martes, 22 de octubre de 2019

El surco "derechito" o el cuidado como arte

José Leal

Nada mas entrar a la consulta, tras un breve saludo que quiso ser amable, le indicó que se tumbara en la camilla. Así lo hizo. Él se acercó, cogió la pierna de ella y forzó el doblamiento por la rodilla en la que meses antes había colocado una prótesis. Dejó la pierna en reposo antes de volver a levantarla a la altura de su cabeza generando, al parecer, un cierto forzamiento. Con el puño cerrado dio dos golpes bruscos e inesperados en la planta desnuda del pié de ella. De su boca salió una queja espontánea y dolida, más por la sorpresa de una acción tan brusca que por el dolor que ésta le provocara. O un poco las dos cosas. No había en él huella alguna de mala fe ni intención de daño pero sí indiferencia y falta de finura.


- Esto está bien. Te puedes levantar -dijo él con aquella displicencia que no es difícil ver en aquellos que han repetido muchas veces la misma acción y no distinguen lo singular de cada acto.


- Por favor, me gustaría que me mirara la cicatriz; no se si está quedando bien, acierta ella a decir con un ligero temor.


- Eso para mí no tiene importancia -dijo- y la miró con cierta condescendencia.


Intenté hacer algo para aminorar la tensión y ayudarle a él a reparar unas acciones tan inadecuadas. No lo logré porque no había en él la más mínima huella de tensión ni percepción del malestar que había en nosotros. Parecía llevar largos años de una práctica ruda. Con el tiempo quizás había ido olvidando que las rodillas son de una persona. Propuso nueva hora de visita pasado un tiempo. Nosotros salimos deseosos de no volver.


Una vez fuera comentamos y recordé una historia de hace muchos años pero muy viva en mí porque, en gran medida, lo sucedido allí orientó mi hacer en el futuro.


Paseaba con mi padre por los campos aún en barbecho. Él, como tantas veces, intentaba que yo aprendiera las lindes de las tierras. Nunca lo consiguió por mi torpeza. Y empezaba a la vez a querer instruir a mi hermano en el arte del cuidado de los campos y el ganado tal como él lo entendía. Mi hermano estaba arando. Nos acercamos a él. En un momento de la conversación le dice:


- Hijo, esos "líneos están torcíos". Los líneos son el conjunto de surcos que configuran una zona labrada o el orden en el que están bien plantados un conjunto de árboles.


- Hoy han salido así, ahora lo veo, pero da igual, papá -respondió-. El trigo será el mismo y tardo menos.


- No es igual. Lo suyo es el surco, derechito.


- ¿Por qué?


Pensó durante un rato y con un aplomo producto de la sabiduría de muchas generaciones cuidando la labor dijo:


-Porque la tierra lo merece. Porque quien lo ve disfruta y para que no se diga...


Esa explicación de un ecologismo temprano nos dejó sin palabras y "el surco derechito" ha pasado a ser entre nosotros el más preciso modo de señalar que las cosas han de hacerse bien porque han de hacerse y que estamos obligados al cuidado de ello. El cuidado, además de ser una exigencia ética, necesita del acompañamiento de una estética que es la que le da el valor de arte. Yo ahora le llamo la estética del cuidado. La ética del cuidado fundamenta la ciudadanía y la estética que la acompaña es la evidencia de que lo que se está produciendo es un acto con dignidad y con esmero. La dignidad no es solo un valor hacia los seres vivos; lo es también hacia lo inerte y lo inanimado.


La reja es el lugar por el que el arado contacta con la tierra y la penetra. En los recuerdos de mi infancia, la mano de quien labra lo sostiene y con un forzamiento, solo el que es necesario, la remueve y la tierra callada de barbecho comienza a hablar y a abrirse. Genera un oleaje que es silencioso y calmo. Si está luciendo el sol, las olas brillan y llaman a las grullas que aletean gozosas de disfrutar de aquello que la tierra les ofrece. La tierra le dicta al labrador la presión necesaria; es ella la que manda Éste la escucha y acomoda la reja a la presión lo menos necesaria. La fuerza innecesaria, también sobre el objeto, daña. El surco es para la tierra, herida. Esa herida, la grieta o la hendidura es el lugar donde después se deposita el grano. De su encuentro es producto la vida que germina cuando la tierra acoge. El “surco derechito” es el arte y el “cuido” con que el labrador repara la presión sobre la tierra en calma. Es la gratitud de aquel que siembra ante una tierra que no reclama arado pero que acepta el dolor que es necesario para continuar con el ciclo vital que a todo le es impuesto. Hacerlo con primor es condición para limar los efectos del desencuentro inicial. De igual modo, trabajar sobre el cuerpo cuando el sujeto acepta, abrir alguna de sus partes si la enfermedad lo exige y la reposición de la salud lo requiere también genera brechas. Siempre queda una huella de la herida. Nuestro cuerpo es un mapa con miles, con millones de anotaciones que indican lo vivido. La herida sobre el cuerpo es también como un surco. El surco "derechito" también sobre la piel indica que allí hubo una violencia pero quien la infligió porque era imprescindible puso cuidado al abrirla y también al cerrarla. A veces la palabra es como reja que abre una brecha no gratuita en el otro. No debe herir y si lo hiciere hay que buscar alguna otra o algo que ejerza como bálsamo y siempre la actitud compasiva que es sufrir con el otro o mejor con el sufrimiento del otro sabiendo que el dolor es de aquel para no confundirse.


La estética del cuidado es el modo de generar la evidencia y la reafirmación de que lo hecho ha sido con respeto, dándole importancia no solo al resultado de lo hecho sino al modo adecuado con que ello se busca.


También el árbol sufre con la poda, aunque sea necesario. No da igual el modo en que se hace. No ha de gozar quien corta en cada hachazo. Ha de sentir el golpe, hacerlo con finura, dejar un corte limpio, sin astillas y esperar paciente que el árbol se reponga. Si se busca en google "podar encinas", tras un detalle de las herramientas necesarias añade "es recomendable sellar las heridas con pasta cicatrizante". No es igual el modo de la poda aunque tenga los mismos resultados. Hay que ser cuidadoso y compartir el dolor de cada golpe. Es así como el árbol se repara y recupera. Después va bien mirarlo y ver cómo la huella cierra y brota en esa celebración que es cada primavera. Lo que se pierde duele. Después, cuando quien poda acaba y se retira ha de mirar de recoger aquello que del aire bajó al suelo y apilarlo con esmero. Por respeto hacia árbol y a sus ramas.


Quien varea la aceituna y cimbrea las ramas con la vara no debe golpearlas. También deja una herida, que debe ser la mínima y se repara mirando agradecido al árbol y el don que nos ofrece. Todo lo que es cuidado requiere de mano y trato amable porque no siempre el cuidado está exento de la posibilidad de daño. Por eso aquel que cuida ha de saber que los lugares pueden cambiar mañana y esmerarse.


Hablando de las formas en el trato y el cuidado, es decir, en toda acción humana J.M. Esquirol señala: "en las comunidades de asilo, de hospitalidad y de amor, las formas son esenciales, mucho más que las objetivaciones en tanto que contenidos y estructuras". La forma, si es sincera, que ha de serlo, predispone al fondo; entre forma y fondo tiene que haber una lógica continuidad. No es posible una sin la otra. Cuando Sennet, en El Respeto dice que éste no es solo un acto sino que debe expresarse en algo así como decir "yo le respeto", que no es algo que solo se supone, está diciendo lo mismo, que la forma, el decir yo le respeto es el lógico acompañamiento del acto de dar atención. Esas formas predisponen, facilitan y hacen que el trato sea merecedor de ser llamado arte. El labrador que cuida el surco, que tala las encinas, que varea los olivos para recoger el fruto de éstos, la aceituna, hace arte si ese acto lo hace con esmero y con cuidado. La escucha sosegada, la mirada atenta, el trato con esmero solo es arte si cuida de las formas porque éstas en sí mismo ya tienen efecto sobre el otro y le predispone al cuidado, máxime cuando en éste algo de lo que se dice y que hace pudiere implicar algún sufrimiento o malestar indeseable pero, a la vez, inevitable.


Un tiempo después de sucedida la historia con que inicio este trabajo fui al médico por una tos incómoda posterior a una gripe. Le cuento mis molestias. Mira la pantalla del ordenador mientras le hablo.


- Vd. es asmático, me dice.


- ¿Ah, sí?, respondo herido aún con esa identidad que otorga ser asmático (esencia) a algo que debiera escribirse como tener asma (contingencia).


-Claro. No se lo han dicho?


-No, nunca y no lo creo.


Pasan unos segundos.


- Perdone, me he equivocado. Le hicieron una prueba y salió negativo.


- Me alegro, le respondo. Me he llevado un buen susto .


- Siéntese en la camilla, continúa.


-¿Me quito el jersey y la camisa? - pregunto.


-No hace falta.


Me siento, se acerca a mí, coge la camisa por el cuello, la separa de mi cuerpo, introduce el fonendo y mientras respiro con la boca abierta lo mueve por mi espalda. Su esfuerzo por llegar a la parte más lejana de ésta hace que el segundo botón de la camisa me presione la garganta y me moleste. Lo hace sin ninguna conciencia de lo que está pasando. Pienso que piensa que me evita el malestar de quitarme la ropa o que así ha evitado "perder" unos minutos de su escaso tiempo. Yo, que tiendo a la comprensión, acepto resignado pero siento malestar no tanto por las molestias de una exploración necesaria sino por las condiciones en que ésta se produce.


-Está todo muy bien, me dice.


Quizás sustentar el cuidado en una ética cívica pero también en una estética de las buenas formas o de las formas que buscan acercarse al arte sea necesario en un momento como el actual en el que como señala Marina Garcés "todo saber se legitima por su carácter instrumental, procedimental y efectividad supuesta". Y donde parece que da igual la forma si el resultado de la acción es el esperado, casi siempre la productividad.


Reivindicar el surco "derechito", la mirada cuidadosa, el decir prudente, el trato esmerado tal vez sea una de las pocas maneras de evitar quedar atrapados en una automatización de la vida que lleva a la desubjetividad de las personas y al trato basado en protocolos infructuosamente homogeneizadores.


Mientras escribo estas reflexiones leo en El País del 18 de Marzo que Messi ha sido fuertemente aplaudido en el campo de fútbol del Betis por la afición de éste equipo andaluz que perdió en el encuentro. Estas son sus palabras: "La verdad es que no recuerdo que un rival me ovacione. Estoy agradecido por la respuesta de la gente. En este estadio nos tratan muy bien, más allá de que somos rivales”. Y añade al juego y al rival una valoración que solo puede hacerla quien siente su trabajo como un arte. "Jugamos contra un equipo que trata muy bien la pelota, que sale desde atrás y hacen superioridad con el arquero". Describe así esa forma de jugar en la que es compatible buscar el objetivo de meter la pelota en la red para ganar el partido y hacerlo con modos cuidadosos de tratar el objeto -el balón y a quienes también juegan- imprescindible para hacer que su tarea sea exitosa. Quizás la combinación de meter goles (objetivo) y el modo de tratar el balón y a los otros (formas) sea aquello que lo hace tan singular y estar muy por encima de otros que también meten goles sin cuidar de las formas.


La ética del cuidado y la estética en la producción del mismo han de ir acompañadas. No vale el fin si los medios son inaceptables. Tenemos muestras de miles de descuidos propios de una vida trepidante que se nos impone y de unos tiempos que, como dice J.V. Foix en “Tocant a mà”, son “temps de corredisses i llaurar tort”. Parece que es una imposición que viene de la premura de los tiempos y la vertiginosidad de los actos.


En la plaza han caído los pétalos de la flor de los ciruelos japonees y crean una alfombra rosada bajo el árbol; el "Cercis siliquastrum" o árbol del amor está cargado de sus preciosas flores rojas y los jacarandás verdean y anuncian la pronta aparición de sus flores azules; el limonero que podé hará unos 20 días ya está cargado de lo que pronto serán los azahares que son previos al fruto.

La herida de los surcos del otoño no se ve porque ya germinó la semilla y ahora están ávidos de agua para que grane el fruto. Lo que es cuidado siempre produce un fruto como ofrenda y reconocimiento de aquello recibido. Para el disfrute solo se requiere estar atento y celebrar así la mutua gratitud, aquello que construye y reconstruye el mundo dentro y fuera de cada uno de nosotros. 

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