viernes, 22 de noviembre de 2019

​Aprender, enseñar

José Leal

Una educación centrada en la transmisión machacona de conocimientos formales si no tiene en cuenta la subjetividad singular de cada ser y sus condiciones vitales, está destinada al fracaso. Para que un/a alumno/a aprenda y cumpla o se acerque a los objetivos marcados en los programas se requiere la existencia de un conjunto de factores, no solo metodológicos, que generen condiciones favorables para ello. Requiere en el profesorado una escucha y una mirada atenta a todo atento que sucede alumnas y alumnos.


Me lo cuenta con bastante sufrimiento. No sabe si soportará las tensiones que hay en el nuevo instituto al que ha sido destinado. Estaba bien en el anterior pero allí su contrato laboral era de sustituto y en el nuevo centro es de interino; ello le da mayor seguridad. Esto de los contratos en la administración y en general las políticas de personal cada vez es más incomprensible y más injusto. Es psicopedagogo. En el anterior instituto realizaba 8 horas de clases “de refuerzo” y el resto las tenía disponibles para un soporte personal al alumnado con dificultades psicosocioeducativas. Tiene el arte de la escucha y la mirada atenta. Conecta bien con púberes y adolescentes. Su nuevo lugar de trabajo forma parte de lo que llaman Escuelas de Alta Complejidad Socioeconómica. En esta denominación se incluyen alumnos en contextos sociales, familiares e individuales de una gran fragilidad y, en base a ello, parecen recibir algún tipo de soporte específico. El alumnado presenta por lo general muy altas carencias de todo tipo, muchas de ellas derivadas de una atención y unos cuidados que desde muy tempranamente fue insuficiente, debido a determinantes sociales muy desfavorables . Al psicopedagogo en su nuevo destino le han aumentado las horas lectivas a 15 y, por tanto, disminuido las de atención y soporte emocional a quien lo necesita. Parece ser que en cada escuela el equipo directivo tiene un decisivo papel al asignar las funciones de estos profesionales. El no comparte la decisión y está descontento al quedar encasillado en una función de refuerzo, en horas, del aprendizaje de las materias del curriculum y sabe que con frecuencia el problema es otro. Muchas veces los alumnos no quieren centrarse en la materia de estudio pero sí quieren contarle cosas que les preocupan . Uno de éstos le dijo que quería hablar con él. Tiene serios problemas en su casa. Venido de un muy lejano país tiene ahora 14 años. Ante las dificultades de aprendizaje y las condiciones sociales en que vive fue derivado al CESMIJ (Centro de Salud Mental Infantil y Juvenil) y tuvo varias entrevistas siempre con su padre presente. Éste y su tío no quieren que vaya. El padre le prohíbe y el tío le promete regalos si deja de ir. Le extraña que la psiquiatra lo atienda siempre con su padre, pero lo que más le duele es que cuando habla él ésta le pregunte al padre si es verdad lo que el chico dice. Su madre murió a los cinco años y quedó solo con su padre en una situación deplorable. Cuenta que cuando piensa en ella, algo que ocurre muchas veces, “se le pone triste el cerebro” y no puede estudiar. Cuando acaba el encuentro él siente que el chico está mejor, que la palabra abre una brecha por la que entra la luz y con ésta las posibilidades de predisponerse a otros aprendizajes. Es inmensa la transformación que puede generar en un sujeto sentir que es escuchado y comprendido. Piensa el profesor que esa función debería ser reforzada en la escuela porque desbloquea aquello que impide concentrarse. No hace psicoterapia pero de su atenta escucha, de su mirada comprensiva se producen efectos que tienen un similar valor a los obtenidos en otros espacios asistenciales. Para que estas experiencias se produzcan hace falta que la escuela no sea pensada solo como un espacio de transmisión de materias homogéneas para sujetos diversos sino un lugar de encuentro y de vivencia de un cuidado singular; éste, para muchos sujetos ya es un aprendizaje, el de la degustación de una experiencia profundamente humana como es ser reconocido, escuchado y comprendido. Ello es paso obligado para encarar el aprendizaje de las diversas materias. La escuela fracasa cuando los objetivos que espera son inalcanzables. El fracaso no es solo del alumno/a, también lo es del profesor y afecta emocionalmente a ambos. Cuando la escuela olvida la singularidad de cada uno de los sujetos en contextos tan altamente diversos está sentando las bases de un fracaso en los aprendizajes pero también impidiendo los sanos efectos de una mirada comprensiva sobre el alumno. Esa experiencia emocional de ser contenido, mirado, bien tratado tiene unos grandes efectos transformadores en el sujeto. Tendrá mucho tiempo para otros aprendizajes formales si la experiencia nueva de cuidado genera en él un movimiento emocional de ser contenido, de ser atendido en su dificultad lo cual abre el camino a la curiosidad y al encuentro con otro en quien confiar. También para que se produzca aprendizaje hay que confiar en aquel que acompaña el proceso de descubrir y ayuda a abrir el camino para incorporar lo que el otro le ofrece. Sin ello, para muchos sujetos no hay posibilidad de aprendizaje; al contrario, lo que deviene es el bloqueo de la posibilidad de aprender, que siempre es construir. Aprender, descubrir es algo inscrito en el ser que llega. Se desarrolla como toda semilla cuando se dan las condiciones adecuadas para ello. Cuando un niño no aprende algo ha pasado. Buscar razones posibles ha de ir acompañado de la búsqueda de aquello que puede generar un clima en el que pueda desarrollarse. ¿Si un niño no aprende, hay que aumentar las horas de clase? Muchas veces no aprende porque no ha podido saborear el placer de descubrir y descubrirse a través de la mirada complacida de otro ante sus pequeños progresos en lo cotidiano y haya aceptado el juego, maravilloso, de acompañar con tranquilidad y placer, una repetición gozosa que fija lo aprendido. La mirada atenta y complacida nutre. Mirar con esmero abre en el otro la posibilidad de una correspondencia que es amorosa porque eso es lo que se juega en todo encuentro cuando el otro es objeto de consideración. Sin ello es muy difícil poder aprender. Y, entonces, lo que ha de ser una experiencia gozosa se transforma en un suplicio para aquellos, niño y adulto, que participan. En ambos ha de ponerse en juego el deseo de aprender que, para producirse de modo adecuado, requiere de un mutuo reconocimiento. Solo así la educación logra ser una obra de liberación y esperanza para el sujeto. Porque la educación es aprender a vivir, a comprender la realidad y adquirir en el encuentro con el otro todo aquello que nos humaniza. Educar es crear, es inventar, dialogar, reinventar la vida ante cada nueva situación, adquirir las posibilidades de pensar, pensarse y colaborar en la construcción de un mundo a medida de todos. Es aprender a unirse con los demás para reforzar lo humano y luchar contra aquello que deshumaniza. No es la escuela el único lugar donde ello se aprende pero es imprescindible que estos valores formen parte de su ideario y sean fundamento del vínculo entre el niño y aquellos que le acompañan. Éstos también tienen que sentirse en disposición de aprender y mirar con fascinación y ternura los descubrimientos del alumno y sus dificultades.


Lo dijo muy bien Paulo Freire: "Nadie ignora todo. Nadie lo sabe todo. Todos sabemos algo. Todos ignoramos algo. Por eso aprendemos siempre". 

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