miércoles, 11 de diciembre de 2019

​Lo que perdura: una diferencia necesaria

Román Pérez Burin des Roziers

Seguimos poniendo el acento en lo que permanece, en línea con el artículo anterior, en aquello que conserva su vigencia en un contexto de tantos cambios y transformaciones como el de esta época. Frente a la tendencia a reducir y a eliminar las diferencias (de género, de edad, personales), estas siguen siendo necesarias en el seno de la familia y de los vínculos paternofiliales. Necesarias en la dinámica familiar pero también en la construcción psíquica de los hijos.


La diferencia entre ser padres y ser hijos determina diferentes lugares. El de los padres se caracteriza por la responsabilidad de su deseo de traer un hijo al mundo. Como siempre, no son los hijos que piden venir al mundo, sino que su nacimiento es fruto de un deseo de otros. En la crianza y en el gobierno de la vida de los hijos, cada madre y cada padre pone en escena las características y las finalidades de ese deseo.


Hay un deseo que es propio de la madre, hay otro que es propio del padre, en realidad dos deseos diferentes y que lógicamente trae implícito una diferencia. Pero hablar de padres y madres en la configuración actual de las familias y de las estructuras familiares es desatender a la realidad social. Hay familias homoparentales y monoparentales que no incluyen esta diferencia de género, aunque sí trae implícitas otras formas de distinción. Incluso en la forma de hacerse llamar (mamá y mami, papá y papi) se incorpora necesariamente una diferencia entre sí y ante el hijo. La diferencia entonces no se encuentra en el género sino en la función, hay una función paterna y una función materna. Esto sigue vigente.


Volviendo a la diferencia de ser padres y de ser hijo, el advenimiento de la paternidad o de la maternidad implica dejar el lugar de hijo. Un proceso este, el de dejar de ser hijo, que en principio se inicia ya con la etapa adulta. Una separación que permite que el adulto decida y gobierne inicialmente sobre su propia vida, más allá de los deseos y de los pareceres de sus padres, y posteriormente sobre la vida de la pareja -si la hay-, y sobre la de los hijos. Cuando esta separación es insuficiente pueden producirse interferencias en las relaciones familiares, conflictos en el seno de la pareja y dificultades para la propia autorización como padres.


Esta diferencia trae aparejada a su vez otra, la que hay entre el ser adulto y el ser niño o el ser adolescente. Quizás por estar implícita no siempre se hace evidente y operativa, y con frecuencia se acaba convirtiendo en una relación entre iguales. Sea porque se le da al hijo un lugar de adulto, sea porque el adulto deja de ocupar su posición como tal. Muestra de ello es la tendencia a las excesivas preguntas y consultas al hijo sobre cuestiones que deberían decidir los padres. En esta línea hay que incluir los excesos de explicaciones que buscan que el hijo comprenda las actuaciones de los padres. Una cosa es hacerlo puntualmente y muy otra hacer de ello un criterio de funcionamiento. Le corresponde al adulto sostener su propia palabra y su actuación con el hijo.


Al adulto se le supone una cierta consistencia personal como para soportar que lo que diga, que lo que establezca como guía pueda producir conflicto y reacciones en el hijo. Conflictos y enfrentamientos -no necesariamente pelea- que ponen a prueba la firmeza de la posición de los padres, y que suelen venir acompañados de reacciones de rechazo, de oposición y, por qué no decirlo, de odio por parte del hijo. Soportar las reacciones de frustración y de odio de los hijos es una función de adultos y de padres; ser agente de la insatisfacción del hijo no suele ser agradable, aunque sí sea necesario en ocasiones. No se trata de someter y de dominar al hijo, sino de ayudarle a aceptar la autoridad de los padres y a ocupar su lugar de hijo.


Una cierta capacidad de contensión y de acompañamiento por parte del adulto es un complemento de la capacidad para soportar. Permitir que el hijo exprese sus desavenencias, sus quejas, su frustración, y escucharle es una forma de acompañarle en sus procesos afectivos. Reconocer la legitimidad de esos sentimientos le ayuda a poder elaborarlos y abre la posibilidad de hacerlo junto con el adulto. Sentimientos y emociones como la rabia, el odio, la agresividad, la tristeza, la culpabilidad, la insatisfacción, no son fáciles de sobrellevar para nadie. Cuando los padres están dispuestos a sostener su posición a pesar de los conflictos, estas emociones y sentimientos pueden ser hablados y procesados de alguna forma como parte del vínculo. Ello en cierto modo prepara para lo que se van a encontrar en otros vínculos sociales y en la relación consigo mismo.


Hay posicionamientos parentales que intentan evitar estos conflictos a base de borrar las diferencias mencionadas. Intentan que el hijo esté siempre feliz y satisfecho, que no se enfade con sus padres, le hacen partícipe de las decisiones de la vida cotidiana y esperan de ellos su comprensión y amor. Renuncian a buena parte de su autoridad, y junto con ello dejan poca opción a que el hijo ponga en juego en la relación con sus padres la diversidad de las emociones y sentimientos que nos humanizan. 

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