martes, 17 de septiembre de 2019

​Lo que perdura

Román Pérez Burin des Roziers

Envueltos como estamos en una época de cambios y de innovación, no es de extrañar que los discursos se centren en ellos. Muchas veces se pone el acento en la vertiente de como eran las cosas antes y que ahora ya no lo son, discursos en los que se puede percibir aspectos de nostalgia y melancolía. Otras veces se subraya la vertiente de lo nuevo, de los cambios, de las transformaciones, de la actualidad, intentando dar cuenta de ellos y de su significación, remarcando la necesidad de hacer adaptaciones y adecuaciones. También hay discursos que combinan ambas vertientes en relación a los cambios de la época.


Teniendo en cuenta la velocidad, la radicalidad y la extensión de todos estas innovaciones y cambios en lo social, en lo familiar y en lo personal, no es de extrañar que se hable y se trate sobre todo ello. Pero parecería que el interés y la atención está tan centrada en eso que ya no reparamos en lo que no cambia, en lo que permanece. Son aquellos aspectos de la vida que marcan una línea de continuidad temporal, y que quizás por eso mismo son atemporales, inmunes al paso del tiempo. Son aspectos que tienen un valor de fundamento, de base, y de seña de identidad de nuestra humanidad.


Los niños de hoy en día dependen tanto de sus padres como los hijos de los primeros homo sapiens. Una dependencia del otro que no sólo permite la supervivencia del bebé sino que también es la condición para su humanización. Y aunque con el crecimiento esta dependencia no es tan masiva, no es tan total, la presencia parental continua siendo necesaria. Porque el niño requiere de cuidados, pero también necesita la atención, la palabra, la escucha y la mirada de sus padres. Unas necesidades que se extienden a la adolescencia, aunque con maneras y matices diferentes.


No es nuevo que los padres tengan que recurrir a otros adultos a quienes delegar el cuidado y la compañía de los hijos a tiempo parcial. La familia amplia -abuelos, tíos, primos- solía ser un recurso habitual; incluso los vecinos podían hacer esa función. Hoy en día esto es casi un lujo. Los hijos tienen jornadas escolares de 8hs y a continuación actividades extraescolares que les mantienen ocupados y cuidados. Cuando los padres llegan a casa, la logística familiar absorbe el tiempo y las energías que les quedan. En este contexto las pantallas hacen la función de canguros, son la fuente de entretenimiento y distracción que permite a los padres concentrarse en los quehaceres domésticos o descansar. Pero ya no son personas con quienes puedan hablar y vincularse, a quienes preguntar y con quienes compartir, sino que son máquinas que suministran estímulos, captando su atención y generando interés. Máquinas con las que están solos.


El tiempo se ha vuelto un bien muy preciado y escaso, y de acuerdo con los ideales de productividad y de rendimiento que imperan en la sociedad actual, hay que invertirlo bien, en actividades que sean productivas, formativas. Pero las necesidades de los niños perduran. Siguen necesitando disponer de tiempo para el ocio y para el juego, tiempo para soñar e incluso tiempo para perder. El juego continúa siendo la principal actividad en la vida del niño. Es allí donde despliega sus fantasías y sus deseos, su creatividad y su imaginación, donde encuentra una satisfacción y una libertad para ser y para hacer. Pone en juego sus afectos y representa situaciones que son significativas para él o para ella. Un juego que incorpora también el cuerpo y que implica a la psicomotricidad fina y a la gruesa.


Las innovaciones tecnológicas y los cambios en los ideales forman parte de la vida cotidiana de los niños, de los adolescentes y de las familias. No se trata de demonizarlos ni de denostarlos, pero si de hacer notar que hay necesidades que perduran y que coexisten junto a las nuevas. Que son necesidades que no pierden vigencia ni potencia, que siguen siendo significativas en la vida de las personas y en el vínculo entre padres e hijos. 

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