Por si acaso estamos a tiempo de hacer algo envío esta carta tardía a los Magos de Oriente, que parecen ser los únicos venidos de esas tierras a quienes en la actualidad se les abren las puertas y los puertos, y elevo mis plegarias por este recién estrenado nuevo año.


Que haya buenas cosechas que nos darán comida.

Que no nos falte el agua, ni la sal, ni el aceite, ni el pan ni todo aquello que necesitamos para nutrirnos.

Que cesen las violencias que nos amenazan a todos y más a los más frágiles.

Que la tierra no tiemble, que el agua y el viento no destruyan.

Que el fuego no arrase nuestros campos.

Que no mueran los peces, ni las aves, ni los árboles.

Que no muera más gente en nuestros mares; cada uno que muere es una huella en todos.

Que quien huye del hambre y de las guerras encuentre la acogida, unos brazos abiertos, un lecho y una mesa.

Que no haya niños explotados ni jóvenes que vaguen solos por mundo.

Que no haya gobernantes inhumanos, que no levanten muros ni fosas, ni disparen sobre nadie.

Que no se vendan armas.

Que se siembren las tierras que están yermas para que todos coman.

Que todo el que trabaja tenga su sueldo digno.

Que quienes no pueden trabajar tenga ayuda sin que sientan su dignidad dañada.

Que los buenos políticos sean queridos y los que no reciban el desprecio y no los votos.

Que todo el mundo acceda a la cultura.

Que nadie sea discriminado por razón de género, edad, condición social ni por causa alguna.

Que no tengamos miedo a expresar la ternura.

Que seamos flexibles, delicados y humildes.

Que no tengamos miedo a ser honestos, a ser valientes ni a ser considerados.

Que las palabras digan lo que dicen.

Que no nos engañemos con lenguajes falaces.

Que no nos digan promesas hoy para incumplir mañana.

Que los pueblos se quieran.

Que la gente se quiera.

Que nos sea dado el don de la ignorancia porque así buscaremos saber.

Que nos sea dado celebrar la diferencia porque siempre encontraremos valores en el otro.

Que nos sea dado elogiar el desarraigo porque al no ser los dueños de ningún territorio no querremos banderas, himnos ni fronteras.

Que cuando venga cualquier adversidad seamos capaces de confiar en la ayuda y que ésta no falte.

Que ningún pueblo se sienta superior ni desprecie al otro.

Que construyamos la paz y no la guerra.

Que nadie aliente la violencia porque es difícil saber sus consecuencias.

Que nadie siembre vientos porque solo recogerá tempestades.

Que nadie se atribuya ser la voz de nadie.

Que no sean necesarios comités de defensa y salvación de no se sabe qué.

Que nadie se envuelva en las banderas.

Que los himnos y arengas patrióticas sean erradicados.

Que las madres y padres cuiden de sus hijos con esmero y tengan la ayuda necesaria para labor tan importante.

Que volvamos a conquistar la calle para todos, que los niños y niñas jueguen en los espacios públicos con otros y no solos con los móviles.

Que si la adversidad se ceba con nosotros sepamos levantarnos y seguir.

Que nunca falte esperanza para seguir trabajando por mejorar la vida.

Que quien esté enfermo encuentre los cuidados necesarios.

Que ninguna persona pase hambre ni sed ni otras intemperies.

Que ni una mujer muera a manos de hombres desalmados.

Que no les falte el ánimo ni la esperanza a todos aquellos que cuidan y se hacen cargo de paliar adversidades.

Que nadie sufra estigma por ninguna de las condiciones por las que atraviese.

Que no estén en las cárceles quienes deben estar fuera.

Que la justicia sea justa e igualitaria.

Que quienes se dedican a la política piensen en el bien de todos y no solo en los de su partido o territorio.

Que nunca decaigamos en el esfuerzo de construir una comunidad que cuida.

Que hagamos nuestras las palabras que nos incluyan a todos como cantó Ibn el Arabí en

“El intérprete de los deseos: "Hubo un tiempo en el que rechazaba a mi prójimo si su fe no era la mía. Ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas: es un prado para las gacelas y un claustro para los monjes cristianos, templo para los ídolos y la Kaaba para los peregrinos, es recipiente para las tablas de la Torá y los versos del Corán. Porque mi religión es el Amor. Da igual a dónde vaya la caravana del amor, su camino es la senda de mi fe. 

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