jueves, 14 de noviembre de 2019

​Palabras que se lleva el viento

Pilar Gómez
Psicóloga clínica y psicoanalista

Si en algo nos distinguimos los seres humanos del resto de los mamíferos es en que hablamos. La humanización de un sujeto es posible porque se le dirigen las palabras que le reconocen como tal, por las que le dirigen los otros en aquellos momentos de indefensión primordial cuando su dependencia de los adultos es absoluta.


De esta manera las palabras son el material que construye el suelo sobre el que andamos las personas en nuestras relaciones con los otros -palabras que acarician, palabras que hieren, palabras que dan seguridad, palabras que la quitan, palabras que declaran la guerra, que proclaman la paz…- . Cuando las palabras no se sostienen con actos este suelo se llena de agujeros y hasta puede hundirse con graves consecuencias para aquellos a quienes “la tierra se les ha hundido bajo los pies”.


A lo largo de los siglos la palabra ha tenido capacidad de acto en las relaciones sociales. Tener palabra, mantenerla, cumplir con los términos de los acuerdos aceptados en el propio nombre permitía el concepto de palabra de honor. Las personas valoraban y se valoraban entre sí según su palabra valiera.


No significa esto, por descontado, que la gente cumpliera siempre con sus compromisos, siempre ha habido personas tramposas, significa que el incumplimiento trataba de ocultarse porque era sancionado socialmente -tal vez de manera hipócrita- con la descalificación de la persona mentirosa, descalificación que podía llevarla al ostracismo.


Todo esto se acabó, las recientes elecciones generales han sido una muestra más de ello.


Es cierto que el sentido de las palabras, el que adquiere para cada cual, no es unívoco, que depende de un montón de factores y que el malentendido forma parte de la estructura de las relaciones, pero hay casos y casos: prometer un ministerio a un partido rival o prometer la independencia en fecha tal son afirmaciones que no tienen mil interpretaciones posibles y, aún así, constatamos que se hacen estas y otras promesas, que son dichas y desdichas como si nada.


Los seres humanos desean el engaño, veamos un ejemplo: No puede ser! No puede ser que siempre llegue tarde, no puede ser que me grite de esta manera, no puede ser que no paguen a tiempo, etc. Cada uno de estos enunciados se refiere a hechos que, no pudiendo ser, han sucedido indefectiblemente.


Qué función cumple entonces tal desmentido? Precisamente ese, desmentir la realidad, mientras se dice que algo que sucede efectivamente no puede haber ocurrido nos mantenemos en una posición de irresponsabilidad respecto a los hechos. Si en lugar de “no puede ser” se dijera “ esto no debería ser así”, “ esto es intolerable” se abriría la puerta subjetiva para tomar medidas para cambiar aquello que nos disgusta, nos hiere o nos anula.


El lugar de la palabra y el valor que se le da ha cambiado y hay manifestaciones de ello en muchos ámbitos, veamos otro ejemplo: ha desaparecido el saludo al cruzarse con otro y en el caso de que alguien lo ejercite es perfectamente normal que haya muchas personas que no respondan: en un ascensor, en una tienda, en un vestuario… No se trata de algo insignificante: la desaparición del saludo es un síntoma de la negación del otro, conlleva una ceguera y una sordera, ni se le ve ni se le oye, ergo no existe. Y si no existe no hay razón para tenerle en cuenta.


El cambio atañe también a la capacidad explicativa del lenguaje, en el reino del emoticono y de la primacía de la imagen es frecuente escuchar frases deshilvanadas, de vocabulario muy precario y hasta incoherentes que pueden acabar con “ y tal...”, “ya me entiendes..”, “ y entonces, claro…” donde los puntos suspensivos implican un acuerdo implícito en aquello que el que habla no sabe decir y que muchas veces es pura fantasía.


Cuando la gente no sabe explicarse es más susceptible de caer en expresiones prefabricadas - como las que puede lanzar cualquier bot- puesto que entusiasmo, adhesión, rechazo o insulto son manifestaciones emotivas perfectamente expresables por una imagen, que no requieren ninguna clase de elaboración subjetiva.


Y así estamos, entre adhesiones y rechazos incondicionales y mentiras a espuertas que no avergüenzan a quienes las profieren y no molestan a sus receptores, todos de acuerdo en sostener la falsedad, ejerciendo así una irresponsabilidad de graves consecuencias para la convivencia. 

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