miércoles, 22 de mayo de 2019

Ni jardín, ni cerezos

Joan Colás

La obra conocida como ‘El jardín de los cerezos’ de Antón Chéjov, en realidad tiene un título distinto, ‘El huerto de los guindos’. Todo porque, la extensión de tierra que tiene la casa de la protagonista, Lyubov Andréievna, es de 1.000 hectáreas, como revela el comerciante Lopahim, lo que lo convierte más en un huerto que en un jardín. Y además, teniendo en cuenta el clima de Rusia, es poco probable que un cerezo pueda resistir mucho, en cambio los guindos, sí.


Partiendo de esta base, se puede decir que la obra que está estos días en cartel en el TNC, se acerca más al huerto de guindos que al jardín de los cerezos.


Jardin cerezos tnc


Y es que la obra dirigida y adaptada por el director del Centro Dramático Nacional, Ernesto Caballero, que se presenta en Barcelona parece una versión mucho más simple que la original. Los personajes dibujados por Chéjov están llenos de matices, son comedidos y en esta adaptación son completamente estereotipos que representan ideas, lo que desdibuja las personas que estaban detrás del teatro del autor ruso.


Este hecho no significa que los actores hagan mal su papel. Todos ellos, menos Karina Garantivá (la criada )y el Fer Moratori (el jefe de estación), cumplen su cometido, seguramente, por órdenes del director. Hacen exactamente lo que se les pide, interpretar la idea que hay detrás de los personajes de Chéjov y en ello destacan Carmen Machi (Lyubov) y Nelson Dante (Lopahim), y les siguen en calidad el resto de reparto. Pero quien se quiere la obra ve en ellos falta de matices y la imposibilidad de que todos estos actores y actrices pueden lucirse, y brillar como un jardín, y acercándose más al huerto.


La puesta en escena y la idea de modernizar el texto funciona a medias. Se agradece el esfuerzo del director de adaptar a la era actual porque un teatro como el de Chéjov puede resultar viejo visto a día de hoy, pero llevarlo a la era de los móviles no parece muy necesario. Tampoco lo es tanto esos minutos musicales que entorpecen el ritmo de la obra y la cargan de minutos, cuando es innecesario. Una tendencia que parece ya demasiado habitual en los montajes de estos últimos tiempos, como también la tarima que sirve para todo y las proyecciones en pantallas.


En definitiva, y para volver al título original de la obra a la que se asemeja el montaje de 'El jardín de los cerezos' de Caballero, el sabor que queda al espectador salir del teatro no es dulce como el de las cerezas, sino más bien amargo. Porque sabe mal que un teatro tan interesante como el de Chéjov, sobre todo a nivel de construcción de personajes, no luzca como debería en un teatro como el Nacional.

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