miércoles, 24 de abril de 2019

¿​De dónde salen los síntomas?

Pilar Gómez
Psicóloga clínica y psicoanalista

Me he encontrado a menudo en la siguiente situación: alguien con quien mantengo una relación social me cuenta su preocupación por algo que le sucede a otro: un amigo, un hijo, un familiar, incluso simples conocidos son objeto de comentario.


Muchas veces también la preocupación o la inquietud se acompañan de una hipótesis interpretativa, de alguna teoría para explicar porque sucede lo que les sucede: están mal con la pareja y tendrían que haberse separado hace mucho tiempo, se han separado y lo llevan fatal, están demasiado apegados a su madre, están demasiado distanciados de su madre, son esclavos de sus hermanos porque no quieren ver cuánto rivalizan, están peleados con sus hermanos porque son unos egoístas, tanto ejercicio no puede ser bueno y algo estará tapando, tanto sedentarismo les va a matar por algo será que no se mueven, no tendrían que haberse puesto un balón gástrico, tienen una relación rara con la comida y están siempre a dieta etc, etc, etc. De este orden se podrían citar ejemplos sin fin y, en algunos casos hasta puede que haya algo de una verdad en las hipótesis enunciadas, verdad que en este contexto es del todo inoperante a efectos de comprensión, ya no digamos de cambio.


La novedad, últimamente, está en una causación que se atribuye llanamente a la genética: son los genes, hay que ver los genes, qué fuerte lo de los genes….y con eso se alcanza una explicación todoterreno y tan inútil como las anteriores, las que se atribuyen en una narrativa, aunque quién se la da, en aquel caso, se queda bien tranquilo puesto que está avalado por la ciencia.


Respecto a las hipótesis narrativas ya he dicho en este blog que la única manera de interpretar, la única legítima y también la única efectiva, es la que nos da la posición terapéutica, la que proviene del hecho de atender una demanda, de estar escuchando a alguien que nos habla de un sufrimiento que es suyo. Ahí toda hipótesis tiene lugar porque cualquiera podría constituir un vector para comprender una situación, cualquiera puede ser útil para empezar a desbrozar el enredado camino que va de hablar de un síntoma a la desaparición del mismo.


La causación de un síntoma no es nunca unívoca, siempre es un asunto ambiguo y se puede asegurar que las cosas no suceden por algo tan simple como aquello “de tal palo tal astilla”: ni por identificación narrativa -es como su padre- ni por herencia genética -es como su padre-. 


Claro que cuenta la genética, los seres humanos -como el resto de los seres vivos- quedamos identificados por un código escrito, con ligeras variantes individuales, código que desconocemos y que nos hace únicos, distintos de nuestros padres y madres, distintos de hermanos y hermanas. Todos y todas producto de una combinatoria de rasgos mínimos heredados, comunes en el caso de la fratría, que han quedado inscritos en un adn. Pero eso no hace a un sujeto humano, una persona es algo de un orden muy distinto del de un adn, por más único que este sea.


Cuenta la historia, la experiencia de la vida, las vivencias -conscientes e inconscientes-experimentadas en todos los órdenes de la existencia. A este respecto cada cual tiene las suyas y se las explica a su manera, específica y propia, única. 


No se trata, por tanto, de una historia neutra: si se ha vivido una guerra, por poner un ejemplo extremo, es indudable que la experiencia habrá tenido consecuencias para cualquier sujeto que la haya sufrido, sin embargo a la hora de observar sus efectos sobre cada cual veremos que sus vivencias son únicas. Vale lo mismo para cualquier experiencia, traumática o no.


Por último, pero no menos importante, cuenta el desencadenante, la chispa que prende la yesca, un acontecimiento en esa historia: una boda, el nacimiento de un hermano, un olvido, una promoción laboral, un despido, un accidente, un regalo, una equivocación, una matrícula de honor, un suspenso, un premio de la lotería, alguna droga, un exilio, un secreto, una emigración, un sueño, un malentendido, un vestido, un chiste...


Lo que aparece como sintomático es vivido las más de las veces como algo extraño: la angustia, el miedo, la tristeza..., de pronto la nena empezó a hacerse pis, a no querer ir al colegio, no puedo comer, se me cierra el estómago, tengo jaqueca demasiado a menudo, me da miedo salir solo a la calle, me desboco y le digo cosas horribles, no puedo estudiar, no entiendo por qué la estoy aguantando, antes no era así de apocada, me despierto de madrugada y no vuelvo a dormirme...


Otras veces no, los síntomas no extrañan a quien los padece, los vive como propios y, en tal caso, identificados con un modo de ser - yo soy así- provocan un sufrimiento incuestionable en cualquier sentido.


Quede claro que cualquier síntoma para merecer tal nombre debe presentarse insistentemente, debe estar instalado y que apariciones ocasionales de situaciones como las mencionadas dirán algo de lo que le sucede a un sujeto en un momento dado, pero llamarlas síntomas es seguramente abusivo. La normalidad es rara y la pretensión de un equilibrio permanente y constante desconoce que la falta es constitutiva de lo humano.


Es un asunto delicado: un síntoma psíquico es la mejor solución -inconsciente, por descontado- que ha encontrado un sujeto para expresar un malestar ignorado, manteniendo al tiempo un cierto equilibrio y por esta razón debe ser abordado cuidadosamente. Tratarlo, ya sea con medicamentos o con pautas de conducta, con el objetivo explícito de sofocarlo viene a ser como tratar una fiebre persistente sin interesarse por conocer qué dolencia la está causando. Ya se ve que es una manera peligrosa de abordarlo.

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